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Gratis · elegí una vozRufino era un conejo. No un conejo cualquiera, sino un conejo que se enfadaba con mucha facilidad. Un día, Rufino, *furioso* porque la lechuga de su huerto se había secado, decidió dar un paseo por el *bosque*. Quería encontrar algo, cualquier cosa, que aliviara su mal humor.
Caminó y caminó, pateando piedrecitas y gruñendo entre dientes. "¡Grrr! ¡Todo me sale mal! ¡Este es el peor día del mundo!"
De repente, escuchó un zumbido. ¡Zzzzzz! Miró hacia arriba y vio un enjambre de *abejas* revoloteando alrededor de un panal colgante de una rama alta. A Rufino no le gustaban las abejas. Una vez, de pequeño, una abeja le había picado en la nariz. ¡Qué dolor!
"¡Ugh! ¡Abejas! ¡Siempre haciendo ruido!" – refunfuñó Rufino.
Sin pensarlo dos veces, Rufino cogió una piña del suelo y se la lanzó al panal. ¡PUM! El panal se movió bruscamente y algunas abejas salieron volando, muy enfadadas.
"¡Ahora verán!" – pensó Rufino, sintiéndose un poco satisfecho.
Pero las abejas, lejos de asustarse, comenzaron a zumbar aún más fuerte y se dirigieron hacia Rufino. ¡Zzzzzz! ¡Zzzzzz! ¡Zzzzzz!
Rufino gritó y echó a correr. Corrió tan rápido como pudo, con las abejas persiguiéndolo de cerca. Corrió entre los árboles, saltó sobre troncos caídos y se escondió detrás de arbustos. Finalmente, logró despistar a las abejas y se escondió en una cueva pequeña.
Respirando con dificultad, Rufino esperó a que las abejas se fueran. Estaba muy asustado y, para ser honesto, un poco avergonzado. Se dio cuenta de que su enfado lo había llevado a hacer algo muy tonto.
Después de un rato, cuando ya no escuchaba el zumbido de las abejas, Rufino salió de la cueva. Se sentía cansado y triste. Se sentó en una roca y suspiró.
De pronto, olió algo maravilloso. Un aroma dulce y floral que nunca antes había *olido*. Siguió el aroma y llegó a un claro del bosque. Allí, en medio del claro, había un jardín secreto lleno de flores de todos los colores. Rosas, margaritas, tulipanes, amapolas… ¡Era el jardín más hermoso que Rufino había visto en su vida!
Se acercó a una rosa roja y la olió profundamente. El aroma era tan agradable que sintió que su enfado comenzaba a desaparecer. Se dio cuenta de que la belleza y la tranquilidad del jardín eran mucho más poderosas que su rabia.
Un anciano conejo, con gafas y una regadera, estaba cuidando el jardín. Al ver a Rufino, le sonrió amablemente.
"Hola, jovencito. ¿Te gusta mi jardín?" – preguntó el anciano conejo.
"Sí, es precioso. Nunca había visto algo tan hermoso" – respondió Rufino, con sinceridad.
"Este jardín es mi refugio. Cuando me siento triste o enfadado, vengo aquí y cuido mis flores. Su belleza y su aroma me ayudan a calmarme" – explicó el anciano conejo.
Rufino se quedó pensando en las palabras del anciano conejo. Se dio cuenta de que él también necesitaba encontrar una forma de controlar su enfado.
"¿Puedo ayudarle con el jardín?" – preguntó Rufino.
El anciano conejo sonrió. "Por supuesto que sí. Siempre necesito una mano extra".
Rufino pasó el resto de la tarde ayudando al anciano conejo en el jardín. Regó las flores, quitó las malas hierbas y aprendió los nombres de cada planta. Mientras trabajaba, sintió que su enfado se desvanecía por completo.
*Aprendió* que la belleza y la tranquilidad podían ser una cura para la rabia. Aprendió que ayudar a los demás te hace sentir bien contigo mismo. Y, sobre todo, aprendió que la naturaleza tiene el poder de sanar cualquier herida.
Al final del día, Rufino se despidió del anciano conejo y regresó a su casa. Ya no estaba *furioso*. Se sentía tranquilo y feliz. Había *aprendido* una valiosa lección.
Desde ese día, Rufino visitó el jardín secreto con frecuencia. Ayudaba al anciano conejo a cuidar las flores y disfrutaba de su belleza y su aroma. Ya no se enfadaba tan fácilmente. Había descubierto que la mejor forma de calmar su rabia era rodearse de naturaleza y ayudar a los demás. Y, aunque todavía no le gustaban mucho las abejas, *aprendió* a respetarlas y a no molestarlas. Porque, al final, todos tenemos nuestro lugar en el *bosque*, incluso los conejos *furiosos* que necesitan *aprender* a *oler* el perfume de las flores para calmar su corazón.
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