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Gratis · elegí una vozEn el corazón de un barrio colorido, donde las casas parecían sonreír y los árboles contaban secretos al viento, se alzaba el Colegio José David Berríos. Era un lugar mágico, lleno de risas, juegos y el aroma inconfundible de las galletas recién horneadas de la cafetería. Allí, dos amigos inseparables, David y Cristian, compartían cada aventura.
David, con su cabello castaño alborotado y una sonrisa que iluminaba cualquier habitación, era conocido por su imaginación desbordante. Cristian, un poco más reservado, pero con un corazón gigante, era el mejor oyente y el compañero leal de David. Juntos, eran dinamita pura. Construían castillos de arena en el recreo, inventaban historias de piratas espaciales en clase de matemáticas y compartían sus sándwiches de mantequilla de maní y jalea (aunque Cristian secretamente prefería los de queso).
Su lugar favorito era el parque del colegio. Allí, bajo la sombra de un viejo roble, se balanceaban en los columpios, soñando con ser astronautas, bomberos o incluso ¡domadores de unicornios! Los columpios, dos asientos de madera desgastados por el tiempo y las risas, eran testigos silenciosos de su amistad.
Un día, un nuevo estudiante llegó al Colegio José David Berríos. Se llamaba Alexander, y era alto, con ojos brillantes y una mochila llena de cómics de superhéroes. David, fascinado por las historias de Alexander y su colección de cromos brillantes, comenzó a pasar más tiempo con él. Jugaban a las cartas de superhéroes en el recreo, compartían sus cómics favoritos y discutían quién era el mejor superhéroe de todos los tiempos (David era Team Batman, Alexander era Team Superman).
Cristian, al principio, no le dio mucha importancia. Pensó que era solo una fase, que David pronto volvería a construir castillos de arena y a soñar con unicornios. Pero los días se convirtieron en semanas, y David y Alexander se volvieron cada vez más inseparables. Cristian, observando desde la distancia, sintió un nudo en el estómago que no sabía cómo deshacer.
Un día, Cristian se acercó a David en el parque. Lo encontró sentado en uno de los columpios, leyendo un cómic con Alexander. “Hola, David,” dijo Cristian tímidamente. David levantó la vista, sonrió brevemente, y luego volvió a sumergirse en su cómic. Alexander, sin siquiera mirarlo, continuó leyendo.
Cristian sintió una punzada en el corazón. “¿Quieres jugar a algo?” preguntó, esperando que David lo invitara a unirse a su juego de superhéroes. David negó con la cabeza. “Estamos ocupados,” dijo, sin despegar la vista del cómic.
Cristian se dio la vuelta y caminó lentamente hacia el otro extremo del parque. Se sentó en el columpio vacío, el que antes siempre compartía con David. El columpio se balanceaba suavemente, como si también estuviera triste. Sintió una lágrima rodar por su mejilla. No entendía por qué David ya no quería ser su amigo. ¿Había hecho algo malo?
Los días siguientes fueron difíciles para Cristian. Vio a David y Alexander riendo y jugando juntos, mientras él se sentaba solo en el recreo. Intentó hablar con David varias veces, pero siempre lo encontraba ocupado o simplemente no le prestaba atención. Se sentía invisible, como si hubiera desaparecido del mundo de David.
Un día, mientras Cristian estaba sentado solo en el columpio, Alexander se acercó a él. “David dice que eres aburrido,” dijo Alexander con una sonrisa burlona. “Dice que solo sabes jugar a cosas de bebés.”
Las palabras de Alexander golpearon a Cristian como un puñetazo. Se levantó del columpio, con los ojos llenos de lágrimas. Corrió hacia el baño y se encerró en un cubículo, llorando a mares.
Mientras tanto, David, después de que Alexander se fuera, miró el columpio vacío. Sintió un pequeño remordimiento, una punzada de culpa que le recordaba los buenos tiempos con Cristian. Recordó las risas, los sueños compartidos y los sándwiches de mantequilla de maní y jalea. Se dio cuenta de que había estado tan absorto en impresionar a Alexander que había olvidado a su mejor amigo.
Esa noche, David no pudo dormir. Dio vueltas y vueltas en la cama, pensando en Cristian. Finalmente, se levantó, tomó un papel y un lápiz, y comenzó a escribir una carta. Le escribió a Cristian sobre cómo lamentaba haberlo descuidado, cómo echaba de menos sus aventuras y cómo se había dejado llevar por la emoción de tener un nuevo amigo.
Al día siguiente, David encontró a Cristian en el parque, sentado solo en el columpio. Se acercó a él tímidamente y le entregó la carta. Cristian la tomó, la leyó en silencio, y luego levantó la vista hacia David. Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero también había un brillo de esperanza en ellos.
“Lo siento, Cristian,” dijo David. “Fui un tonto. No debí haberte olvidado.”
Cristian sonrió débilmente. “Yo también te extrañé,” dijo.
David y Cristian se sentaron juntos en los columpios, en silencio al principio. Luego, comenzaron a hablar, a recordar viejos tiempos y a planear nuevas aventuras. Se dieron cuenta de que, aunque la amistad puede tener altibajos, el verdadero valor está en perdonar y en volver a conectar. La amistad entre David y Cristian era como el viejo roble del parque, fuerte y arraigada, capaz de resistir cualquier tormenta. Y el columpio vacío, finalmente, volvió a llenarse de risas y sueños compartidos. Alexander, eventualmente, encontró otros amigos, pero David y Cristian aprendieron una valiosa lección sobre la importancia de la amistad verdadera.
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