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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una granja verde y soleada, un gallo llamado Cantarín. Cantarín no era un gallo cualquiera. Tenía las plumas más brillantes de toda la granja, un cresta roja tan grande que parecía una corona, y un canto tan fuerte y claro que despertaba a todo el mundo al amanecer. Pero, ay, Cantarín era también el gallo más orgulloso que jamás se había visto.
"¡Miren mis plumas! ¡Escuchen mi canto!" se pavoneaba Cantarín, paseándose por el corral. "Soy el gallo más importante de esta granja. Sin mi canto, el sol nunca saldría."
Los otros animales de la granja, la vaca Lola, el cerdo Rosendo, la oveja Blanca y la gallina Clotilde, escuchaban a Cantarín con paciencia, aunque a veces se cansaban de su arrogancia.
Un día, Clotilde, la gallina más sabia de la granja, decidió darle una lección a Cantarín. "Cantarín," dijo Clotilde con suavidad, "tu canto es hermoso y tus plumas son brillantes, pero ¿sabes realmente por qué sale el sol?"
Cantarín se detuvo en seco, infló el pecho y respondió: "¡Por supuesto que lo sé! El sol sale porque yo canto. Si yo no cantara, el mundo permanecería en la oscuridad."
Clotilde sonrió con tristeza. "Estás equivocado, Cantarín. El sol sale por muchas razones. Sale para calentar la tierra, para que las plantas crezcan, para que los animales tengan luz y para que todos podamos disfrutar del día."
Cantarín se rio a carcajadas. "¡Tonterías, Clotilde! El sol sale porque yo quiero. Voy a demostrarlo. Mañana no cantaré y veremos si el sol se atreve a salir."
Clotilde suspiró. Sabía que Cantarín no la creería hasta que lo viera por sí mismo.
Al día siguiente, Cantarín se quedó en su gallinero, negándose a cantar. Los demás animales se despertaron y esperaron a que Cantarín diera su famoso canto. Pero Cantarín permaneció en silencio, con una sonrisa de suficiencia en su cara.
Pasaron los minutos y el cielo comenzó a aclararse. Poco a poco, el sol comenzó a asomarse por el horizonte, pintando el cielo de colores rosados, naranjas y amarillos.
Cantarín abrió los ojos con sorpresa. ¡El sol estaba saliendo a pesar de que él no había cantado! Se sintió confundido y avergonzado. Salió de su gallinero y vio a los demás animales disfrutando del amanecer.
La vaca Lola estaba pastando en el prado, el cerdo Rosendo se revolcaba en el barro, la oveja Blanca comía hierba fresca y Clotilde picoteaba semillas en el suelo. Ninguno de ellos parecía notar la ausencia del canto de Cantarín.
Cantarín se acercó a Clotilde con la cabeza gacha. "Clotilde," dijo con voz suave, "tenías razón. El sol salió aunque yo no canté."
Clotilde lo miró con cariño. "Sí, Cantarín. El sol sale por muchas razones, y tu canto es solo una pequeña parte de ello. Lo importante no es lo que haces, sino cómo lo haces. Puedes ser un gallo orgulloso de tu canto, pero también debes ser humilde y reconocer que no eres el único importante."
Cantarín reflexionó sobre las palabras de Clotilde. Se dio cuenta de que había estado tan preocupado por su propia importancia que se había olvidado de apreciar a los demás animales y el mundo que lo rodeaba.
"Tienes razón, Clotilde," dijo Cantarín. "He sido un tonto orgulloso. Prometo que a partir de ahora seré más humilde y apreciaré a todos los que me rodean."
Y así fue. Cantarín continuó cantando al amanecer, pero ya no lo hacía por orgullo, sino por alegría. Cantaba para celebrar la belleza del sol, la amistad de los animales y la maravillosa vida en la granja. Aprendió a compartir su canto con los demás y a escuchar sus propias historias.
Cantarín también aprendió a ayudar en la granja. Ayudaba a Clotilde a buscar gusanos para sus polluelos, compartía su comida con Rosendo y cuidaba de Blanca cuando estaba enferma.
Los demás animales se alegraron de ver el cambio en Cantarín. Ya no era el gallo arrogante y presumido, sino un amigo leal y un miembro valioso de la comunidad.
Un día, una tormenta terrible azotó la granja. El viento soplaba con fuerza, la lluvia caía a cántaros y los árboles se balanceaban peligrosamente. Los animales estaban asustados y se refugiaron en el establo.
De repente, un rayo cayó sobre el establo, incendiándolo. Los animales estaban atrapados y no sabían qué hacer.
Cantarín, a pesar del peligro, no dudó ni un segundo. Con su fuerte canto, despertó al granjero, que dormía profundamente en su casa. El granjero corrió al establo y ayudó a los animales a escapar antes de que el fuego lo consumiera por completo.
Gracias a la valentía y el canto de Cantarín, todos los animales se salvaron. El granjero lo abrazó con gratitud y le dijo: "Cantarín, eres un verdadero héroe. Tu canto no solo nos despierta por la mañana, sino que también nos salvó la vida."
Cantarín se sintió orgulloso de haber ayudado a sus amigos, pero esta vez su orgullo era diferente. No era el orgullo arrogante de antes, sino el orgullo humilde de saber que había hecho algo bueno por los demás.
Desde ese día, Cantarín fue considerado el héroe de la granja. Pero nunca olvidó la lección que Clotilde le había enseñado sobre la humildad. Siguió cantando con alegría, ayudando a sus amigos y apreciando la belleza del mundo que lo rodeaba. Y así, el gallo orgulloso se convirtió en el gallo cantarín y humilde, amado por todos en la granja.
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