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Gratis · elegí una vozA Hugo no le gustaba el viento. ¡Nada de nada! Cada vez que el viento soplaba, Hugo fruncía el ceño, cruzaba los brazos y refunfuñaba. "¡Grrr! ¡Odio el viento! ¡Siempre despeina mi pelo y vuela mis hojas!"
Un día, el viento soplaba con especial fuerza. Las hojas de los árboles bailaban un vals frenético, las nubes corrían a toda velocidad por el cielo y el pelo de Hugo se movía como si tuviera vida propia. Hugo, sentado en el jardín, intentaba dibujar un cohete espacial, pero las hojas de papel salían volando cada dos por tres.
"¡Basta! ¡Viento malvado! ¡Déjame en paz!" gritó Hugo, con las mejillas rojas de rabia. Intentó atrapar una hoja que se escapaba, pero el viento se la arrebató de las manos, llevándola a dar vueltas por el aire. Hugo, furioso, corrió tras ella, tropezando con una raíz de árbol y cayendo de bruces sobre el césped.
Su mamá, que estaba regando las flores cerca, corrió a ayudarlo a levantarse. "¿Qué pasa, mi amor?", preguntó con voz suave.
"¡El viento! ¡Odio el viento! ¡No me deja dibujar! ¡Se lleva mis cosas!", se quejó Hugo, limpiándose las rodillas.
Su mamá lo abrazó con cariño. "Ya, ya, lo entiendo. El viento puede ser un poco travieso a veces", dijo. "Pero, ¿sabes una cosa? No podemos detener el viento. El viento es como... como un gigante invisible que juega a empujar las cosas. No podemos hacer que deje de soplar, ni podemos enfadarnos con él porque es parte de la naturaleza."
Hugo miró a su mamá con los ojos llenos de lágrimas. "¿Entonces siempre tendré que estar enojado?", preguntó con voz temblorosa.
Su mamá sonrió. "¡Claro que no! No podemos detener el viento, pero sí podemos aprender a vivir con él. Podemos correr a refugiarnos cuando sopla demasiado fuerte. Podemos buscar un lugar donde el viento no nos moleste tanto. Podemos… ¡adaptarnos!"
Hugo frunció el ceño, pensativo. No entendía del todo lo que su mamá quería decir.
"Mira", dijo su mamá, señalando hacia el cobertizo de herramientas. "Cuando el viento sopla muy fuerte, las herramientas se guardan dentro para que no se las lleve el viento. ¿Entiendes? Se protegen del viento."
Hugo asintió lentamente.
"Y mira ese árbol", continuó su mamá, señalando un árbol alto y fuerte que se balanceaba con el viento. "Se mueve con el viento, pero no se rompe. Se dobla, pero no se quiebra. Ha aprendido a vivir con el viento."
Su mamá tomó la mano de Hugo y lo llevó hacia un rincón del jardín donde había un banco de madera rodeado de arbustos. "Aquí", dijo, "aquí el viento no sopla tan fuerte. Podemos dibujar aquí, protegidos del viento."
Hugo se sentó en el banco y su mamá le devolvió sus hojas y sus lápices. Efectivamente, en ese rincón del jardín el viento soplaba con mucha menos fuerza. Hugo comenzó a dibujar su cohete espacial, esta vez sin que las hojas salieran volando.
"¿Ves?", dijo su mamá. "No podemos controlar el viento, pero podemos elegir dónde estar y qué hacer cuando sopla. Podemos buscar un lugar seguro, un lugar donde nos sintamos cómodos."
Hugo dibujó una gran llama saliendo del cohete. Ya no estaba enfadado. Seguía sin gustarle el viento, pero ahora entendía que no tenía sentido enfadarse con algo que no podía controlar. Podía buscar soluciones, como hacía su mamá.
De repente, una ráfaga de viento más fuerte de lo habitual sacudió los arbustos que los rodeaban. Hugo sintió un poco de miedo, pero en lugar de enfadarse, miró a su mamá.
Su mamá le sonrió. "¿Qué te parece si vamos a jugar dentro de casa? Podemos construir una fortaleza con mantas y almohadas, ¡a prueba de viento!"
Los ojos de Hugo se iluminaron. "¡Sí! ¡Una fortaleza a prueba de viento!", exclamó, levantándose del banco.
Juntos, Hugo y su mamá corrieron hacia la casa, dejando atrás el viento y la frustración. Hugo había aprendido una lección importante: no siempre podemos cambiar las cosas que no nos gustan, pero siempre podemos elegir cómo reaccionar ante ellas. Y a veces, la mejor solución es buscar un buen refugio y construir una fortaleza con mantas y almohadas.
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