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Mike y García, dos amigos inseparables, caminaban con paso tembloroso entre las lápidas del cementerio. La luna llena, como un queso gigante mordisqueado, proyectaba sombras alargadas que bailaban entre las cruces de piedra. Ambos llevaban tirantes, los de Mike eran azules y los de García, a rayas rojas y blancas. El aire olía a tierra húmeda y a crisantemos marchitos.
"¿Estás seguro de que era buena idea venir aquí, García?" preguntó Mike, con la voz apenas audible. Se lamió los labios, sintiendo la boca seca como arena.
"Claro que sí, Mike. ¡Es Halloween! Además, papá dijo que los fantasmas sólo salen después de medianoche, y aún faltan horas," respondió García, intentando sonar valiente, aunque sus rodillas chocaban entre sí.
De repente, un gemido lastimero resonó entre las tumbas. Un fantasma translúcido, con forma de señora mayor y un gorro de encaje, emergió de una lápida cercana. Mike y García se abrazaron, temblando como hojas en otoño.
"¡Oh, no! ¡Los fantasmas de papá se equivocaron!" exclamó García, con los ojos muy abiertos.
La señora fantasma flotó hacia ellos, gimiendo suavemente. Pero no era el fantasma lo que más les aterraba. Un ruido sordo, como si un árbol gigante se estuviera moviendo, provenía del fondo del cementerio.
De entre las sombras surgió una figura imponente. Era el Dragomancer. Un monstruo gigante y peludo, con cuernos retorcidos que apuntaban al cielo. Sus ojos rojos brillaban como brasas incandescentes, y una gran boca llena de dientes afilados se abría en una mueca amenazante. El Dragomancer olisqueó el aire, lanzando un rugido que hizo temblar la tierra.
Mike y García gritaron al unísono y corrieron, tropezando con lápidas y raíces de árboles. El Dragomancer, con su pesada figura, les seguía de cerca, destruyendo tumbas a su paso.
"¡Corramos hacia la capilla!" gritó Mike, jadeando. "¡Papá dijo que las capillas están protegidas!"
Llegaron a la capilla, con el Dragomancer pisándoles los talones. Las puertas de madera estaban cerradas. García, con desesperación, empujó la puerta con todas sus fuerzas. Cedió con un crujido, y los dos niños se precipitaron al interior, cerrando la puerta tras ellos.
Dentro de la capilla, reinaba un silencio sepulcral. El Dragomancer intentó abrir la puerta, pero no pudo. Rugía y golpeaba la madera con sus enormes garras, pero la puerta resistía.
Mike y García se escondieron detrás del altar, temblando de miedo. De repente, una voz suave resonó en la capilla.
"¿Quién anda ahí?"
Un pequeño fantasma, con forma de niño y un halo brillante, flotó hacia ellos.
"Somos Mike y García," respondió Mike, con voz temblorosa. "El Dragomancer nos persigue."
"El Dragomancer?" El fantasma parecía sorprendido. "Él no debería estar aquí. Él pertenece al Bosque Olvidado."
"¿Puedes ayudarnos?" preguntó García, con lágrimas en los ojos.
El fantasma asintió. "Puedo intentar algo. Pero necesito su ayuda."
El fantasma les explicó su plan. Necesitaban encontrar una flor de lavanda seca que estaba escondida en el órgano de la capilla. La lavanda, según decía la leyenda, tenía el poder de calmar a las bestias salvajes.
Mientras el Dragomancer seguía golpeando la puerta, Mike y García buscaron la flor de lavanda. Finalmente, la encontraron escondida entre los tubos del órgano. El fantasma tomó la flor y, con ella en sus manos, flotó hacia la puerta.
Abrió la puerta una rendija y, con una voz suave pero firme, le dijo al Dragomancer: "Dragomancer, no perteneces a este lugar. Vuelve al Bosque Olvidado. La lavanda te llama a la calma."
El Dragomancer, al oler la lavanda, dejó de rugir. Sus ojos rojos perdieron intensidad y su expresión se suavizó. Lentamente, dio media vuelta y se adentró en la oscuridad del cementerio, hasta desaparecer por completo.
Mike y García salieron de la capilla, aliviados. Los fantasmas del cementerio, que habían estado observando la escena, aplaudieron con sus manos translúcidas.
"Gracias," dijeron Mike y García al fantasma del niño.
"De nada," respondió el fantasma. "Ahora, vuelvan a casa. Y recuerden, incluso los monstruos más aterradores pueden ser calmados con un poco de bondad... y lavanda."
Mike y García corrieron a casa, prometiendo no volver a pisar el cementerio de noche. Pero sabían que, si alguna vez necesitaban ayuda, los fantasmas y la lavanda estarían allí para protegerlos.
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