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Gratis · elegí una vozDon Quijote, con su armadura reluciente aunque algo abollada, y su fiel escudero Sancho Panza, llegaron a los dominios de los Duques. Los Duques, conocidos por su gusto por las bromas y la diversión, los recibieron con gran pompa y hospitalidad.
"¡Bienvenidos, valeroso Don Quijote y leal Sancho!" exclamó el Duque, con una sonrisa que ocultaba una travesura. "Hemos oído hablar de vuestras increíbles hazañas y estamos encantados de teneros en nuestro castillo."
La Duquesa, tan astuta como su esposo, añadió: "Para honrar vuestra visita, hemos preparado una sorpresa maravillosa. Un corcel mágico, capaz de volar por los cielos."
Don Quijote, con los ojos brillantes de emoción, se irguió en su silla. "¿Un corcel volador, decís? ¡Oh, qué maravilla! Siempre he soñado con surcar los cielos como un águila!"
Sancho, aunque más escéptico, no pudo evitar sentir curiosidad. Un caballo volador… era algo difícil de creer, pero con Don Quijote, todo era posible.
Los Duques los condujeron a un gran patio donde, en el centro, se alzaba una enorme estructura de madera con forma de caballo. Era grande, toscamente construido y cubierto de extraños mecanismos de poleas y fuelles.
"Este es Clavileño el Alígero," anunció el Duque con solemnidad. "Un caballo mágico que os llevará a regiones inexploradas. Pero tened cuidado, solo puede ser montado por caballeros virtuosos y escuderos leales."
Don Quijote, sin dudarlo un instante, se acercó al caballo de madera. "Soy Don Quijote de la Mancha, caballero andante, y mi virtud es mi espada y mi lealtad mi escudo." Subió con dificultad a la tosca silla, ayudado por Sancho.
Sancho, temeroso y con el corazón latiendo a mil por hora, subió detrás de su amo. El caballo era incómodo y olía a madera vieja y aceite.
El Duque, con una señal, activó los mecanismos. Los fuelles comenzaron a bombear aire, las poleas chirriaron y el caballo de madera empezó a temblar. Un grupo de criados, escondidos, comenzaron a lanzar ráfagas de aire con grandes abanicos y a esparcir puñados de sal para simular el viento y la sensación de volar.
"¡Estamos volando! ¡Estamos volando!" gritó Don Quijote, agarrándose con fuerza a las riendas de madera. "¡Sancho, mira hacia abajo! ¡Mira qué pequeños se ven los Duques!"
Sancho, muerto de miedo, cerró los ojos con fuerza. "¡Ay, amo! ¡No veo nada! ¡Solo siento un terrible viento y el olor a sal! ¡Por favor, no volemos tan alto!"
Los Duques, observando la escena, apenas podían contener la risa. Habían colocado unos pequeños petardos dentro del caballo, que iban explotando suavemente, simulando truenos en la lejanía.
Durante lo que parecieron horas, Don Quijote y Sancho creyeron volar por los cielos. Don Quijote, con su imaginación desbordante, describía las maravillas que veía: islas flotantes, ríos de estrellas y castillos de cristal.
Sancho, sin abrir los ojos, solo se quejaba y pedía que aterrizaran. "¡Amo, por favor! ¡Ya he visto suficientes cielos! ¡Mis huesos no aguantan más!"
Finalmente, el Duque dio la señal para detener el "vuelo". Los mecanismos se detuvieron, los fuelles dejaron de bombear aire y el caballo de madera, con un último temblor, quedó inmóvil.
Don Quijote, radiante, bajó del caballo. "¡Qué viaje maravilloso! Hemos visto cosas increíbles, Sancho. Cosas que ningún otro hombre ha visto jamás."
Sancho, con las piernas temblorosas, besó el suelo. "¡Gracias a Dios estamos de vuelta! ¡Nunca más me subiré a ese artefacto infernal!"
Los Duques se acercaron, tratando de mantener la compostura. "¿Qué os ha parecido el viaje, Don Quijote?" preguntó la Duquesa.
"¡Magnífico!" respondió Don Quijote. "Clavileño es verdaderamente un caballo mágico. Os agradezco profundamente esta experiencia inolvidable."
Sancho, aún asustado, murmuró: "Inolvidable… sí, inolvidable…"
Los Duques, después de despedir a Don Quijote y Sancho, se echaron a reír a carcajadas. Su broma había sido un éxito rotundo. Don Quijote, en su mundo de fantasía, había creído cada palabra, y Sancho, a pesar de su miedo, había seguido a su amo hasta el final.
Aunque Don Quijote nunca supo la verdad sobre Clavileño el Alígero, guardó para siempre el recuerdo de aquel "vuelo" como una de sus mayores aventuras, demostrando una vez más el poder de la imaginación y la lealtad incondicional de un escudero a su caballero.
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