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Gratis · elegí una vozFacundo era un pequeño dragón, no más grande que un gato mimado, pero con un genio... ¡uf! Un día soleado, Facundo estaba jugando con su tesoro favorito: una colección de piedras brillantes que había encontrado cerca de la cascada Arcoíris. Las piedras no eran diamantes ni esmeraldas, sino simples guijarros con reflejos especiales, como el destello de una estrella atrapada en su interior. Para Facundo, valían más que cualquier joya.
Había una piedra azul que parecía un pedazo de cielo, una roja que ardía como el fuego de su aliento (aunque su aliento aún era solo un pequeño soplo de vapor), y una verde que recordaba el musgo suave donde le gustaba dormir la siesta. Las tenía todas cuidadosamente ordenadas en su cueva.
Pero, ¡oh, no! De repente, un travieso viento sopló con fuerza, entrando en la cueva de Facundo y llevándose consigo las piedras brillantes. Facundo vio cómo volaban, danzando en el aire antes de desaparecer entre los árboles.
“¡Mis piedras!”, gritó Facundo, sintiendo que la furia le hervía por dentro. Sus escamas empezaron a temblar y un pequeño hilo de humo salió de sus fosas nasales. Corrió tras las piedras, pero el viento era demasiado rápido. Las piedras se habían ido.
Facundo se dejó caer al suelo, pataleando y gritando. “¡Es injusto! ¡Las quiero de vuelta! ¡El viento es malvado!”, gritaba, con lágrimas en los ojos. Su amigo, el viejo búho Sabio, que observaba todo desde la rama de un árbol, bajó volando y se posó cerca de él.
“Facundo, ¿qué sucede?”, preguntó el búho, con su voz suave y sabia.
“¡El viento se llevó mis piedras!”, gimió Facundo. “¡Es el peor día de mi vida!”
El búho Sabio asintió lentamente. “Entiendo que te sientas triste y enojado, Facundo. Perder algo valioso puede ser muy doloroso. Pero, ¿dejar que la ira te consuma hará que las piedras regresen?”
Facundo dejó de patalear por un momento, pensando en las palabras del búho. “No… supongo que no.”
“La ira es como un fuego”, continuó el búho Sabio. “Si no la controlas, te quemará a ti mismo. Es importante sentir tus emociones, pero también es importante aprender a manejarlas. ¿Has probado a respirar hondo cuando te enfadas, Facundo?”
Facundo negó con la cabeza. Nunca lo había intentado.
“Inténtalo ahora”, dijo el búho. “Inhala lentamente, sintiendo el aire llenar tus pulmones, y exhala suavemente, dejando que la tensión se vaya con el aire.”
Facundo respiró hondo, siguiendo las instrucciones del búho. Sintió el aire fresco entrando en su cuerpo y notó que su corazón latía un poco más lento. Repitió la respiración varias veces. Poco a poco, la furia comenzó a disminuir.
“Me siento un poco mejor”, admitió Facundo.
“Ahora”, dijo el búho Sabio, “¿qué tal si buscamos las piedras juntos? Quizás no estén tan lejos como crees.”
Facundo asintió, sintiéndose más esperanzado. Juntos, el pequeño dragón y el viejo búho comenzaron a buscar las piedras brillantes. Buscaron entre los arbustos, debajo de los árboles y cerca de la cascada. La búsqueda fue larga y difícil, pero Facundo no se rindió.
Después de un rato, Facundo vio algo que brillaba entre las raíces de un árbol gigante. ¡Era la piedra azul, la que parecía un pedazo de cielo! Facundo la recogió con cuidado, sintiendo una oleada de alegría.
Continuaron buscando y, poco a poco, fueron encontrando las demás piedras. La roja estaba escondida detrás de una seta, la verde estaba atrapada en una tela de araña. Al final, encontraron todas las piedras, ¡incluso la más pequeña, una piedra blanca que brillaba como la luna!
Facundo abrazó sus piedras, sintiéndose aliviado y feliz. Aprendió que, aunque está bien sentir enojo cuando se pierde algo, es importante no dejar que ese enojo lo controle. También aprendió que, a veces, la ayuda de un amigo puede hacer la diferencia.
Volvió a ordenar cuidadosamente su tesoro en su cueva, prometiéndose a sí mismo que la próxima vez que sintiera enojo, recordaría respirar hondo y pedir ayuda. Y quizás, pensó, incluso podría construir un pequeño muro alrededor de su tesoro para protegerlo del viento travieso. Desde ese día, Facundo el dragón, ya no era conocido solo por su enojo, sino también por su paciencia y su amistad con el búho Sabio.
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