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Gratis · elegí una vozAnita y sus hermanos, Graciela, Patricio, Willie, y Nacho, eran como un remolino de alegría cuando llegaban a la quebrada. Cada verano, era su lugar secreto, su paraíso de risas y aventuras. Se dirigían a sus pozones favoritos, pequeñas piscinas naturales formadas por la corriente del agua. Era un lugar mágico; los pozones estaban rodeados de arbustos frondosos y el pasto verde era el lugar perfecto para extender sus toallas coloridas.
Anita no sabía nadar, pero eso no la detenía. Ella amaba la quebrada tanto como sus hermanos. Se metía hasta la orilla, sintiendo la frescura del agua en sus pies, recogiendo piedritas brillantes y observando a los renacuajos nadar entre las algas. Se sentía parte de ese mundo acuático, aunque solo fuera en la orilla.
Un día, como tantos otros, la quebrada se llenó de las risas y los juegos de los hermanos. Nacho, siempre el más travieso, comenzó a salpicar a Ana y a Graciela. Al principio, era divertido, pero pronto el juego se volvió demasiado intenso.
"¡Nacho, basta!", gritó Graciela, "¡Estás mojando las toallas!"
Anita también se quejó, aunque en el fondo le gustaba un poco la atención. Pero Nacho, con una sonrisa pícara en los labios, tuvo una idea "brillante". Rápidamente, se acercó a Ana, la levantó en brazos y, antes de que ella pudiera reaccionar, la lanzó a la poza.
El agua estaba más fría de lo que Ana esperaba. Al caer, abrió los ojos instintivamente y sintió cómo se hundía. El mundo se volvió borroso y verde. Solo veía el musgo que cubría las rocas del fondo y la luz que se atenuaba a medida que descendía. La sensación era extraña, una mezcla de sorpresa y miedo. No sabía cuánto tiempo pasó, pero cada segundo le pareció una eternidad. El pánico comenzó a apoderarse de ella.
Mientras tanto, en la orilla, Nacho y Patricio se reían a carcajadas de su broma. Pensaban que era divertido ver a Ana chapotear en el agua. Pero Graciela, al ver que Ana no salía a la superficie, sintió un escalofrío en el estómago. Su risa se apagó y la reemplazó un grito de terror.
"¡Se está ahogando! ¡Ahueonao! ¡Sáquenla de ahí!", gritó Graciela, usando todas las palabras fuertes que conocía. Su voz resonó en la quebrada, cortando el aire con su desesperación.
Nacho, al escuchar el grito de su hermana, finalmente se dio cuenta de la gravedad de la situación. La risa se le borró del rostro y la reemplazó una expresión de horror. Sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua y nadó hacia donde había visto a Ana hundirse.
La encontró bajo el agua, con los ojos abiertos y el rostro pálido. La agarró con fuerza y la sacó a la superficie. Ana tosió y escupió agua, respirando con dificultad. Estaba temblando de frío y de miedo.
Graciela corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, aliviada de que estuviera bien. Patricio se quedó paralizado, sintiéndose culpable por haber participado en la broma. Nacho, con la cabeza gacha, no se atrevía a mirar a su hermana a los ojos.
Ese día, la quebrada perdió su magia para Ana. Aunque sus hermanos se disculparon una y otra vez, el miedo que sintió bajo el agua la persiguió. Desde ese día, Ana no volvió a meterse en la poza. Se quedaba en la orilla, observando a sus hermanos jugar, pero sin atreverse a acercarse al agua.
El miedo a la quebrada se extendió a otros lugares. Ana comenzó a tenerle miedo al mar. La inmensidad del océano, el sonido de las olas rompiendo en la orilla, todo le recordaba la sensación de ahogo que había experimentado en la poza. Ya no disfrutaba de los paseos a la playa, ni de los juegos en la arena. El agua, que antes había sido fuente de alegría y diversión, ahora era un símbolo de peligro y temor.
Pasaron los años, y aunque Ana creció, el miedo al agua nunca la abandonó por completo. Siempre recordaba el día en que Nacho la lanzó a la poza y cómo ese simple acto de travesura cambió su vida para siempre. La quebrada, que antes era su paraíso, se convirtió en un recordatorio constante de su fragilidad y vulnerabilidad. Y aunque intentó superarlo, el miedo siempre estaba ahí, acechando en el fondo de su corazón, como el musgo verde en el fondo de la poza.
Un día, ya adulta, Ana decidió que no podía seguir viviendo con ese miedo. Buscó ayuda profesional y, con el tiempo, aprendió a controlar su ansiedad y a enfrentarse a sus temores. Lentamente, comenzó a acercarse al agua, primero en piscinas, luego en lagos, y finalmente, en el mar. No fue fácil, pero con cada pequeño paso, Ana recuperaba un poco de la alegría y la libertad que había perdido en la quebrada.
Finalmente, un día, Ana regresó a la quebrada con sus hermanos. Se sentó en la orilla, observando el agua correr entre las rocas. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, pero esta vez no era de miedo, sino de emoción. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el sonido del agua la invadiera. Abrió los ojos y sonrió. La quebrada ya no le daba miedo. Le daba esperanza.
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