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Gratis · elegí una vozÉrase una vez una abuelita que vivía en una casita de campo con sus tres nietas: la pequeña Lila, la mediana Rosa y la mayor, Azucena. Las tres niñas ayudaban en las tareas del hogar con mucho cariño, pues amaban a su abuela con todo su corazón.
Un día, la abuelita, con una sonrisa arrugada como una pasa, les dijo: "Mis queridas nietas, en cuanto acaben cada una sus labores, pueden bajar a la bodega a merendar pan con miel. ¡He preparado la miel más deliciosa que jamás hayan probado!"
Al poco rato, Lila, la pequeña de las tres hermanas, terminó de regar las flores. Con la emoción de la merienda, corrió hacia la bodega. Nada más llegar a la puerta, sin siquiera asomar la nariz, escuchó una voz grave y cantarina que decía:
"Pequeña, pequeñita, no vengas acá, tralará, tralará..."
Lila se detuvo en seco. "¿De dónde ha salido esa voz tan rara?", se preguntó, sintiendo un cosquilleo de curiosidad y un poquito de miedo. Pero la idea del pan con miel era demasiado tentadora. Decidió entrar. ¡Zas! En ese mismo instante, ¡un gigante enorme y peludo, el mismísimo gigante Tragón, la atrapó con una red y la metió en un saco de arpillera! El saco se cerró con un ruido sordo, dejando a Lila a oscuras y muy asustada.
Al cabo de media hora, Rosa, la hermana mediana, terminó de limpiar el polvo de los muebles. Con una sonrisa, le dijo a su abuelita: "Abuelita, ya he terminado. Voy a merendar pan con miel a la bodega."
"Está bien, mi niña", le respondió la abuelita. "Y de paso, dile a tu hermana Lila que está tardando demasiado en volver a casa. ¡Ya casi es hora de preparar la cena!"
"Muy bien, abuela, se lo diré", respondió Rosa, y salió corriendo hacia la bodega. Al llegar a la puerta, justo antes de entrar, escuchó la misma voz grave y cantarina que había escuchado Lila:
"Mediana, medianita, no vengas acá, tralará, tralará..."
Rosa frunció el ceño. "¿Quién anda ahí?", preguntó con voz temblorosa, pero decidida. No escuchó ninguna respuesta, solo el eco de la cantinela. La curiosidad, y la preocupación por Lila, la empujaron a entrar. ¡Zas! De nuevo, el gigante Tragón apareció de la nada y encerró a Rosa en el saco junto a Lila. Ahora las dos hermanas estaban juntas, asustadas y sin saber qué hacer.
Pasado ya mediodía, la abuela, preocupada por la tardanza de sus nietas, se acercó a Azucena, la hermana mayor, que estaba terminando de coser un mantel.
"¿Todavía no has acabado, Azucena?", le preguntó la abuela, con un tono de inquietud en la voz.
"Me falta poco, abuelita, ya casi termino", respondió Azucena, concentrada en su costura.
"Hazme un favor, mi niña. Deja eso ya. Acércate a la bodega a ver qué hacen tus hermanas. Se está haciendo muy tarde... Y estoy empezando a preocuparme."
Azucena, siempre obediente y responsable, dejó la costura y se dirigió a la bodega. Pero cuando llegó a la puerta, pudo oír a alguien cantar, la misma cantinela inquietante:
"Mayor, mayorcita, no vengas acá, tralará, tralará..."
Azucena, sintiendo un presentimiento terrible, se acercó con cautela. "¿Quién está cantando eso?", preguntó con voz firme, aunque por dentro estaba temblando. ¡Zas! El gigante Tragón, con una risotada estruendosa, la atrapó también y la metió en el saco. ¡Las tres hermanas estaban ahora atrapadas en el saco del gigante Tragón!
Dentro del saco, Lila, Rosa y Azucena se abrazaron, asustadas y llorando. "¿Qué vamos a hacer?", sollozó Lila. "¡El gigante nos va a comer!"
Azucena, siendo la mayor, intentó mantener la calma. "Tenemos que pensar en algo", dijo. "No podemos quedarnos aquí esperando a que nos coma ese monstruo."
Rosa, que siempre era muy observadora, dijo: "He notado que el saco tiene un agujero pequeño en una esquina. Podríamos intentar agrandarlo para escapar."
Las tres hermanas, uniendo sus fuerzas, comenzaron a rasgar el agujero con sus uñas. Poco a poco, el agujero se hizo más grande. Finalmente, Azucena pudo sacar la cabeza y mirar alrededor.
"¡Estamos en el bosque!", exclamó. "Y el gigante Tragón está cocinando una olla enorme. ¡Creo que nos va a cocinar en la olla!"
Azucena tuvo una idea brillante. "Rosa, tú eres muy buena imitando sonidos. ¿Podrías imitar el sonido de las abejas?"
Rosa asintió. Cerró los ojos y comenzó a zumbar como un enjambre de abejas furiosas. El sonido era tan realista que el gigante Tragón se asustó y comenzó a buscar las abejas por todas partes.
"¡Ay, ay, ay! ¡Abejas! ¡No quiero que me piquen!", gritaba el gigante, moviéndose torpemente de un lado a otro.
Mientras el gigante estaba distraído, Azucena, Lila y Rosa salieron del saco y corrieron lo más rápido que pudieron hacia su casa. Llegaron a la casita sin aliento y le contaron todo a su abuelita.
La abuelita, aunque asustada, se sintió muy orgullosa de la valentía y la inteligencia de sus nietas. "¡Han demostrado ser unas niñas muy ingeniosas!", dijo, abrazándolas con fuerza.
Juntas, la abuelita y las tres nietas prepararon una trampa para el gigante Tragón. Cavaron un hoyo profundo en el jardín y lo cubrieron con ramas y hojas. Luego, Azucena se escondió cerca del hoyo con una cuerda.
Al poco rato, el gigante Tragón, enfurecido por la fuga de las niñas, llegó a la casita. "¡Voy a atraparlas y comérmelas a todas!", rugió el gigante.
Azucena salió de su escondite y gritó: "¡Aquí estamos, gigante Tragón! ¡Ven a buscarnos!"
El gigante, ciego de ira, corrió tras Azucena y cayó directamente en el hoyo. Azucena rápidamente ató la cuerda alrededor de un árbol, atrapando al gigante en el hoyo.
La abuelita y las tres nietas, con la ayuda de los vecinos, llenaron el hoyo con piedras y tierra, encerrando al gigante Tragón para siempre. Desde ese día, la abuelita y sus nietas vivieron felices y tranquilas, sabiendo que habían vencido al gigante Tragón gracias a su ingenio y valentía. Y nunca más volvieron a merendar pan con miel en la bodega sin antes asegurarse de que no había ningún gigante escondido.
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