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Margarita, con sus diecisiete primaveras floreciendo, siempre había sido como una cometa atada a la razón. Le gustaban las matemáticas, los libros de ciencia y la lógica. El amor, para ella, era un concepto abstracto, algo que solo existía en las novelas románticas que su abuela leía con tanto fervor. Nunca había entendido por qué las princesas en los cuentos suspiraban por príncipes.
Entonces, apareció Luis. Luis, con sus dieciocho años y una sonrisa que podía derretir un glaciar, era todo lo que Margarita no era. Le encantaba la música, pintar murales llenos de color y contar historias que parecían sacadas de un sueño. Cuando se conocieron en el club de voluntariado del pueblo, Margarita sintió algo extraño, como un pequeño remolino en su estómago.
"Hola, soy Luis," dijo él, extendiendo una mano llena de pintura azul.
Margarita, normalmente tan segura de sí misma, tartamudeó: "H-Hola, soy Margarita."
Ese pequeño remolino se hizo más grande cada vez que Luis estaba cerca. Él le hablaba de sus sueños de viajar por el mundo, de pintar el cielo con mil colores y de llenar el mundo de alegría. Margarita, por su parte, le contaba sobre las constelaciones, sobre la belleza de los números primos y sobre la importancia de la conservación del medio ambiente.
Pero Margarita estaba asustada. Nunca había sentido algo así. Era como si su corazón, que siempre había latido al ritmo constante de un metrónomo, ahora danzara al compás de una melodía desconocida. No quería enamorarse. El amor, pensaba ella, era complicado, impredecible y, sobre todo, irracional.
Un día, mientras pintaban un mural para el hospital infantil, Luis se acercó a Margarita y le preguntó: "¿Qué te pasa, Margarita? Te veo pensativa."
Margarita suspiró. "Estoy… confundida. Nunca había sentido esto antes. No entiendo por qué me siento así cuando estoy contigo."
Luis dejó su pincel a un lado y la miró a los ojos. "¿Qué sientes, Margarita?"
Margarita dudó. "Es… como si mi corazón estuviera dando volteretas. Como si hubiera un remolino dentro de mí."
Luis sonrió. "Eso suena como… amor, Margarita."
La palabra "amor" resonó en la mente de Margarita como una campana. Sintió pánico. "No, no puede ser. Yo no me enamoro. Yo soy lógica, soy racional."
Luis se acercó un poco más. "El amor no siempre es lógico, Margarita. A veces, simplemente sucede. Y es algo hermoso."
Margarita se alejó. "Necesito tiempo para pensar." Salió corriendo, dejando a Luis con el pincel en la mano y una mirada triste en sus ojos.
Margarita pasó días evitando a Luis. Se encerró en su habitación, leyendo libros de física cuántica y tratando de encontrar una explicación racional para lo que sentía. Pero no la encontró. Cuanto más intentaba ignorar sus sentimientos, más fuertes se volvían.
Una noche, Margarita no pudo dormir. Salió al jardín y se sentó bajo el cielo estrellado. Contempló las constelaciones, buscando respuestas en el firmamento. De repente, recordó algo que su abuela le había dicho una vez: "Margarita, el amor es como una estrella fugaz. No puedes predecirlo, pero cuando lo ves, tienes que pedir un deseo."
Margarita se dio cuenta de que había estado equivocada. El amor no era irracional, era una fuerza poderosa, capaz de transformar el mundo. Y ella, Margarita, la chica lógica y racional, se estaba enamorando de Luis.
Al día siguiente, Margarita fue a buscar a Luis al parque. Lo encontró sentado en un banco, dibujando en su cuaderno.
"Luis," dijo Margarita, con voz temblorosa.
Luis levantó la vista y sonrió. "Margarita. ¿Estás bien?"
Margarita respiró hondo. "No estuve bien. Estaba asustada. Pero ya no lo estoy. Luis, yo… creo que me estoy enamorando de ti."
Los ojos de Luis brillaron. Se levantó del banco y tomó las manos de Margarita. "Yo también me estoy enamorando de ti, Margarita."
Se acercó a ella y la besó. Fue un beso suave, dulce y lleno de magia. El pequeño remolino en el estómago de Margarita se convirtió en una gran ola, una ola de alegría, de esperanza y de amor.
Desde ese día, Margarita y Luis vivieron su amor con la misma pasión y alegría con la que pintaban murales y contaban historias. Margarita aprendió que el amor no era algo que debía temer, sino algo que debía abrazar. Y Luis aprendió que incluso la chica más lógica y racional podía enamorarse, si le dabas la oportunidad de sentir la magia del corazón. Y así, el corazón de Margarita, que antes latía al ritmo de un metrónomo, ahora danzaba al compás del remolino de Luis, una melodía llena de amor y felicidad.
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