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Gratis · elegí una vozEn la Escuela Sol Brillante, todos los martes eran días de magia. No magia con varitas y sombreros, sino magia con el cuerpo. Era el día de psicomotricidad, la clase favorita de todos. La maestra Elena, con su sonrisa radiante y su voz suave como una melodía, siempre tenía preparadas sorpresas increíbles.
Este martes, la maestra Elena anunció: "¡Hoy convertiremos nuestra aula en un circo! ¡El Gran Circo de los Cuerpos Traviesos!" Los niños, Sofía, Mateo, Lucía y Pablo, gritaron de alegría.
La maestra sacó de un baúl gigante un montón de objetos coloridos: aros de hula-hula, pelotas de malabares, cintas de gimnasia rítmica, cojines blanditos y una cuerda larga y resistente. "¡Estos serán nuestros instrumentos de circo!" exclamó.
Primero, se convirtieron en equilibristas. Con la cuerda extendida en el suelo, caminaron lentamente, poniendo un pie delante del otro. Sofía, que era muy cuidadosa, avanzaba con paso firme. Mateo, un poco más impulsivo, tropezó varias veces pero se levantaba riendo. Lucía, con su gracia natural, parecía una bailarina caminando sobre la cuerda. Pablo, el más tímido, necesitaba la mano de la maestra para sentirse seguro.
"¡Muy bien, equilibristas!" animó la maestra Elena. "Ahora, ¡a ser malabaristas!" Repartió las pelotas de malabares. Al principio, las pelotas volaban por todas partes. Sofía intentaba atraparlas con cuidado, pero siempre se le escapaban. Mateo, con su energía desbordante, las lanzaba al aire con fuerza, pero no lograba coordinar los movimientos. Lucía, después de unos cuantos intentos, comenzó a pasar las pelotas de una mano a otra con un ritmo suave y constante. Pablo, sorprendentemente, demostró una habilidad inesperada. Con paciencia y concentración, logró mantener dos pelotas en el aire durante unos segundos.
Después, llegó el turno de los aros de hula-hula. "¡Vamos a mover las caderas!" dijo la maestra, poniendo música alegre. Sofía, con su dedicación, se esforzaba por mantener el aro girando, pero le costaba mucho. Mateo, con su espíritu aventurero, probaba diferentes trucos, intentando hacer girar el aro en el brazo o en la pierna. Lucía, con su ritmo innato, movía las caderas con facilidad, haciendo que el aro pareciera flotar a su alrededor. Pablo, al principio avergonzado, poco a poco se animó y empezó a imitar los movimientos de sus compañeros.
Luego, la maestra Elena propuso un juego de coordinación. Colocó los cojines blanditos en el suelo, formando un camino sinuoso. Los niños, uno por uno, tenían que recorrer el camino saltando de cojín en cojín, manteniendo el equilibrio y sin salirse del camino. Sofía, con su concentración, avanzaba con cuidado, prestando atención a cada paso. Mateo, con su entusiasmo, saltaba con energía, a veces perdiendo el equilibrio y cayendo sobre los cojines. Lucía, con su elegancia, saltaba con gracia, moviéndose como una gacela. Pablo, con su determinación, superaba sus miedos y lograba completar el recorrido con éxito.
Finalmente, llegó el momento de la relajación. La maestra Elena apagó las luces y puso música suave. Les pidió a los niños que se acostaran en el suelo, cerraran los ojos y respiraran profundamente. "Imaginen que son estrellas brillantes flotando en el universo", dijo con voz suave. "Sientan la tranquilidad y la paz que hay en su interior". Los niños, relajados y contentos, disfrutaron de ese momento de calma después de tanta actividad.
Al final de la clase, la maestra Elena les preguntó: "¿Qué les ha parecido el circo de hoy?" Todos respondieron al unísono: "¡Increíble!" Habían aprendido a coordinar sus movimientos, a mantener el equilibrio, a trabajar en equipo y, sobre todo, a divertirse con su cuerpo. Y Pablo, el niño tímido, había descubierto que dentro de él también había un artista de circo esperando salir.
Desde ese día, todos los martes esperaban con ansias el Gran Circo de los Cuerpos Traviesos. Sabían que la maestra Elena siempre les tenía preparadas nuevas aventuras y desafíos para explorar el maravilloso mundo de la psicomotricidad. Aprendieron que no solo se trataba de moverse, sino de sentir, de expresarse y de disfrutar de las infinitas posibilidades que ofrece el cuerpo. Y, sobre todo, aprendieron que dentro de cada uno de ellos hay un artista esperando ser descubierto.
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