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Había una vez, en un lugar donde las nubes parecen algodones de azúcar y el sol brilla como una moneda de oro, un castillo mágico llamado el Castillo de la Amistad. En este castillo no vivían dragones ni gigantes, sino catorce pequeños príncipes y princesas muy especiales. Cada uno de ellos tenía una sonrisa brillante y un corazón lleno de ganas de jugar y aprender.
Una mañana de primavera, la princesa Mariana y el príncipe Martin salieron al jardín real. Mariana llevaba un vestido azul como el cielo y Martin una capa del mismo color. —¡Mira, Martin! —dijo Mariana señalando unas flores—. Son azules como nosotros. Mariana y Martin aprendieron que el color azul es el color del mar y de los sueños tranquilos. Juntos, saltaron sobre las flores sin pisarlas, contando: «¡Uno y dos, el azul es veloz!».
Mientras tanto, cerca de la fuente dorada, tres princesas llamadas Sara Espitia, Sara Rodriguez y Sara Velandia jugaban a las escondidas. Ellas eran las tres Saras del reino. De pronto, vieron unas mariposas amarillas que revoloteaban sobre sus cabezas. —¡Son de color amarillo como el sol! —exclamó Sara Espitia. Las tres Saras se tomaron de las manos y giraron en círculos, riendo mientras aprendían que el amarillo es el color de la alegría. Sara Rodriguez y Sara Velandia aplaudían cada vez que una mariposa se posaba en una estatua. —¡Tres princesas y tres mariposas! —dijeron a coro.

En la sala de juegos del castillo, las princesas Anthonela, Antonella y Emma estaban sentadas en una alfombra muy suave. Ellas tenían cubos de color rojo. Anthonela construyó una torre pequeña, Antonella puso un cubo más arriba y Emma añadió el último. —¡Es una torre roja! —dijeron muy orgullosas. El color rojo les recordaba a las manzanas ricas y a los corazones que se dan con amor. Las tres amigas aprendieron que compartir los juguetes es mucho más divertido que jugar sola. —Toma, Antonella —decía Emma pasándole un juguete—. Gracias, Anthonela —respondía la otra con una caricia.
Afuera, en el bosque de los árboles altos, el príncipe Santiago, la princesa Eva y el príncipe Jeronimo buscaban tesoros. Santiago encontró una hoja verde, Eva encontró una ramita verde y Jeronimo descubrió un pequeño saltamontes de color verde esmeralda. —¡El verde es el color de la naturaleza! —gritó Santiago con entusiasmo. Eva y Jeronimo se agacharon para observar cómo el saltamontes daba brincos grandes. Aprendieron que el verde es el color de la vida y que debemos cuidar a todos los animalitos, por muy pequeños que sean. Los tres amigos caminaron en fila india, haciendo sonidos de pajaritos: «pío, pío, pío».
Finalmente, en la torre más alta, donde se ven las estrellas, las princesas Juliana, Lia y Silvana estaban pintando un mural. Usaban el color morado, que es el color de las uvas dulces y de las capas reales. Juliana pintó una estrella, Lia pintó una flor y Silvana pintó un círculo grande. —¡Qué bonito es el morado! —dijo Silvana. Las tres aprendieron que cuando trabajan juntas, sus dibujos quedan mucho más hermosos. Lia y Juliana ayudaron a Silvana a limpiar los pinceles, demostrando que ayudar a los demás es un acto de verdadera realeza.

Cuando llegó la tarde, los catorce amigos se reunieron en el patio central. Mariana, Martin, las tres Saras, Anthonela, Antonella, Emma, Santiago, Eva, Jeronimo, Juliana, Lia y Silvana se sentaron en un gran círculo. El rey y la reina les llevaron cestas con frutas de todos los colores: arándanos azules, plátanos amarillos, fresas rojas, uvas moradas y peras verdes.
—Hoy hemos aprendido mucho —dijo el príncipe Martin.
—Hemos aprendido los colores —dijo la princesa Emma.
—Y lo más importante —añadió Santiago—, hemos aprendido que ser amigos es el tesoro más grande del mundo.
De repente, un hermoso arcoíris apareció en el cielo, uniendo todos los colores que los niños habían visto durante el día. Los catorce príncipes y princesas se dieron un gran abrazo grupal. Estaban cansados pero muy felices. Sus ojos se cerraban poquito a poco mientras el sol se escondía tras las montañas. En el Castillo de la Amistad, todos durmieron tranquilos, soñando con nuevas aventuras, colores y juegos para el día siguiente. Porque en ese reino, lo más importante no eran las coronas, sino las manos unidas de catorce amigos que se querían mucho.
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