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Gratis · elegí una vozPaolo y Jhoelva eran hermanitos muy queridos por sus padres, pero ¡ay!, qué niños tan desobedientes. Su mundo giraba en torno a sus celulares. Podían pasar horas absortos en pantallas, ignorando todo lo demás. Y, por si fuera poco, ¡peleaban todo el tiempo! Paolo peleaba por el cargador, Jhoelva peleaba por el mejor ángulo para una foto, y así, la casa se convertía en un campo de batalla constante. Era un cuento de nunca acabar.
Un día, su mamá, cansada de tanta desobediencia y peleas, tuvo una idea. Una idea que, pensó, les daría una lección valiosa. "Paolo, Jhoelva," dijo con voz suave pero firme, "mañana pasarán el día en casa de Doña Emilia."
Paolo y Jhoelva se miraron confundidos. Doña Emilia era su vecina, una señora muy amable y dulce, pero… ¡no tenía internet! Y tampoco les permitiría estar peleando todo el tiempo. La idea no les gustó para nada.
"¡Pero mamá! ¡Queremos quedarnos en casa!" protestó Paolo.
"¡Sí, mamá! ¡Tenemos muchos juegos que jugar!" añadió Jhoelva, aunque esos juegos, en realidad, eran videojuegos en sus celulares.
"Lo siento, niños," respondió su mamá con una sonrisa. "Necesito que aprendan a valorar lo que tienen y a respetar a los demás. Un día con Doña Emilia les hará bien." Y así, la decisión estaba tomada.
Al día siguiente, temprano por la mañana, la mamá de Paolo y Jhoelva los llevó a casa de Doña Emilia. La vecina los recibió con una gran sonrisa y un abrazo cálido. "¡Bienvenidos, queridos! ¡Estoy tan contenta de tenerlos conmigo!" dijo Doña Emilia.
Paolo y Jhoelva entraron a la casa de Doña Emilia con caras largas. La casa era muy diferente a la suya. No había televisores gigantes ni consolas de videojuegos. En cambio, había estanterías llenas de libros, plantas en cada ventana y un aroma delicioso a galletas recién horneadas.
Doña Emilia les mostró la casa y les invitó a sentarse en la sala. "¿Qué les gustaría hacer hoy?" preguntó con entusiasmo.
Paolo y Jhoelva se encogieron de hombros. No sabían qué hacer sin sus celulares. Doña Emilia, al ver su aburrimiento, les propuso una idea: "¿Qué tal si hacemos galletas?"
La idea no les entusiasmó mucho, pero tampoco tenían nada mejor que hacer. Así que, con pocas ganas, aceptaron. Doña Emilia les enseñó a medir los ingredientes, a batir la masa y a darle forma a las galletas. Al principio, Paolo y Jhoelva estaban torpes y se equivocaban mucho, pero poco a poco, fueron aprendiendo. Empezaron a reírse y a divertirse, ensuciándose las manos de harina y probando la masa cruda.
Después de hornear las galletas, Doña Emilia les leyó un cuento. Un cuento sobre un niño que aprendió a valorar la amistad y a ser agradecido. Paolo y Jhoelva escucharon atentamente, sintiendo algo diferente dentro de ellos.
Por la tarde, Doña Emilia los llevó al jardín. Les enseñó a cuidar las plantas, a regarlas y a quitar las malas hierbas. Paolo y Jhoelva descubrieron que trabajar en el jardín era relajante y divertido. Se sorprendieron al ver cómo las plantas crecían y florecían gracias a su cuidado.
Al final del día, cuando sus padres vinieron a recogerlos, Paolo y Jhoelva eran niños diferentes. Ya no estaban malhumorados ni aburridos. Estaban felices y agradecidos. Le dieron un abrazo fuerte a Doña Emilia y le agradecieron por un día maravilloso.
De camino a casa, le contaron a sus padres todo lo que habían hecho. Les hablaron de las galletas, del cuento, del jardín y de lo mucho que habían aprendido. Sus padres estaban sorprendidos y felices de ver el cambio en sus hijos.
Esa noche, antes de dormir, Paolo y Jhoelva prometieron a sus padres que intentarían ser más obedientes y que dejarían de pelear tanto. También prometieron pasar más tiempo juntos, jugando y divirtiéndose sin necesidad de celulares. Y así fue. Paolo y Jhoelva aprendieron una valiosa lección: que la felicidad no está en las pantallas, sino en compartir momentos especiales con las personas que los quieren.
Desde ese día, Paolo y Jhoelva siguieron visitando a Doña Emilia de vez en cuando. Aprendieron muchas cosas de ella y se convirtieron en mejores personas. Y aunque a veces todavía discutían, ya no lo hacían tan a menudo. Ahora sabían que el amor y la amistad eran mucho más importantes que cualquier celular.
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