El Collar de Dos Colores y el Secreto del Príncipe

El Collar de Dos Colores y el Secreto del Príncipe

Cuento corto para niños

El Collar de Dos Colores y el Secreto del Príncipe

Elizabeth, la caballero personal de la princesa Alessia, le regala un collar especial en su cumpleaños. Sin embargo, el príncipe, hermano de Alessia, observa la creciente cercanía entre ellas con furia, planeando separar a las dos jóvenes y reafirmar su control sobre su hermana.

A partir de: La aristocracia, la sociedad en la que había nacido, a la que practicamente había estado destinada desde siempre. De un padre noble y una madre caballero Elizabeth había pasado toda su vida recibiendo la educación de una dama y la de un varón, aprendió a usar la espada al mismo tiempo que la etiqueta de una noble señorita. Si bien nunca había ejercido como soldado oficialmente la habían entrenado para obedecer como uno, por eso cuando fue elegida para ser el caballero personal de la princesa Alessia no pudo negarse, aunque no negaba que estaba un poco disgustada. Con su naturaleza amorosa su padre siempre se había preocupado de que tuviera una vida social activa, organizaba él mismo fiestas de té para que ella se hiciera de buenas amigas en la sociedad aristocrática, pero casi nunca atinaba a buenas candidatas para tener su honorable amistad, no porque fueran chicas poco leales o con malas intenciones, sino porque todas ellas estaban interesadas en cosas a las que Elizabeth jamás les había prestado atención y por ende se había sentido fuera de ambiente. Para ella era insoportable lo chillonas y mimadas que eran todas; a ver, ella también lo era, su padre y madre se habían encargado de consentirla practicamente desde que nació, pero a Elizabeth se le había enseñado a no ser egocentrica y a conseguir algo por sus propios logros. Con ese pensamiento creyó que la princesa sería igual que todas ellas, malcriada, llena de soberbia y caprichosa por todo, sin embargo tal sentimiento se esfumó en cuanto tuvo la dicha de estar en su presencia. Su piel tan blanca y fina sin ninguna imperfección ni lunar; su cabello largo y rizado de color negro que caía sobre sus palidos hombros como las aguas de una cascada; sus mejillas levemente sonrojadas y sus ojos caídos de color marrón que le daban un aspecto amable y tierno; todo en ella era precioso y Elizabeth juró que a sus cortos catorce años nunca había conocido a una mujer tan hermosa como ella. Ahora, tres años después, caminaba por los pasillos del enorme castillo, con un pequeño obsequio guardado en su bolsillo, la princesa cumplió años el día anterior y por lo ajetreada que había estado la agenda de dicha chica no pudo entregarle su regalo, así que ahora estaba decidida a hacerlo. Era un pequeño collar con sus iniciales grabadas en un hermoso dije en forma de flor tallado a mano, tal vez no era la gran cosa pero estaba hecho con todo el amor del mundo solo para Alessia. Una vez frente a la habitación de la mujer tocó un par de veces la puerta, cuando los segundos pasaron y no recibió respuesta decidió mejor anunciar su entrada y pasar, estando adentro de la hermosa recamara pudo ver a lo lejos a la princesa dormir placidamente en su cama, una leve risa escapó de sus labios por la tierna escena. Con pasos firmes caminó hasta ahí para luego sentarse frente a ella, apartó los cabellos del rostro de la joven y la llamó suavemente, cuando Alessia comenzó a despertar quitó su mano para no incomodarla, la chica se sentó sobre la cama mientras bostezaba y estiraba su cuerpo. Elizabeth acomodó la manga de la sencilla bata de dormir cuando ésta se deslizó levemente del hombro de la pelinegra. -Eli... ¿Qué hora es? -. Frotó su ojo para quitar todo rastro de sueño de una vez por todas. -Lamento despertarla, su Alteza. Pero ya es medio día, y no creo que a su padre le agrade que duerma tanto -. Tomó un mechón del cabello de la pelinegra y lo puso detrás de su oreja, rió cuando la chica pareció despertar del todo por la cercanía de ambas. -¡Lo siento...!, ¡No fue mi intención...! Es solo que... terminé muy cansada por lo de ayer, mi padre se encargó de hacer una gran fiesta por mi cumpleaños... -. Se alejó levemente de su soldado personal, pero no lo suficiente ya que pronto comenzó a acariciar el ondulado cabello pelirrojo de la chica. Un puchero se posó sobre sus labios rosas por que Elizabeth había vuelto a atar el cabello colorado en una cola mal hecha cuando claramente le había dicho que no lo volvoera a hacer, Alessia consideraba que Elizabeth se veía mucho más hermosa con su cabello suelto, pero rara vez la pelirroja le hacia caso con respecto al asunto. -Por cierto, princesa... -. Sacó del bolsillo de su pantalón la pequeña caja y la puso sobre el regazo de la joven -. Es para usted... de mi parte. Felices diecisiete años. Observó con ternura como los ojos marrones de Alessia brillaban por el adorable presente, compartió su emoción cuando el brillante collar fue descubierto y la pelinegra la pidió que la ayudara a colocárselo en el cuello. Una hermosa piedra en el centro del dije brilló, partida a la mitad de dos colores diferentes, azul y marrón, el color de sus ojos respectivamente. Había sido díficil partirlas de forma tan precisa y al parecer su esfuerzo había valido la pena. La hermosa sonrisa de Alessia alegró su día como nada ni nadie lo había hecho jamás, peinó superficialmente con sus dedos el alborotado cabello negro mientras la contraria no dejaba de hablar sobre lo agradecida que estaba por el regalo. -Muchas gracias, Elizabeth... ________________________________ Con pasos apresurados caminó por toda la habitación, de un lado a otro sin parar, incluso cuando empezó a sudar y su sirviente le pidió que se detuviera no lo hizo, rompió la uña de su pulgar por haberla estado mordiendo con fuerza desde que comenzó todo. Estaba furioso, realmente furioso y asqueado. Su querida Alessia, su pequeña hermanita estaba alejándose de él, recordaba perfectamente cada una de las palabras que salieron de su boca la noche anterior, durante el festejo a su cumpleaños. Se repetían en su mente una y otra vez de forma insesante, como si su propia mente se estuviera burlando de él. Había sido descuidado, demasiado permisivo con su adorada hermana, la había consentido de más permitiendo que esa perra colorada se involucrara en su vida y ahora estaba pagando el precio. Estaba completamente seguro de que la infeliz de Elizabeth había influenciado en Alessia para alejarlos, su maldita cara de mustia identica a la zorra de su madre y el perro de su padre lograron manipular a la inocente princesa. Pero no sé haría problema, castigaría a Alessia, le recordaría su lugar, que ella siempre sería suya y que no podía pasar por encima de él pisoteándolo. Apretó con fuerza el latigo en sus manos, aquel con el que había hecho entrar en razón a su pequeña razón de existir, con el que la había vuelto obediente y sumisa, su cabello castaño cubriendo sus ojos envueltos en un remolino de interminable furia. ¿Es qué acaso estaba perdiendo el control? No, no lo permitiría. Oh, Elizabeth... no debiste meterte en su camino. Unas cuantas risas amargas abandonaron sus labios, su cuerpo temblando mientras apoyaba su mano drecha sobre su hombro izquierdo, arañando allí hasta romper la tela de su lujoso traje. Él, el príncipe de esta Nación, perdiendo contra una simple prostituta que decía ser una noble. Patético

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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El Collar de Dos Colores y el Secreto del Príncipe

La aristocracia, la sociedad en la que había nacido, a la que practicamente había estado destinada desde siempre. De un padre noble y una madre caballero Elizabeth había pasado toda su vida recibiendo la educación de una dama y la de un varón, aprendió a usar la espada al mismo tiempo que la etiqueta de una noble señorita.

Si bien nunca había ejercido como soldado oficialmente la habían entrenado para obedecer como uno, por eso cuando fue elegida para ser el caballero personal de la princesa Alessia no pudo negarse, aunque no negaba que estaba un poco disgustada.

Con su naturaleza amorosa su padre siempre se había preocupado de que tuviera una vida social activa, organizaba él mismo fiestas de té para que ella se hiciera de buenas amigas en la sociedad aristocrática, pero casi nunca atinaba a buenas candidatas para tener su honorable amistad, no porque fueran chicas poco leales o con malas intenciones, sino porque todas ellas estaban interesadas en cosas a las que Elizabeth jamás les había prestado atención y por ende se había sentido fuera de ambiente.

Para ella era insoportable lo chillonas y mimadas que eran todas; a ver, ella también lo era, su padre y madre se habían encargado de consentirla practicamente desde que nació, pero a Elizabeth se le había enseñado a no ser egocentrica y a conseguir algo por sus propios logros.

Con ese pensamiento creyó que la princesa sería igual que todas ellas, malcriada, llena de soberbia y caprichosa por todo, sin embargo tal sentimiento se esfumó en cuanto tuvo la dicha de estar en su presencia. Su piel tan blanca y fina sin ninguna imperfección ni lunar; su cabello largo y rizado de color negro que caía sobre sus palidos hombros como las aguas de una cascada; sus mejillas levemente sonrojadas y sus ojos caídos de color marrón que le daban un aspecto amable y tierno; todo en ella era precioso y Elizabeth juró que a sus cortos catorce años nunca había conocido a una mujer tan hermosa como ella.

Ahora, tres años después, caminaba por los pasillos del enorme castillo, con un pequeño obsequio guardado en su bolsillo, la princesa cumplió años el día anterior y por lo ajetreada que había estado la agenda de dicha chica no pudo entregarle su regalo, así que ahora estaba decidida a hacerlo. Era un pequeño collar con sus iniciales grabadas en un hermoso dije en forma de flor tallado a mano, tal vez no era la gran cosa pero estaba hecho con todo el amor del mundo solo para Alessia.

Una vez frente a la habitación de la mujer tocó un par de veces la puerta, cuando los segundos pasaron y no recibió respuesta decidió mejor anunciar su entrada y pasar, estando adentro de la hermosa recamara pudo ver a lo lejos a la princesa dormir placidamente en su cama, una leve risa escapó de sus labios por la tierna escena.

Con pasos firmes caminó hasta ahí para luego sentarse frente a ella, apartó los cabellos del rostro de la joven y la llamó suavemente, cuando Alessia comenzó a despertar quitó su mano para no incomodarla, la chica se sentó sobre la cama mientras bostezaba y estiraba su cuerpo. Elizabeth acomodó la manga de la sencilla bata de dormir cuando ésta se deslizó levemente del hombro de la pelinegra.

-Eli... ¿Qué hora es? -. Frotó su ojo para quitar todo rastro de sueño de una vez por todas.

-Lamento despertarla, su Alteza. Pero ya es medio día, y no creo que a su padre le agrade que duerma tanto -. Tomó un mechón del cabello de la pelinegra y lo puso detrás de su oreja, rió cuando la chica pareció despertar del todo por la cercanía de ambas.

-¡Lo siento...!, ¡No fue mi intención...! Es solo que... terminé muy cansada por lo de ayer, mi padre se encargó de hacer una gran fiesta por mi cumpleaños... -. Se alejó levemente de su soldado personal, pero no lo suficiente ya que pronto comenzó a acariciar el ondulado cabello pelirrojo de la chica.

Un puchero se posó sobre sus labios rosas por que Elizabeth había vuelto a atar el cabello colorado en una cola mal hecha cuando claramente le había dicho que no lo volvoera a hacer, Alessia consideraba que Elizabeth se veía mucho más hermosa con su cabello suelto, pero rara vez la pelirroja le hacia caso con respecto al asunto.

-Por cierto, princesa... -. Sacó del bolsillo de su pantalón la pequeña caja y la puso sobre el regazo de la joven -. Es para usted... de mi parte. Felices diecisiete años.

Observó con ternura como los ojos marrones de Alessia brillaban por el adorable presente, compartió su emoción cuando el brillante collar fue descubierto y la pelinegra la pidió que la ayudara a colocárselo en el cuello. Una hermosa piedra en el centro del dije brilló, partida a la mitad de dos colores diferentes, azul y marrón, el color de sus ojos respectivamente. Había sido díficil partirlas de forma tan precisa y al parecer su esfuerzo había valido la pena.

La hermosa sonrisa de Alessia alegró su día como nada ni nadie lo había hecho jamás, peinó superficialmente con sus dedos el alborotado cabello negro mientras la contraria no dejaba de hablar sobre lo agradecida que estaba por el regalo.

-Muchas gracias, Elizabeth...

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Con pasos apresurados caminó por toda la habitación, de un lado a otro sin parar, incluso cuando empezó a sudar y su sirviente le pidió que se detuviera no lo hizo, rompió la uña de su pulgar por haberla estado mordiendo con fuerza desde que comenzó todo. Estaba furioso, realmente furioso y asqueado.

Su querida Alessia, su pequeña hermanita estaba alejándose de él, recordaba perfectamente cada una de las palabras que salieron de su boca la noche anterior, durante el festejo a su cumpleaños. Se repetían en su mente una y otra vez de forma incesante, como si su propia mente se estuviera burlando de él.

Había sido descuidado, demasiado permisivo con su adorada hermana, la había consentido de más permitiendo que esa perra colorada se involucrara en su vida y ahora estaba pagando el precio.

Estaba completamente seguro de que la infeliz de Elizabeth había influenciado en Alessia para alejarlos, su maldita cara de mustia identica a la zorra de su madre y el perro de su padre lograron manipular a la inocente princesa. Pero no sé haría problema, castigaría a Alessia, le recordaría su lugar, que ella siempre sería suya y que no podía pasar por encima de él pisoteándolo.

Apretó con fuerza el latigo en sus manos, aquel con el que había hecho entrar en razón a su pequeña razón de existir, con el que la había vuelto obediente y sumisa, su cabello castaño cubriendo sus ojos envueltos en un remolino de interminable furia. ¿Es qué acaso estaba perdiendo el control? No, no lo permitiría. Oh, Elizabeth... no debiste meterte en su camino.

Unas cuantas risas amargas abandonaron sus labios, su cuerpo temblando mientras apoyaba su mano drecha sobre su hombro izquierdo, arañando allí hasta romper la tela de su lujoso traje. Él, el príncipe de esta Nación, perdiendo contra una simple prostituta que decía ser una noble. Patético.

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Publicado el 14/04/2026

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