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Gratis · elegí una vozCarlos Alcaraz, o Carlitos como le decían sus amigos, amaba el tenis más que a las galletas de su abuela. Siempre estaba practicando: en el parque, contra la pared del garaje, ¡incluso intentaba golpear una pelota imaginaria mientras hacía la fila en la panadería! Un día, Carlitos recibió una noticia increíble: ¡iba a jugar un partido de exhibición frente a muchísima gente en la plaza del pueblo!
Estaba emocionado, pero también un poquito nervioso. Nunca había jugado delante de tanta gente. Siempre había sido en el club de tenis con sus amigos o con su entrenador, Don Pepe. Pero esto era diferente. Imaginaba cientos, ¡quizás miles!, de ojos mirándolo.
La noche antes del partido, Carlitos no podía dormir. Daba vueltas en la cama, imaginando cada posible escenario. ¿Qué pasaría si se caía? ¿Y si no le daba a la pelota? ¿Y si olvidaba cómo se sujetaba la raqueta? Su abuela, que siempre sabía cuándo estaba preocupado, entró en su habitación con una taza de leche caliente y un cuento.
"Carlitos," dijo su abuela suavemente, "recuerda por qué amas el tenis. No se trata de ganar o perder, se trata de divertirte y dar lo mejor de ti. Imagina que estás jugando con tus amigos en el parque, solo que esta vez, ¡el parque es un poco más grande!"
Carlitos sonrió. Su abuela siempre tenía las palabras correctas. Bebió su leche caliente, escuchó el cuento, y finalmente, se quedó dormido.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza. Carlitos se levantó temprano, desayunó un buen plato de cereales con fresas y se vistió con su uniforme de tenis. Cuando llegó a la plaza del pueblo, se quedó boquiabierto. ¡Había muchísima gente! Había banderas, globos de colores y un enorme cartel que decía: "¡Vamos, Carlitos!"
Respiró hondo y caminó hacia la cancha. Don Pepe le dio una palmada en la espalda y le dijo: "Disfruta, campeón. Recuerda todo lo que te he enseñado y, sobre todo, diviértete."
El partido comenzó. Carlitos estaba un poco tenso al principio. Falló un par de saques y cometió algunos errores no forzados. La gente aplaudía para animarlo, pero él seguía sintiéndose nervioso.
Entonces, recordó las palabras de su abuela. Cerró los ojos por un momento, respiró hondo y visualizó el parque, a sus amigos, y la alegría que sentía al jugar al tenis. Abrió los ojos y sonrió.
¡Ahora sí! Empezó a jugar con más confianza, golpeando la pelota con fuerza y precisión. Corría por toda la cancha, devolviendo cada golpe con una sonrisa en la cara. La gente vitoreaba y aplaudía cada uno de sus puntos.
Carlitos jugó un partido increíble. Ganó algunos puntos espectaculares, hizo algunas dejadas imposibles y salvó varios puntos de break. Su oponente era muy bueno, pero Carlitos estaba decidido a dar lo mejor de sí.
Después de un partido emocionante y muy disputado, Carlitos perdió por un estrecho margen. Pero nadie parecía importarle el resultado. La gente se puso de pie y le dio una gran ovación.
Carlitos se sintió abrumado por la emoción. Había jugado delante de mucha gente y, aunque no había ganado, se había divertido muchísimo. Había demostrado que era capaz de jugar bajo presión y que nunca se rendiría.
Después del partido, mucha gente se acercó a felicitarlo. Le dieron la mano, le pidieron autógrafos y le dijeron que había jugado muy bien. Carlitos se sintió como una estrella.
Su abuela lo abrazó con fuerza y le dijo: "Estoy muy orgullosa de ti, Carlitos. No importa si ganaste o perdiste, lo importante es que te divertiste y diste lo mejor de ti."
Don Pepe también lo felicitó. "Has jugado un gran partido, Carlitos. Tienes mucho talento y un gran futuro por delante."
Esa noche, Carlitos durmió profundamente. Soñó con canchas de tenis, raquetas mágicas y multitudes vitoreando su nombre. Sabía que este era solo el comienzo de su aventura en el mundo del tenis.
Al día siguiente, Carlitos volvió al parque a jugar con sus amigos. Ya no se sentía nervioso por jugar delante de la gente. Sabía que podía enfrentarse a cualquier desafío, siempre y cuando recordara por qué amaba el tenis: ¡por la diversión! Y quién sabe, quizás un día, jugaría en un estadio aún más grande, bajo un sol aún más gigante, ¡pero siempre con la misma alegría en su corazón! Porque Carlitos Alcaraz, el pequeño tenista del pueblo, tenía un sueño gigante.
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