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Jake tenía cuatro años y un corazón lleno de mariposas. ¡Hoy era el gran día! Su primer día en el Jardín de las Mariposas, como llamaba su mamá al colegio. Estaba muy emocionado, tanto que había saltado de la cama antes de que saliera el sol. Pero también sentía un cosquilleo raro en la barriga, un cosquilleo de tristeza. Nunca había estado lejos de su mamá por tanto tiempo.
"¿Y si me extraña mucho?" pensó Jake mientras se vestía su camiseta favorita, una con un cohete espacial. "¿Y si no encuentro amigos?" Las mariposas en su corazón ahora parecían revolotear más rápido, y algunas hasta chocaban entre sí.
Abajo, su mamá lo esperaba con un desayuno especial: panqueques con forma de estrella y un vaso de jugo de naranja. "¡Buenos días, mi astronauta!" dijo ella, dándole un beso en la frente. "¿Listo para explorar el Jardín de las Mariposas?"
Jake asintió, pero su sonrisa no llegó hasta sus ojos. Su mamá lo notó. Se arrodilló para estar a su altura y le tomó las manos. "Jake," dijo suavemente, "es normal sentir nervios el primer día. Yo también me sentí así cuando empecé a trabajar. Pero sé que eres un niño muy valiente, tierno y amigable. Harás muchos amigos y aprenderás cosas increíbles."
Le entregó un pequeño llavero con forma de mariposa brillante. "Este es un amuleto de la suerte," le susurró. "Te recordará que siempre estoy contigo, incluso cuando no me veas. Solo mira la mariposa y piensa en mí."
Jake abrazó a su mamá con fuerza. El llavero se sentía cálido en su mano. Las mariposas en su corazón se calmaron un poco.
Llegaron al colegio y ¡guau! El Jardín de las Mariposas era aún más colorido de lo que Jake imaginaba. Había flores gigantes pintadas en las paredes, dibujos de animales por todas partes y un tobogán con forma de oruga. Muchos niños, grandes y pequeños, corrían y reían.
En la puerta, una señora sonriente con un delantal lleno de colores los saludó. "¡Hola, Jake! ¡Bienvenido al Jardín de las Mariposas! Soy la maestra Sofía." La maestra Sofía tenía ojos amables y una voz dulce como la miel.
Jake se escondió un poco detrás de su mamá. La maestra Sofía se agachó y le ofreció una pegatina de un sol sonriente. "¿Te gustaría ayudarme a ponerle el sol a nuestro mural?" preguntó.
Jake asintió tímidamente. Junto a la maestra Sofía, pegó el sol en el mural, que representaba un paisaje lleno de árboles, flores y, por supuesto, muchas mariposas. Mientras lo hacía, otro niño, un poco más alto que él, se acercó.
"Hola," dijo el niño, "me llamo Tomás. ¿Te gusta dibujar?"
Jake asintió otra vez. "Sí," murmuró. "Me gusta dibujar cohetes."
"¡A mí también!" exclamó Tomás. "¿Quieres dibujar uno conmigo?"
Jake miró a su mamá. Ella le sonrió y le guiñó un ojo. Él apretó el llavero de la mariposa en su mano y asintió a Tomás.
Su mamá se despidió con un beso volador. Jake la vio alejarse, pero esta vez no sintió tanta tristeza. Estaba demasiado ocupado pensando en cohetes y en hacer un nuevo amigo.
Tomás lo llevó a una mesa llena de colores, crayones y papeles. Empezaron a dibujar juntos. Jake dibujó un cohete gigante que volaba hacia la luna, y Tomás dibujó un astronauta saludando desde la ventana. Rieron y se contaron historias de viajes espaciales.
Durante el resto del día, Jake exploró el Jardín de las Mariposas. Jugó a las escondidas detrás del tobogán de la oruga, cantó canciones con la maestra Sofía y aprendió a hacer una mariposa de papel. Compartió su merienda con Tomás y descubrió que le encantaba pintar con los dedos.
Cuando llegó la hora de irse, Jake estaba exhausto, ¡pero feliz! Corrió hacia su mamá y la abrazó con fuerza. "¡Mamá, el Jardín de las Mariposas es increíble!" exclamó. "Hice un amigo que se llama Tomás y dibujamos cohetes y aprendimos a hacer mariposas de papel."
Su mamá sonrió. "Sabía que te encantaría," dijo. "¿Y extrañaste mucho a mamá?"
Jake pensó por un momento. Miró el llavero de la mariposa que aún sostenía en su mano. "Te extrañé un poquito," admitió, "pero estaba demasiado ocupado divirtiéndome."
De camino a casa, Jake se quedó dormido en el coche. Soñó con cohetes espaciales, mariposas de colores y un nuevo amigo que se llamaba Tomás. Sabía que mañana sería otro gran día en el Jardín de las Mariposas. Y esta vez, las mariposas en su corazón solo revolotearían de alegría.
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