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Gratis · elegí una vozEn el Valle Escondido, donde los árboles susurraban secretos al viento y las flores bailaban al son de las abejas, vivía un pequeño demonio llamado Rascacielos. No era un demonio como los de las historias de miedo. Rascacielos era pequeño, peludo, con cuernos chiquititos que parecían botones, y un apetito… peculiar. No comía carne, ni bebía sangre humana. ¡No! Rascacielos se alimentaba de… ¡sonrisas!
Pero no de cualquier sonrisa. Solo de las sonrisas genuinas, las que nacen del corazón y brillan como el sol. Cuando alguien en el valle reía con alegría, Rascacielos, sigilosamente, se acercaba y absorbía un poquito de esa felicidad, suficiente para mantener sus cuernitos brillantes y su pelaje suave.
Un día, el Valle Escondido se cubrió de una tristeza espesa. La cosecha de calabazas, que siempre había sido abundante y luminosa, había fallado. Las calabazas estaban marchitas, grises y sin brillo. Sin calabazas, no habría Festival de la Luz, la fiesta más importante del valle, donde todos compartían historias y encendían farolillos hechos con las calabazas luminosas.
La tristeza era tan grande que incluso las sonrisas más pequeñas se habían desvanecido. Rascacielos, hambriento de felicidad, se sentía débil y apagado. Sus cuernitos ya no brillaban, y su pelaje estaba áspero.
Preocupado, Rascacielos fue a ver a la anciana Elara, la sabia del valle, que vivía en una cabaña cubierta de hiedra. Elara, con su rostro arrugado como una pasa y sus ojos brillantes como estrellas, escuchó atentamente el problema de Rascacielos.
"El problema no son las calabazas, pequeño Rascacielos", dijo Elara con voz suave. "El problema es que la gente ha perdido la esperanza. Han olvidado cómo reír y encontrar alegría en las pequeñas cosas".
Rascacielos, aunque era un demonio come-sonrisas, tenía un corazón bueno. No quería que el valle se quedara sin su festival. Así que decidió hacer algo al respecto.
Primero, intentó contar chistes, pero sus chistes eran tan malos que solo conseguían que la gente suspirara. Luego, intentó hacer cosquillas, pero la gente estaba tan triste que ni siquiera sentía las cosquillas.
Desesperado, Rascacielos se sentó bajo un árbol, sintiéndose más apagado que nunca. De repente, vio algo brillante en el suelo. Era una pequeña semilla de calabaza, olvidada por alguien.
A Rascacielos se le ocurrió una idea. Tomó la semilla y la plantó en un pequeño agujero que hizo con sus garras. La regó con agua de rocío y la cubrió con tierra suave. Luego, se sentó a esperar.
Día tras día, Rascacielos cuidó la semilla. Le cantaba canciones alegres, le contaba historias divertidas y le daba todo su cariño. Poco a poco, la semilla comenzó a germinar.
Una pequeña planta verde brotó de la tierra. Rascacielos la siguió cuidando con esmero, y la planta creció y creció hasta que produjo una única calabaza.
Pero esta calabaza era diferente. Era redonda, brillante y de un color naranja tan intenso que parecía que el sol mismo estaba atrapado dentro. Cuando Rascacielos la tocó, sintió una oleada de alegría y esperanza.
Llevó la calabaza luminosa al centro del valle y la colocó sobre una mesa. La gente, atraída por su brillo, se acercó a verla. Al ver la calabaza, sus rostros se iluminaron y sus ojos brillaron con una chispa de esperanza.
Rascacielos tomó un cuchillo y talló una cara sonriente en la calabaza. Luego, encendió una pequeña vela y la colocó dentro. La calabaza brilló aún más, iluminando todo el valle.
Al ver la calabaza sonriente, la gente comenzó a recordar los buenos tiempos, las risas compartidas y las alegrías olvidadas. Poco a poco, las sonrisas comenzaron a regresar al Valle Escondido.
Las sonrisas eran tan brillantes y genuinas que Rascacielos se sintió revitalizado. Sus cuernitos volvieron a brillar, y su pelaje se volvió suave y lustroso.
La gente, inspirada por la calabaza luminosa de Rascacielos, comenzó a buscar otras semillas y a plantarlas. Pronto, todo el valle se llenó de calabazas brillantes y sonrientes.
El Festival de la Luz se celebró con gran alegría. La gente cantó, bailó y compartió historias alrededor de las calabazas luminosas. Rascacielos, el demonio come-sonrisas, se dio cuenta de que la verdadera felicidad no se encuentra en absorber las sonrisas de los demás, sino en ayudar a los demás a encontrar su propia alegría.
Y así, Rascacielos se convirtió en el héroe del Valle Escondido, el demonio que no comía carne ni bebía sangre, sino que alimentaba las sonrisas y la esperanza de todos.
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