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Gratis · elegí una vozPapá y Miguelito bajaron las escaleras del metro. Era sábado por la mañana y iban a visitar a la abuela. Miguelito llevaba su camiseta de rayas favorita y pantalones azules. Papá, como siempre, vestía su camisa verde y pantalones marrones. El metro retumbaba a lo lejos, anunciando su llegada.
De repente, un rugido llenó la estación. ¡CRUJIDO! No era el metro. Era algo mucho más… inusual. Un dragón verde esmeralda, con escamas brillantes y ojos dorados, estaba parado junto a la vía. Soltaba humo por la nariz y sus alas membranosas se agitaban nerviosamente.
Papá dio un respingo. ¡Un dragón! En el metro! ¡Nunca había visto algo así! Agarró la mano de Miguelito con fuerza, asustado. "¡Miguelito, detrás de mí!", susurró.
Pero Miguelito no se asustó tanto. Estaba sorprendido, sí, pero también… curioso. El dragón parecía más confundido que amenazante. Sus grandes ojos dorados brillaban con una especie de tristeza.
Lentamente, muy lentamente, Miguelito se soltó de la mano de su papá. Caminó cautelosamente hacia el dragón. Papá intentó detenerlo, pero Miguelito ya estaba demasiado cerca.
"¡Miguelito, no!", gritó Papá, con el corazón latiendo a mil por hora.
Miguelito se detuvo frente al dragón. Era enorme. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Con una mano temblorosa, extendió la mano y… acarició el hocico escamoso del dragón.
El dragón se quedó quieto, sorprendido. Sus ojos dorados se abrieron aún más. Parecía disfrutar del contacto. Miguelito continuó acariciándolo suavemente.
De pronto, algo increíble sucedió. El dragón comenzó a encogerse. Y encogerse. Y encogerse. Su rugido se convirtió en un suave ronroneo. Sus alas se plegaron contra su cuerpo. Sus escamas verdes se volvieron más suaves y brillantes.
En cuestión de segundos, el enorme dragón se había transformado en un pequeño dragón del tamaño de un gato. Era adorable. Tenía los mismos ojos dorados y escamas brillantes, pero ahora era pequeño y achuchable.
Papá no podía creer lo que veía. ¡Un dragón! ¡Que se había encogido con una caricia!
Miguelito lo alzó con cuidado. El pequeño dragón ronroneó y se acurrucó en sus brazos. "Es precioso", dijo Miguelito.
Papá, aún sorprendido, se acercó. "¿Qué… qué vamos a hacer con él?", preguntó.
Miguelito lo miró con sus grandes ojos marrones. "Podemos quedárnoslo, ¿verdad, papá? Podemos llamarlo… Verde."
Papá sonrió. No podía resistirse a la mirada de Miguelito. Y, para ser honesto, el pequeño dragón Verde era bastante adorable. "Está bien", dijo Papá. "Pero tendremos que explicarle esto a tu abuela."
Así que, con Verde acurrucado en los brazos de Miguelito, Papá y Miguelito subieron al metro. La gente los miraba con curiosidad, pero a nadie parecía importarle demasiado que llevaran un pequeño dragón. Después de todo, era un día muy inusual.
Cuando llegaron a casa de la abuela, ella se sorprendió muchísimo al ver a Verde. Al principio, tuvo un poco de miedo, pero Miguelito le explicó todo y le mostró lo dulce que era Verde.
La abuela, que siempre había sido una persona de mente abierta, se enamoró de Verde al instante. Le tejió un pequeño suéter verde y le preparaba pequeños bocadillos de pescado, que eran la comida favorita de Verde.
Verde se convirtió en un miembro más de la familia Pérez. Dormía en la cama de Miguelito, jugaba con la abuela en el jardín y acompañaba a Papá al trabajo (escondido en su mochila, por supuesto).
Aunque Verde era un dragón, era un dragón muy especial. Era cariñoso, juguetón y siempre estaba dispuesto a dar un abrazo. Y la familia Pérez, aunque al principio se habían asustado, no podían imaginar sus vidas sin su pequeño dragón del subterráneo.
Cada día era una nueva aventura con Verde. A veces escupía pequeñas chispas cuando estaba emocionado. Otras veces, les ayudaba a encontrar cosas perdidas con su increíble sentido del olfato. Pero sobre todo, Verde les recordaba que incluso en los lugares más inesperados, se pueden encontrar amigos maravillosos.
Y así, la familia Pérez y su pequeño dragón Verde vivieron felices para siempre, demostrando que el amor y la amistad pueden surgir incluso en el lugar más improbable: el subterráneo.
Incluso con la misma ropa, cada día era una aventura nueva y emocionante con su mascota dragón.
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