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Gratis · elegí una vozMartín era un niño… bueno, digamos que Martín era un niño *especial*. Si veía un juguete nuevo en la tienda, gritaba: "¡Lo quiero!". Si su amigo tenía un helado de fresa y él uno de chocolate, ¡adivinen qué!: "¡Lo quiero!". Si llovía y su vecina tenía un paraguas con forma de pato, ya se imaginan: "¡Lo quiero!".
Su mamá y su papá lo amaban mucho, pero estaban un poco cansados de tantos "¡Lo quiero!". Intentaban explicarle que no podía tener todo lo que quería, que a veces hay que conformarse con lo que uno tiene y que la felicidad no se encuentra en las cosas materiales. Pero Martín, con sus grandes ojos y su carita de ángel (cuando no estaba gritando "¡Lo quiero!"), siempre lograba salirse con la suya, al menos la mitad de las veces.
Un día, Martín y su familia fueron a un parque de atracciones. ¡Oh, la emoción! Había montañas rusas gigantes, carruseles coloridos, puestos de algodón de azúcar y, por supuesto, ¡muchas, muchas cosas que Martín quería!
Lo primero que vio fue un globo con forma de dragón. "¡Lo quiero!", gritó, señalándolo con el dedo. Su papá suspiró, pero accedió. Luego, vio una gorra con orejas de oso. "¡Lo quiero!", volvió a gritar. Su mamá, después de un breve regateo, se la compró. Y así continuó la mañana: un peluche de unicornio, un silbato que hacía un ruido ensordecedor, una espada de juguete que brillaba con luces de neón… "¡Lo quiero!", "¡Lo quiero!", "¡Lo quiero!".
Después de unas horas, Martín estaba cargado con tantos juguetes que apenas podía caminar. Sus papás, exhaustos, se sentaron en un banco a descansar. Martín, en cambio, seguía mirando a su alrededor, buscando algo más que desear.
De repente, vio un puesto de helados. Había sabores de todos los colores imaginables: verde pistacho, azul algodón de azúcar, rosa chicle… Martín se acercó corriendo y gritó: "¡Lo quiero! ¡Quiero todos los helados!".
El heladero, un hombre corpulento con un gran bigote blanco, sonrió. "Todos los helados son muchos helados, jovencito", dijo con voz grave. "¿Estás seguro de que puedes comértelos todos?".
Martín asintió con la cabeza, con los ojos brillantes. "¡Sí, sí, los quiero todos!".
El heladero, con una sonrisa misteriosa, comenzó a servir helado tras helado en un cono gigante. Primero el verde, luego el azul, luego el rosa, luego el naranja… ¡El cono crecía y crecía sin parar! Finalmente, el heladero le entregó a Martín el enorme cono. Era tan grande que Martín apenas podía sostenerlo.
Pero entonces, algo extraño sucedió. Martín intentó decir "¡Gracias!", pero no pudo. Intentó decir "¡Qué rico!", pero tampoco pudo. Intentó decir "¡Lo quiero!", pero… ¡nada! Las palabras simplemente no salían de su boca. Sintió un cosquilleo en la garganta y descubrió que había perdido su voz. Y no solo eso, ¡había perdido todos sus "¡Lo quiero!"!
Martín, asustado, intentó gritar, pero solo salió un leve susurro. Miró a sus papás con desesperación, señalando el helado gigante. Sus papás, confundidos, se acercaron. Martín les hizo señas para que lo ayudaran a sostener el helado, que ahora pesaba toneladas.
Entre los tres lograron sostener el cono gigante y comenzaron a comer. El helado era delicioso, pero había demasiado. Martín comió y comió, pero el cono parecía no disminuir. Sus papás también comieron, pero estaban igual de abrumados.
Finalmente, después de mucho esfuerzo, lograron terminar el helado. Martín se sintió lleno, mareado y… un poco triste. Se dio cuenta de que tener todo lo que quería no lo hacía feliz. De hecho, lo había dejado sin voz y con un dolor de estómago terrible.
Esa noche, antes de dormir, Martín le susurró a su mamá (su voz había regresado, aunque un poco ronca): "Mamá, ya no quiero tantos ¡Lo quiero!". Su mamá lo abrazó fuerte y le dijo: "Lo importante es tener lo que necesitas y apreciar lo que tienes".
Al día siguiente, Martín fue al parque con sus amigos. Vio un niño jugando con un coche de carreras increíblemente veloz. En lugar de gritar "¡Lo quiero!", le preguntó al niño si podía jugar con él un rato. El niño aceptó y Martín se divirtió muchísimo, mucho más que con todos los juguetes que había comprado el día anterior. Aprendió que compartir y jugar con los demás era mucho más gratificante que tenerlo todo para él solo.
Y así, Martín aprendió una valiosa lección: que la verdadera felicidad no se encuentra en las cosas materiales, sino en las experiencias, en la amistad y en apreciar lo que uno ya tiene. Y, sobre todo, aprendió a usar sus "¡Lo quiero!" con mucha más moderación.
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