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Gratis · elegí una vozClaudia y Costa, dos niñas de cinco años, eran como dos gotas de lluvia hermanas, siempre juntas, siempre riendo. Se conocían desde la guardería, desde el día en que Claudia le prestó su osito de peluche a Costa, que lloraba porque extrañaba a su mamá. Desde ese día, se volvieron inseparables. Compartían sus crayones, sus galletas, y sus secretos más importantes, como que el monstruo debajo de la cama en realidad era un calcetín perdido.
Todos los días, después de la guardería, corrían al parque. Su lugar favorito era el columpio doble, donde se turnaban para balancearse hasta tocar las nubes, imaginando que volaban a mundos llenos de caramelos y arcoíris. Claudia tenía el pelo castaño y rizado, y una sonrisa que iluminaba todo el parque. Costa, por su parte, era rubia como el sol, con ojos azules que brillaban con cada travesura.
Pero un día, el sol dejó de brillar con la misma intensidad. Los papás de Costa le contaron que se mudarían a una casa nueva, ¡una casa con un jardín enorme y un cerezo! Costa estaba emocionada por el cerezo, pero triste porque eso significaba cambiar de colegio y, lo más importante, separarse de Claudia.
El día de la mudanza llegó rápido, como un rayo. Claudia y Costa se abrazaron fuerte, tan fuerte que casi se quedan sin aire. Lloraron juntas, con las lágrimas mezclándose en un mar de tristeza. "¡Prometo que nunca te olvidaré!", sollozó Costa. "¡Yo tampoco!", respondió Claudia, con la voz temblorosa.
Los primeros días sin Costa fueron muy difíciles para Claudia. El columpio doble parecía vacío, silencioso, como si le faltara una parte importante. Iba al parque, pero ya no era lo mismo. Las risas de los otros niños sonaban lejanas, como si estuvieran en otro mundo. Claudia echaba mucho de menos a Costa. Extrañaba sus juegos, sus secretos, sus risas. A veces, se sentía sola y abandonada, como un barco perdido en el mar.
En el colegio, Claudia intentaba jugar con los otros niños, pero sentía que nadie la entendía como Costa. Extrañaba cuando se sentaban juntas en la alfombra durante la hora del cuento y se hacían cosquillas a escondidas. Extrañaba cuando compartían sus sándwiches de mantequilla de maní, aunque a Claudia no le gustara la mantequilla de maní. Lo hacía solo por Costa.
Una tarde, sentada en el columpio vacío, Claudia miró al cielo. Las estrellas empezaban a aparecer, brillantes y lejanas. Su mamá se sentó a su lado y la abrazó. "Sé que echas de menos a Costa, cariño", le dijo su mamá con voz suave. "Pero la distancia no significa que tengan que dejar de ser amigas. Pueden seguir viéndose, aunque sea menos seguido. Pueden llamarse por teléfono, escribirse cartas, ¡incluso pueden visitarse!".
Las palabras de su mamá hicieron que Claudia se sintiera un poco mejor. Recordó que Costa le había prometido llamarla todas las semanas. Y quizás, con un poco de suerte, podrían visitarse durante las vacaciones.
Esa noche, Claudia tuvo un sueño. Soñó que ella y Costa estaban sentadas juntas en el columpio doble, balanceándose hasta las estrellas. Las estrellas brillaban con fuerza, guiándolas en su amistad, mostrándoles que, aunque estuvieran lejos, su amistad seguiría viva.
Al día siguiente, Claudia despertó con una sonrisa. Sabía que extrañaría a Costa, pero también sabía que su amistad era lo suficientemente fuerte como para superar la distancia. Decidió escribirle una carta a Costa, contándole todo lo que había hecho en el colegio y lo mucho que la echaba de menos. También le dibujó un dibujo de ellas dos en el columpio doble, volando hasta las estrellas.
Unas semanas después, el teléfono sonó. Era Costa. Su voz sonaba un poco diferente, pero era inconfundible. Hablaron durante horas, contándose todo lo que había pasado en sus vidas. Costa le contó sobre su nueva casa, su nuevo colegio, y su nuevo cerezo. Claudia le contó sobre sus nuevos amigos, sus clases de arte, y lo mucho que extrañaba jugar con ella en el parque.
Después de la llamada, Claudia se sintió mucho mejor. Sabía que su amistad con Costa era especial, y que la distancia no podría romperla. Aunque no se vieran todos los días, seguirían siendo las mejores amigas, conectadas por un hilo invisible de amor y recuerdos.
Y así, Claudia aprendió que la amistad verdadera puede superar cualquier obstáculo, incluso la distancia. Aprendió que, aunque el columpio doble estuviera vacío, su amistad con Costa siempre estaría llena de risas, secretos y promesas bajo el cielo estrellado.
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