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Gratis · elegí una vozPedrito era una pequeña oruga muy curiosa, pero a veces… ¡ay, a veces era muy desobediente! Vivía con su mamá, Mamá Mariposa, en una hoja de lechuga grande y jugosa en el jardín de Doña Rosa. Mamá Mariposa siempre le decía: "Pedrito, ¡no te alejes de la hoja! El jardín es grande y peligroso. Hay pájaros hambrientos y hormigas muy trabajadoras que no dudarán en llevarte a su hormiguero."
Pero Pedrito, con sus patitas inquietas, pensaba que su mamá exageraba. "¡Bah!", pensaba. "Yo soy rápido y listo. ¿Qué me va a pasar?".
Un día, Mamá Mariposa le pidió a Pedrito que se quedara en la hoja mientras ella iba a buscar unas hojas de menta fresca para la cena. "Pedrito, ¡prométeme que no te moverás!", insistió Mamá Mariposa.
"¡Lo prometo, mamá!", dijo Pedrito, aunque cruzó los deditos detrás de su espalda. Apenas Mamá Mariposa voló lejos, Pedrito sintió una enorme curiosidad. Vio una mariquita roja brillante que caminaba por el borde de la hoja. "¡Hola, mariquita!", la saludó Pedrito. La mariquita, sin responder, siguió su camino.
"¡Qué grosera!", pensó Pedrito. "Me voy a explorar un poquito". Y sin pensarlo dos veces, se arrastró fuera de la hoja de lechuga.
El jardín era mucho más grande y emocionante de lo que Pedrito imaginaba. Vio flores de todos los colores, mariposas revoloteando, y caracoles dejando un rastro brillante. Siguió a un saltamontes verde que saltaba de flor en flor. El saltamontes era muy divertido, pero de repente, saltó tan alto que Pedrito lo perdió de vista.
Pedrito se dio cuenta de que estaba solo. Miró a su alrededor, pero no reconocía nada. Las flores parecían gigantes, y las hierbas, enormes árboles. "¡Mamá!", gritó Pedrito, con la voz temblorosa. Pero solo el viento le respondió con un suave susurro.
Empezó a caminar sin rumbo, cada vez más asustado. Vio una fila de hormigas cargando migas de pan gigantescas. Intentó preguntarles por su mamá, pero las hormigas estaban demasiado ocupadas y lo ignoraron. Una de ellas incluso le empujó con una miga de pan, haciéndole rodar por el suelo.
"¡Ay!", exclamó Pedrito, sintiendo las lágrimas asomar en sus ojos. Estaba hambriento, cansado y, sobre todo, muy asustado. El sol empezaba a esconderse y el jardín se oscurecía. Los ruidos de la noche, que antes le parecían interesantes, ahora le daban mucho miedo.
De repente, escuchó un sonido familiar: "¡Pedrito! ¡Pedrito!". Era la voz de Mamá Mariposa. Pedrito, con todas sus fuerzas, gritó: "¡Mamá! ¡Estoy aquí!".
Mamá Mariposa, preocupada y angustiada, buscó a Pedrito por todo el jardín. Lo encontró acurrucado debajo de una hoja de col, temblando de frío y de miedo. "¡Pedrito, mi amor!", exclamó Mamá Mariposa, abrazándolo con sus alas suaves.
Pedrito se aferró a su mamá, llorando de alivio. "¡Mamá, me perdí! ¡Tenías razón! El jardín es peligroso", sollozó Pedrito.
Mamá Mariposa lo besó en la frente. "Lo sé, mi pequeño. Lo importante es que estás bien. Siempre debes escucharme, Pedrito. Yo solo quiero protegerte".
Mamá Mariposa llevó a Pedrito de vuelta a su hoja de lechuga. Le preparó una cena deliciosa con hojas de menta fresca y le cantó una canción de cuna hasta que se quedó dormido. Esa noche, Pedrito soñó con mariquitas groseras, hormigas trabajadoras y el susto que se había llevado en el jardín.
Al día siguiente, Pedrito le prometió a su mamá que nunca más la desobedecería. Aprendió que su mamá siempre tenía razón y que era mejor escuchar a los que te quieren y te protegen. Y aunque siguió siendo curioso, siempre se quedó cerca de la hoja de lechuga, jugando y explorando con la tranquilidad de saber que su mamá estaba cerca.
Desde ese día, Pedrito siempre recordaba su aventura en el jardín y entendió que la obediencia es una muestra de amor y cuidado.
Un dia, Pedrito le pregunto a su mama si podia ir a ver el estanque, Mama mariposa le dijo, "Si Pedrito, pero no te alejes del camino y regresa antes de que oscurezca". Pedrito fue al estanque y vio muchas ranas y libélulas. Se divirtio mucho y regreso a casa antes de que oscureciera. Mama mariposa estaba muy contenta de que Pedrito la hubiera escuchado.
Y vivieron felices para siempre en la hoja de lechuga del jardín de Doña Rosa.
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