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Gratis · elegí una vozTomás era un niño bueno, de verdad. Le encantaba jugar al fútbol, construir torres altísimas con bloques y contar historias a su gato Bigotes. Pero Tomás tenía un secreto: ¡se enojaba muchísimo! No un poquito, no… ¡un montón! Cuando se enojaba, sentía un dragón de humo caliente revoloteando en su barriga. El dragón le quemaba la garganta, le hacía apretar los puños y a veces, ¡hasta le hacía gritar!
Un día, Tomás estaba construyendo una torre impresionante. Había puesto el bloque más grande abajo, luego uno mediano y finalmente, ¡el bloque más pequeño arriba! Estaba tan orgulloso… ¡pero de pronto, Bigotes saltó y tiró la torre al suelo! ¡PUM! Todos los bloques se esparcieron por la habitación. El dragón de humo en la barriga de Tomás despertó de golpe. Sintió el calor, apretó los puños y abrió la boca para gritar, pero…
Su abuela Elena, que estaba cosiendo en su mecedora cerca de la ventana, le vio la cara roja. Sin decir nada, le ofreció una taza de té de manzanilla. "Toma, Tomás," dijo suavemente. "Este té ayuda a calmar a los dragones de humo."
Tomás dudó. Él quería gritar, quería culpar a Bigotes, quería… ¡quería que su torre estuviera de nuevo en pie! Pero la abuela Elena tenía una mirada tan dulce y el té olía tan bien… Suspiró y tomó la taza. El té estaba caliente y dulce. Cerró los ojos y sintió cómo el calor del té bajaba por su garganta, como si estuviera apagando lentamente las brasas del dragón.
"¿Qué te parece si reconstruimos la torre juntos?" preguntó la abuela Elena con una sonrisa.
Tomás asintió. Juntos, recogieron los bloques. Esta vez, la abuela Elena le enseñó a construir una base más ancha y sólida. Trabajaron en silencio, concentrados, hasta que la torre volvió a estar en pie, ¡incluso más alta que antes! El dragón de humo se había dormido otra vez.
Otro día, Tomás estaba jugando al fútbol con sus amigos en el parque. Estaba ganando, ¡claro que sí! Él era el mejor goleador del equipo. Pero entonces, Juan, un niño un poco más grande, le quitó la pelota y marcó un gol. ¡Empate! El dragón de humo se despertó de nuevo. Tomás sintió el calor, apretó los dientes y quiso empujar a Juan. Pero recordó el té de manzanilla y la torre con la abuela Elena.
Respiró hondo. Intentó recordar lo que le había dicho su abuela: "Cuando sientas al dragón, respira hondo y piensa en algo que te haga feliz." Pensó en Bigotes ronroneando en su regazo, en el sabor del helado de fresa, en las historias que su papá le contaba antes de dormir. Respiró hondo otra vez.
"Buen gol, Juan," dijo Tomás, aunque le costó un poco decirlo. "Pero ahora nos toca a nosotros marcar."
Siguieron jugando y, aunque no ganaron, Tomás se divirtió mucho más. El dragón de humo se mantuvo a raya, vigilado por los recuerdos felices en su cabeza.
Un día, en la escuela, la maestra le pidió a Tomás que leyera un párrafo en voz alta. Tomás odiaba leer en voz alta. Se ponía nervioso, le temblaban las manos y sentía que todo el mundo lo estaba mirando. El dragón de humo empezó a rugir. Sintió el calor en las mejillas y quiso esconderse debajo de la mesa.
Pero recordó a su abuela Elena, el té de manzanilla, la torre, Bigotes, el helado y el fútbol. Cerró los ojos por un segundo y respiró hondo. Abrió el libro y empezó a leer. Al principio, su voz temblaba un poco, pero poco a poco se fue calmando. Se concentró en las palabras y en la historia. Cuando terminó, la maestra le sonrió y le dijo: "Muy bien, Tomás." El dragón de humo se había desinflado como un globo pinchado.
Tomás se dio cuenta de que el dragón de humo siempre estaría ahí, en su barriga. Pero también se dio cuenta de que tenía el poder de controlarlo. Tenía el té de manzanilla de su abuela, los recuerdos felices, la respiración profunda y, sobre todo, ¡tenía su propia fuerza! Ya no era el niño que se enojaba mucho. Ahora era Tomás, el domador de dragones de humo.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¡Pero la aventura de Tomás apenas comienza!
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