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Gratis · elegí una vozLila tenía trece años y un espejo que parecía odiarla. Cada mañana, reflejaba una cara que ella consideraba demasiado redonda, una nariz que pensaba demasiado grande y un cabello que simplemente no colaboraba. Su habitación, llena de pósters de bandas pop coloridas, era su refugio. Afuera, el mundo parecía brillar con la luz de la perfección, un brillo que Lila no sentía dentro de sí misma.
Su familia tampoco ayudaba mucho. Su madre, siempre ocupada con el trabajo, le decía que no se preocupara tanto por su apariencia, que lo importante era ser inteligente. Su padre, en cambio, insistía en que debía “arreglarse” más, como si ser ella misma no fuera suficiente. Lila se sentía como una nota desafinada en una canción pop perfecta.
Entonces, llegó el verano. Y con el verano, llegó Mateo. Mateo tenía una sonrisa fácil, ojos color miel y escuchaba la misma música que Lila. Se conocieron en la heladería del pueblo, mientras ambos intentaban decidir qué sabor de helado era el menos… engordante. Mateo, con su desparpajo, le dijo a Lila que el helado era para disfrutarlo, no para sentirse culpable.
Empezaron a pasar tiempo juntos. Iban a la playa, escuchaban música en el coche de Mateo y hablaban de todo y de nada. Lila se sentía especial a su lado. Por primera vez, el espejo no parecía tan cruel por las mañanas. La sonrisa de Mateo era un bálsamo para su autoestima herida. Era como si, de repente, las canciones tristes de su interior tuvieran un ritmo más alegre.
Mateo le contaba sus sueños de ser músico, de llenar estadios con su banda. Lila le hablaba de su miedo a no ser suficiente, de la presión que sentía en casa. Mateo la escuchaba con atención, la abrazaba y le decía que era perfecta tal como era. Y Lila le creía. O quería creerle.
Su amor floreció como una flor de verano, vibrante y efímero. Bailaban bajo las estrellas, se besaban en la playa al atardecer y se prometían un futuro juntos. Un futuro lleno de música, helado y sonrisas. Pero el verano, como todos los veranos, tiene un final.
Un día, Mateo le contó a Lila que su familia se mudaba a otra ciudad. Su padre había conseguido un nuevo trabajo y no había nada que pudieran hacer. Lila sintió como si el mundo se le viniera encima. Su corazón, que había comenzado a florecer, se marchitaba rápidamente.
Se despidieron en la estación de autobuses. Mateo le prometió que seguirían en contacto, que la llamaría todos los días y que volverían a verse pronto. Lila le abrazó con fuerza, intentando memorizar el olor de su colonia, el tacto de su piel. Pero en el fondo sabía que las cosas no serían igual.
Los primeros días después de la partida de Mateo fueron un infierno. Lila no comía, no dormía y no dejaba de llorar. Su habitación, de nuevo, se convirtió en su prisión. Los pósters de las bandas pop parecían burlarse de ella, recordándole la alegría que había perdido. Las canciones, antes alegres, ahora sonaban tristes y vacías.
Mateo la llamó algunas veces al principio, pero las llamadas se hicieron cada vez más espaciadas. Él estaba ocupado con su nueva vida, con su nueva escuela y con sus nuevos amigos. Lila entendía, pero no podía evitar sentirse abandonada. Su autoestima, que había comenzado a sanar, se resquebrajó de nuevo.
Un día, Lila se miró al espejo. No vio la cara redonda, la nariz grande o el cabello indomable. Vio a una niña triste, pero también vio a una niña fuerte. Una niña que había amado, que había sufrido y que había sobrevivido. Una niña que, a pesar de todo, tenía la capacidad de volver a florecer.
Lentamente, Lila comenzó a reconstruirse. Se apuntó a clases de pintura, empezó a escribir un diario y se reconcilió con su familia. Aprendió que el amor, a veces, no dura para siempre, pero que eso no significa que no sea valioso. Aprendió que la verdadera belleza reside en la aceptación de uno mismo, con todas las imperfecciones incluidas. Aprendió que las canciones tristes también pueden ser hermosas.
El verano terminó, pero Lila sabía que, dentro de ella, siempre guardaría el recuerdo de ese amor imperfecto, de esas canciones pop alegres y de la sonrisa de Mateo. Y aunque le doliera, sabía que también le había enseñado una valiosa lección: que el amor más importante es el que uno se tiene a sí mismo.
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