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Gratis · elegí una vozGabriel, aunque tenía cuarenta años, a veces se sentía como un niño grande. Le encantaba reír y hacer reír a los demás. Trabajaba en el hospital, pero no era un doctor común. Era el "Doctor Cosquillas", al menos, así lo llamaban los niños.
Cada mañana, Gabriel llegaba al hospital con su bata blanca impecable y una sonrisa tan brillante como el sol. En su bolsillo, siempre llevaba algo especial: un puñado de plumas suaves y coloridas. No eran plumas mágicas, pero en las manos de Gabriel, ¡casi lo parecían!
Hoy, Gabriel estaba esperando a sus pacientes. El primero era Miguel, un niño tímido de siete años que tenía miedo a las inyecciones. Miguel se escondió detrás de su mamá cuando vio a Gabriel entrar en la habitación.
"¡Hola, Miguel! Soy el Doctor Gabriel", dijo con una voz suave y amigable. "He oído que eres un experto en esconderte. ¿Te gusta jugar al escondite?"
Miguel asintió tímidamente, aún escondiéndose detrás de su mamá.
"¡Genial! Entonces, tengo un juego para ti. ¿Qué te parece si te hago cosquillas hasta que te rías y, cuando te estés riendo, te hago la inyección? ¡Será tan rápido que ni siquiera lo notarás!"
Miguel lo miró con incredulidad. ¿Un doctor que hace cosquillas? ¡Eso era nuevo!
Gabriel sacó una de sus plumas coloridas y suavemente le hizo cosquillas en el pie. Miguel soltó una pequeña risita. Gabriel continuó, haciéndole cosquillas en la barriga y debajo de los brazos. Pronto, Miguel estaba riendo a carcajadas.
Mientras Miguel reía, la enfermera, con la ayuda de la mamá de Miguel, rápidamente le puso la inyección. Miguel apenas lo sintió. ¡Estaba demasiado ocupado riendo!
"¡Ves!", exclamó Gabriel. "¡Te dije que sería rápido! ¡Ahora eres un superhéroe inmune a los gérmenes!"
Miguel, sonriendo de oreja a oreja, abrazó a Gabriel. "¡Gracias, Doctor Cosquillas!", dijo.
El siguiente paciente era Sofía, una niña de ocho años que se había roto un brazo jugando al baloncesto. Estaba muy triste y asustada.
Gabriel entró en la habitación con una gran sonrisa. "¡Hola, Sofía! He oído que eres una estrella del baloncesto. ¡Eso es genial! Yo también jugaba cuando era niño, aunque no era tan bueno como tú", dijo.
Sofía sonrió un poco. Gabriel vio que aún estaba triste.
"Tengo un problema, Sofía", continuó Gabriel. "Necesito un ayudante para encontrar la risa perdida. ¿Te gustaría ayudarme?"
Sofía frunció el ceño. "¿La risa perdida? ¿Qué es eso?"
"Oh, es un monstruo invisible que roba la risa de los niños tristes", explicó Gabriel. "Pero tiene un punto débil: ¡las cosquillas! Si le hacemos cosquillas, la risa volverá".
Gabriel sacó otra pluma y comenzó a hacerle cosquillas suavemente en las manos. Sofía intentó no reír, pero era imposible. Las cosquillas de Gabriel eran irresistibles. Pronto, estaba riendo a carcajadas.
"¡Ahí está!", exclamó Gabriel. "¡La risa perdida ha vuelto! ¡Gracias, Sofía! ¡Eres una verdadera heroína!"
Después de hacerle reír, Gabriel examinó el brazo de Sofía con cuidado. Le puso un yeso de color rosa brillante, el color favorito de Sofía.
"¡Este yeso te dará superpoderes de recuperación!", le dijo Gabriel. "Te sentirás mejor en poco tiempo".
Sofía sonrió. Ya no tenía miedo. Sabía que el Doctor Gabriel la ayudaría a sentirse mejor.
El último paciente del día era un bebé llamado Mateo, que no paraba de llorar. Sus papás estaban muy preocupados.
Gabriel se acercó a Mateo con mucho cuidado. Le habló con una voz suave y cantarina. Luego, sacó una pluma y la movió suavemente frente a la cara de Mateo. El bebé dejó de llorar por un momento, curioso.
Gabriel le hizo cosquillas muy suavemente en la pancita. Mateo soltó una pequeña risita. Gabriel continuó, haciendo sonidos divertidos y muecas graciosas. Pronto, Mateo estaba riendo a carcajadas.
Los papás de Mateo estaban encantados. No podían creer que el Doctor Gabriel hubiera logrado calmar a su bebé.
Al final del día, Gabriel se sentía feliz y cansado. Había ayudado a muchos niños a sentirse mejor, no solo con medicinas, sino también con risas y cosquillas.
Gabriel sabía que ser doctor no se trataba solo de curar enfermedades. También se trataba de hacer sentir bien a las personas, de darles esperanza y alegría. Y, a veces, ¡una buena sesión de cosquillas era la mejor medicina de todas!
Mientras Gabriel se iba a casa, pensó en todos los niños a los que había hecho reír ese día. Y sonrió. Sabía que mañana volvería al hospital, listo para otra aventura llena de risas y cosquillas curativas.
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