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Gratis · elegí una vozRemolino era un zorrito pequeño, con un pelaje suave como el atardecer y una cola que se movía como una hoja danzante. Cada semana, Remolino visitaba a su tío Rufo, un zorro grande y, según Remolino, un poco gruñón. Rufo vivía en una madriguera profunda bajo las raíces de un viejo roble, y Remolino siempre llevaba consigo una baya jugosa o una nuez brillante para compartir.
Pero cada vez, la visita terminaba igual. Rufo miraba a Remolino de arriba abajo y decía cosas como: "¡Mira esas orejas! Son demasiado grandes para tu cabeza." o "¡Esa cola! Parece un plumero viejo y desordenado." o "¡Eres demasiado pequeño y flaco! Necesitas comer más gusanos gordos."
Remolino intentaba no prestar atención. Sabía que Rufo era viejo y quizás un poco amargado. Pero las palabras dolían. Se clavaban en su corazón como pequeñas espinas.
Un día, después de una visita especialmente desagradable en la que Rufo se había burlado de sus patas pequeñas, Remolino regresó a casa arrastrando los pies. Normalmente, saltaba y corría por el bosque, disfrutando del sol y el canto de los pájaros. Pero hoy, todo parecía gris.
Su mamá, la señora Zorra, lo esperaba en la entrada de su madriguera. "¡Remolino, cariño! ¿Cómo te fue con el tío Rufo?" preguntó con una sonrisa.
Remolino no pudo responder. Sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a sollozar. Su mamá lo abrazó con fuerza. "¿Qué pasa, mi pequeño?"
Entre hipidos, Remolino contó todo. Le contó sobre las orejas grandes, la cola de plumero y las patas pequeñas. Le contó cómo cada palabra lo hacía sentir más pequeño y menos importante.
Cuando terminó, su mamá lo abrazó aún más fuerte. "Oh, Remolino," dijo. "Rufo es un zorro viejo y a veces olvida cómo ser amable. Sus palabras no son ciertas. Eres perfecto tal como eres."
Pero Remolino todavía se sentía mal. No entendía por qué las palabras de Rufo lo afectaban tanto. Se sentía como si una nube oscura se hubiera instalado en su corazón.
Mientras caminaban por el bosque, la señora Zorra vio a su amiga, la señora Ardilla, sentada en una rama de un árbol de nueces. "¡Hola, señora Ardilla!" saludó la señora Zorra. "¿Podrías ayudarnos un momento?"
La señora Ardilla bajó ágilmente del árbol y se acercó a ellos. "¡Por supuesto, señora Zorra! ¿Qué les pasa?" preguntó, mirando con preocupación a Remolino.
La señora Zorra explicó la situación. "Remolino está triste porque el tío Rufo le dijo cosas desagradables. No sabe cómo lidiar con esos sentimientos."
La señora Ardilla asintió con comprensión. Se sentó junto a Remolino y lo miró a los ojos. "Remolino, ¿sabes lo que estás sintiendo se llama tristeza?"
Remolino negó con la cabeza. "Solo sé que me siento mal."
"La tristeza es como una nube gris que te envuelve," explicó la señora Ardilla. "Te hace sentir cansado, desanimado y con ganas de llorar. Es una emoción normal, y todos la sentimos a veces."
"¿Pero cómo hago para que se vaya?" preguntó Remolino.
"No puedes simplemente hacer que se vaya," dijo la señora Ardilla. "Pero puedes aprender a entenderla y a dejarla pasar. Primero, necesitas reconocer que estás triste. Ya lo hiciste, ¡muy bien! Luego, necesitas hablar de ello, como hiciste con tu mamá. Y finalmente, necesitas hacer algo que te haga sentir mejor."
"¿Como qué?" preguntó Remolino, con un poco de esperanza en su voz.
"Eso depende de ti," dijo la señora Ardilla. "Podrías dibujar, jugar, cantar, abrazar a tu mamá, o simplemente sentarte en silencio y observar la naturaleza. Lo importante es hacer algo que te traiga alegría."
Remolino pensó por un momento. "Me gusta recolectar piedras brillantes," dijo.
"¡Perfecto!" dijo la señora Ardilla. "Ve a recolectar piedras brillantes y piensa en todas las cosas hermosas que te rodean. Verás cómo la nube gris se va haciendo más pequeña."
Remolino siguió el consejo de la señora Ardilla. Fue al arroyo y comenzó a buscar piedras brillantes. Encontró una piedra roja como una fresa, una azul como el cielo y una verde como una hoja nueva. Mientras las recolectaba, se dio cuenta de que el bosque estaba lleno de belleza. Olvidó las palabras de Rufo y se concentró en el presente.
Al final del día, Remolino se sentía mucho mejor. La nube gris todavía estaba allí, pero era mucho más pequeña y ligera. Sabía que las palabras de Rufo todavía dolerían a veces, pero ahora sabía cómo lidiar con la tristeza. Sabía que tenía a su mamá, a la señora Ardilla y a su propio corazón brillante para ayudarlo a superar los momentos difíciles. Y sabía que, al final, él era un zorrito valioso y especial, tal como era. Aprendió que es importante reconocer y validar sus sentimientos, y que buscar actividades que traigan alegría puede ayudar a aliviar la tristeza. Desde ese día, Remolino decidió que, aunque visitaría a su tío Rufo, no permitiría que sus palabras le robaran su alegría. Siempre recordaría que su valor no dependía de la opinión de los demás, sino de la belleza que llevaba dentro de su propio corazón.
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