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Gratis · elegí una vozMe llamo Sofía, y tengo catorce años. O eso creo. Las fechas son raras ahora. Antes, mi mamá siempre me recordaba cuándo era mi cumpleaños, y en el colegio apuntábamos todo en agendas. Pero eso fue *antes*. Antes del día que el mundo grande se olvidó de sí mismo.
Recuerdo que un día, me desperté con una sensación extraña. Como si me faltara algo. Fui a la cocina, y mi mamá estaba sentada en la mesa, mirando al vacío.
"¿Mamá? ¿Estás bien?", le pregunté.
Me miró con ojos confusos. "¿Bien? ¿Qué es bien?", preguntó. Sonaba como si estuviera aprendiendo a hablar.
Al principio, pensé que estaba bromeando, pero pronto me di cuenta de que algo andaba mal. *Muy* mal. Fui afuera, y vi a mis vecinos caminando sin rumbo, con expresiones perdidas en sus rostros. El señor Pérez, el policía que siempre me saludaba, estaba sentado en la acera, intentando hacer sonar su silbato, pero parecía no recordar cómo.
Ese día, un virus misterioso, eso fue lo que escuché decir a mi abuelo, había borrado de la mente de todos la idea de *gobierno*. Nadie recordaba qué era un presidente, un alcalde, o incluso un simple jefe. Las reglas, las leyes, los colegios, los hospitales… todo había desaparecido de la memoria colectiva. Fue como si alguien hubiera presionado el botón de reset del mundo grande.
Al principio, fue un caos. La gente chocaba con los coches abandonados en medio de la calle. Las tiendas estaban vacías porque nadie recordaba cómo pagar las cosas. El supermercado de Don Ramón, que antes era un lugar lleno de filas y regateos, ahora era un lugar silencioso donde cada quien tomaba lo que necesitaba, o lo que *creía* necesitar.
Pero poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. La gente, sin saber por qué, sentía la necesidad de agruparse. Empezamos a formar pequeños grupos, familias extendidas, vecinos que se ayudaban mutuamente. Mi familia se unió con la de mi mejor amigo, Mateo, y juntos aprendimos a sobrevivir.
Mateo es muy listo. Él, como yo, recordaba vagamente algunas cosas de la escuela. Él se acordaba de cómo plantar semillas, y yo me acordaba de cómo curar pequeñas heridas con plantas que mi abuela me había enseñado. Juntos, enseñamos a los demás.
Construimos un huerto comunitario en el parque que antes era un lugar prohibido con carteles de "No Pisar el Césped". Ahora, el césped es nuestro sustento. Aprendimos a compartir la comida, a construir refugios improvisados con las lonas que encontramos en las tiendas abandonadas.
No niego que al principio tuve mucho miedo. Extrañaba la tele, el internet, las clases de baile. Extrañaba las reglas, aunque parezca raro. Pero luego me di cuenta de que también había cosas buenas en este nuevo mundo. La gente era más amable, más generosa. Ya no había clases sociales, ni ricos ni pobres. Todos éramos iguales, luchando por sobrevivir, aprendiendo juntos.
Un día, encontramos un libro viejo en la biblioteca (que ahora es solo un montón de libros apilados). Era un libro de historia. Mateo y yo lo leímos en voz alta a los demás. Les contamos sobre los reyes, los presidentes, las guerras, las leyes… La gente escuchaba con atención, como si fuera un cuento de hadas. No entendían de qué se trataba, pero les resultaba fascinante.
"¿Por qué hacían todo eso?", preguntó una niña pequeña.
Mateo y yo nos miramos. No sabíamos qué responder. ¿Por qué la gente creaba reglas tan complicadas? ¿Por qué peleaban por el poder? ¿Por qué se olvidaban de lo importante, como la amistad y la ayuda mutua?
En este nuevo mundo, hemos creado nuestras propias reglas, reglas sencillas: compartir la comida, ayudar a los que lo necesitan, cuidar el huerto. No tenemos líderes, solo personas que saben hacer cosas y que enseñan a los demás. Mateo es bueno arreglando cosas, yo soy buena cuidando a los enfermos, y la abuela de Mateo es la mejor contando historias.
Todavía no sé qué pasará en el futuro. Tal vez algún día la gente recuerde el mundo grande. Tal vez algún día vuelva el gobierno, las leyes, los colegios. Pero por ahora, estamos bien. Hemos construido una pequeña comunidad basada en la cooperación y el respeto. Y aunque extrañe el pasado, no puedo negar que este presente tiene algo especial. Hemos olvidado el mundo grande, pero hemos aprendido a construir un mundo pequeño, un mundo donde todos importan.
Quizás, al final, olvidar el mundo grande fue lo mejor que nos pudo pasar.
Ahora me toca ir a ayudar a Mateo con el huerto. ¡Hasta luego!
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