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Gratis · elegí una vozPapá Oso amaba a su hija, la Osa Lila, más que a la miel de flores silvestres. Cuando era pequeña, Lila se acurrucaba en su regazo, escuchando cuentos de osos valientes y constelaciones brillantes. Juntos construían fuertes de mantas y comían sándwiches de crema de cacahuate a la luz de las linternas. Pero ahora, Lila tenía quince años. Sus púas eran de color morado brillante, usaba audífonos enormes y parecía que Papá Oso vivía en otro planeta.
Lila lo quería, él lo sabía. A veces, cuando pensaba que él no la veía, Lila sonreía al verlo preparar el desayuno. Pero en público, Lila lo trataba como si fuera un oso torpe e invisible. Respondía a sus preguntas con monosílabos, suspiraba con exageración cada vez que él contaba un chiste (¡sus chistes eran muy buenos!), y se alejaba corriendo si él intentaba abrazarla.
Papá Oso se sentía como si estuviera parado en un lado de un cañón gigante, y Lila, al otro. Intentaba construir puentes con conversaciones, con regalos, con invitaciones para ver películas. Pero Lila los destruía con una mirada, un comentario sarcástico, una puerta que se cerraba de golpe.
Una tarde, Papá Oso encontró un viejo cometa de papel en el ático. Era un cometa que él mismo había hecho para Lila cuando ella tenía cinco años. Tenía forma de oso, con un lazo rosa en el cuello y ojos de botón. Al verlo, sintió un vuelco en el corazón. Recordó las risas de Lila mientras corrían juntos por el prado, el cometa ondeando en el cielo azul.
Tuvo una idea.
Al día siguiente, Papá Oso fue a la tienda de golosinas de la Señora Coneja. Compró montones de caramelos de todos los colores y sabores. Luego, fue a la ferretería y compró cuerdas de colores, palitos de madera y pegamento.
Encerrándose en su taller (que normalmente estaba lleno de herramientas y madera, pero que ahora olía a fresa y limón), Papá Oso comenzó a construir. Construyó un puente. Un puente hecho de caramelos. Cada caramelo estaba cuidadosamente pegado a los palitos de madera, sostenidos por cuerdas de colores. El puente era largo, lo suficientemente largo para cruzar el cañón imaginario entre él y Lila.
Cuando terminó, el puente de caramelos era una obra de arte. Tenía caramelos de menta que simulaban pilares, caramelos de fresa que formaban arcos y caramelos de limón que brillaban como faroles. Era tan colorido y dulce que hasta al oso más gruñón le darían ganas de sonreír.
Papá Oso colocó el puente de caramelos en el jardín, entre la ventana de Lila y su taller. Luego, ató el viejo cometa de papel al puente. Esperó.
Lila, al principio, no le prestó atención. Estaba demasiado ocupada hablando por teléfono con su amiga Valentina. Pero luego, sintió el olor a caramelo. Un olor tan fuerte y delicioso que la obligó a levantar la vista.
Al ver el puente de caramelos, Lila se quedó boquiabierta. Nunca había visto nada igual. Y luego, vio el cometa. El cometa de oso con el lazo rosa. El cometa que ella había olvidado que existía.
Lentamente, Lila salió de la casa. Se acercó al puente de caramelos, con cautela, como si fuera una criatura salvaje. Papá Oso la observaba desde la ventana de su taller, conteniendo la respiración.
Lila tocó un caramelo de fresa. Luego, probó uno de limón. Sonrió.
Papá Oso salió del taller. Se acercó a Lila, lentamente.
"Lo hice para ti," dijo, con la voz temblorosa. "Para que podamos cruzar el cañón."
Lila no dijo nada. Solo miró el puente de caramelos, luego miró a Papá Oso. Vio la tristeza en sus ojos, la esperanza en su sonrisa.
Lentamente, Lila caminó hacia Papá Oso. Tomó su mano.
"Gracias, Papá," dijo, con la voz suave. "Es el puente más dulce que he visto en mi vida."
Juntos, caminaron por el puente de caramelos. Lila le contó a Papá Oso sobre sus amigos, sobre sus clases, sobre sus sueños. Papá Oso escuchó atentamente, colgando de cada palabra. El cometa de papel ondeaba en el viento, un símbolo de su amor renacido.
El cañón entre ellos no desapareció por completo de la noche a la mañana. Todavía había momentos de silencio, de incomprensión. Pero ahora, tenían un puente. Un puente de caramelos, construido con amor y paciencia. Y sabían que, juntos, podían cruzar cualquier obstáculo, siempre y cuando tuvieran un cometa de papel y un puñado de caramelos a mano.
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