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Gratis · elegí una vozHabía una vez un colegio muy antiguo, un colegio que la gente del pueblo llamaba, con un poco de misterio, "El Cole Encantado". Cada día, veinticinco niños alegres y curiosos llegaban a sus aulas. Durante dos horas, con mucha atención, todos estudiaban español, aprendiendo sobre verbos, sustantivos e historias maravillosas.
Cuando el reloj marcaba la hora del recreo, los estómagos de los niños empezaban a rugir. Era hora de la lonchera! La mayoría se quedaba en el patio, compartiendo sándwiches y risas. Pero a Sofía, una niña con coletas rubias y ojos soñadores, le encantaba comer en el pequeño parque que había al lado del colegio. Le gustaba sentir el sol en su cara y escuchar el canto de los pájaros mientras mordisqueaba su manzana.
Un día, mientras disfrutaba de su merienda en el parque, Sofía notó algo extraño. Cerca de un viejo roble, la tierra parecía haberse hundido, formando un pequeño agujero. La curiosidad pudo más que ella, así que se acercó con cautela. El agujero era más profundo de lo que parecía. Antes de que pudiera pensarlo dos veces, ¡pum!, Sofía resbaló y cayó.
Afortunadamente, la caída no fue muy alta. Sofía se levantó, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Miró a su alrededor y se quedó boquiabierta. ¡Estaba en una especie de cueva! Y en el centro de la cueva, brillando tenuemente, ¡había un cofre! Un cofre de madera viejo y desgastado, pero que prometía aventuras.
Mientras tanto, en el patio del colegio, la profesora notó que Sofía no había regresado al aula. "¿Dónde estará Sofía?", se preguntó preocupada. Inmediatamente, todos los niños se unieron a la búsqueda. "¡Sofía! ¡Sofía!", gritaban, recorriendo el patio y los alrededores.
Dentro de la cueva, Sofía, olvidándose por completo de la preocupación que debía estar causando, abrió el cofre. Sus ojos se iluminaron. ¡Estaba lleno de dulces! Pero no eran dulces normales. Eran dulces de colores brillantes, con formas extrañas y un aroma delicioso. Parecían... mágicos.
Justo en ese momento, escuchó voces que la llamaban. Eran sus amigas, María y Lucía, que la habían seguido hasta el parque y habían visto el agujero. "¡Sofía! ¡Estamos aquí!", gritaron desde arriba. Sofía las invitó a bajar y juntas, exploraron la cueva y, por supuesto, ¡probaron los dulces!
Al instante, algo extraño comenzó a suceder. Primero, sintieron un cosquilleo en los pies. Luego, una sensación de ligereza. Y de repente... ¡estaban flotando! ¡Sí, flotando en el aire! Los dulces eran mágicos, ¡les daban el poder de volar! Pero no solo eso. Los dulces también las volvieron... un poco traviesas. Muy traviesas.
De repente, la cueva les pareció aburrida. Querían salir y jugar, ¡y hacer bromas! Salieron flotando del agujero, riendo a carcajadas. Cuando sus compañeros las vieron, se quedaron boquiabiertos. "¡Están volando!", exclamó uno de los niños.
Sofía, María y Lucía, ahora convertidas en pequeñas diablillas flotantes, comenzaron a hacer bromas. Le escondieron los lápices a sus amigos, le cambiaron el agua del jarrón de las flores por jugo de naranja y le pusieron un poco de pegamento en la silla de la profesora. Las risas resonaban por todo el colegio.
La profesora, al principio sorprendida por la situación, pronto se dio cuenta de que las niñas necesitaban ayuda. Intentó agarrarlas, pero era imposible. Eran demasiado rápidas y ágiles. Desesperada, cogió una cuerda, intentando atraparlas como si fueran mariposas.
La profesora de ciencias, Doña Elena, observaba la escena con curiosidad. Era una mujer muy inteligente y siempre buscaba explicaciones científicas a todo. Pero esta vez, la ciencia no parecía tener la respuesta. Entonces, vio uno de los dulces tirado en el suelo. Sin dudarlo, ¡se lo comió!
Al instante, Doña Elena sintió el mismo cosquilleo en los pies y la misma sensación de ligereza que habían sentido las niñas. ¡También empezó a flotar! Ahora, con la misma habilidad que las niñas, podía volar y perseguirlas. "¡Ya las tengo!", exclamó, con una sonrisa decidida.
Doña Elena, flotando entre los niños, logró atrapar a Sofía, María y Lucía. Con mucho cuidado, las llevó de vuelta a la cueva y las convenció de que dejaran de comer los dulces mágicos. Poco a poco, el efecto de los dulces fue desapareciendo y las niñas volvieron a ser las de antes, aunque con un poco de remordimiento por las bromas que habían hecho.
La profesora y Doña Elena, también regresaron a la normalidad, prometiendo no volver a probar los dulces. Decidieron guardar el cofre en un lugar seguro, para evitar que alguien más cayera en la tentación. Y así, "El Cole Encantado" volvió a ser un lugar de estudio y aprendizaje, aunque con una historia más que contar.
Desde ese día, los niños aprendieron una valiosa lección: la curiosidad es buena, pero la prudencia es aún mejor. Y que a veces, los dulces más deliciosos pueden esconder sorpresas no tan agradables. Y aunque volar y hacer bromas pueda parecer divertido, es mucho mejor compartir risas y alegría con los amigos, sin necesidad de magia ni travesuras.
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