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Gratis · elegí una vozEn el pequeño pueblo de Colores Brillantes, vivían dos niños: Mateo, con una sonrisa tan radiante como el sol, y Bruno, con una frente arrugada como una pasa. Un día, la maestra anunció: "¡Mañana escalaremos la Montaña Nublada!".
Mateo, al escuchar la noticia, sintió un cosquilleo de emoción. "¡Qué aventura!", pensó. "Será difícil, pero llegaré a la cima. ¡Veré todo el pueblo desde arriba!". Imaginó la brisa fresca en su cara y la vista panorámica. Visualizó cada paso, cada roca superada, como una victoria.
Bruno, en cambio, suspiró pesadamente. "¡Escalar la Montaña Nublada! ¡Qué horror!", pensó. "Es demasiado alta. Seguro que me resbalo y me caigo. ¡Todos se reirán de mí si no llego a la cima!". Se imaginó tropezando, sintiendo el dolor de una caída y la vergüenza de no poder seguir. La idea de la montaña se convirtió en una nube oscura en su mente.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza. Mateo se levantó temprano, preparó su mochila con una manzana roja y una botella de agua. "¡Hoy será un gran día!", se dijo a sí mismo, mientras caminaba hacia el punto de encuentro. Cada paso era una promesa de la aventura que le esperaba.
Bruno, por otro lado, se arrastró fuera de la cama. Su estómago estaba revuelto. "No quiero ir", murmuró. "¿Por qué tenemos que hacer esto? Seguro que me canso mucho y no puedo seguir el ritmo de los demás". Llegó al punto de encuentro con la cabeza gacha, sintiéndose ya derrotado.
La escalada comenzó. Mateo, con entusiasmo, comenzó a subir. Cuando encontró una roca resbaladiza, pensó: "¡Un desafío! Puedo hacerlo. Buscaré un punto de apoyo seguro". Se concentró en encontrar la mejor manera de superar el obstáculo, y con cuidado, logró pasar.
Bruno, al ver la misma roca, exclamó: "¡Ay no! ¡Es imposible! Me voy a caer". Se detuvo, temblando, y se imaginó resbalando y rodando cuesta abajo. El miedo lo paralizó y no pudo avanzar.
En un momento, Mateo se tropezó con una raíz. Podría haber caído, pero rápidamente pensó: "¡Reacciona rápido! Agárrate a algo". Se aferró a una rama cercana y recuperó el equilibrio. "¡Casi!", exclamó, riendo. "¡Eso fue emocionante!".
Bruno, al ver a Mateo tropezar, pensó: "¡Lo sabía! Esto es demasiado peligroso. Seguro que yo también me voy a caer". El miedo se intensificó y comenzó a sentir dolor de cabeza y dolor de estómago. Cada paso se volvía más difícil.
A medida que avanzaban, Mateo animaba a sus compañeros. "¡Vamos, chicos! ¡Estamos cerca! ¡La vista desde arriba será increíble!". Su energía positiva contagiaba a los demás, quienes se sentían motivados a seguir adelante.
Bruno, en cambio, se quejaba constantemente. "¡Estoy cansado! ¡Me duelen los pies! ¡Esto es horrible!". Su negatividad desanimaba a los demás, quienes comenzaban a dudar de si podrían llegar a la cima.
Finalmente, Mateo llegó a la cima de la Montaña Nublada. Respiró hondo y sonrió. "¡Lo logré!", gritó, con alegría. La vista era espectacular: el pueblo se veía pequeño y colorido desde arriba. Se sintió orgulloso de sí mismo y lleno de energía.
Bruno, exhausto y desanimado, se sentó a mitad de camino. No pudo seguir. Se sintió frustrado y triste. "Tenía razón", pensó. "No soy lo suficientemente fuerte. Nunca podré hacer nada difícil". Se quedó allí, solo con sus pensamientos negativos.
Cuando regresaron al pueblo, Mateo compartió su experiencia con entusiasmo. Contó sobre los desafíos que enfrentó y cómo los superó con una actitud positiva. Bruno, por su parte, se quedó en casa, sintiéndose avergonzado y derrotado.
Esa noche, Mateo soñó con la Montaña Nublada y con todas las aventuras que le esperaban. Bruno soñó con caídas y fracasos. La diferencia no estaba en la montaña, sino en la forma en que cada uno eligió enfrentarla.
Al día siguiente, Mateo le ofreció a Bruno acompañarlo a dar un paseo tranquilo por el parque. Le contó sobre cómo él también a veces sentía miedo, pero que intentaba cambiar sus pensamientos negativos por positivos. Le explicó que la montaña seguía ahí, pero que la próxima vez, podrían intentarlo juntos, paso a paso, celebrando cada pequeño logro. Bruno, escuchando a Mateo, sintió una pequeña chispa de esperanza. Quizás, solo quizás, la próxima vez sería diferente.
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