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En el corazón de un reino donde las nubes parecían algodón de azúcar y los ríos fluían con purpurina, se encontraba la Ciudad de la Alegría. Cada año, al acercarse el final del invierno, algo mágico sucedía. Las calles comenzaban a vibrar con el sonido de los tambores y el aire se llenaba de confeti de colores. Era la llegada del Rey Carnestoltes, el monarca más divertido, ruidoso y despeinado que jamás hubiera existido. El Rey Carnestoltes no llevaba una corona de oro aburrida, sino una hecha de globos, plumas de pavo real y caramelos masticables. Su capa era un collage de retales de mil colores y sus zapatos hacían un ruido gracioso, como si llevara un par de patos invisibles bajo los pies.
—¡Que comience la fiesta! —gritó el Rey Carnestoltes desde el balcón del ayuntamiento, mientras lanzaba puñados de serpentinas a los niños que esperaban abajo—. ¡Por orden real, hoy nadie tiene que hacer los deberes, nadie tiene que comer brócoli y todos, absolutamente todos, deben ir disfrazados de lo más loco que se les ocurra!
La ciudad era un hervidero de risas. Había niños disfrazados de dinosaurios con tutú, abuelas vestidas de astronautas y perros que lucían capas de superhéroe. El carnaval era el momento preferido de todos, un tiempo de caos feliz donde las reglas habituales se tomaban unas vacaciones. Pero, como en todos los buenos cuentos, siempre hay alguien a quien no le gusta tanto el ruido. En lo alto de la Colina de la Calma, en una casa que siempre olía a bacalao y acelgas, vivía la Vieja Cuaresma.
La Vieja Cuaresma era todo lo contrario a Carnestoltes. Tenía siete piernas flacas, como si fuera una araña vestida con faldas largas y oscuras. Llevaba un pañuelo negro en la cabeza y un bacalao seco en la mano que usaba como si fuera un cetro. Ella amaba el silencio, el orden y, sobre todo, la sopa de verduras sin sal. Cada vez que escuchaba una trompeta de carnaval, le daba un tic en el ojo izquierdo.
—¡Demasiado ruido! ¡Demasiado azúcar! —refunfuñaba la Vieja Cuaresma mientras contaba sus siete piernas—. Es hora de poner orden en este lugar. Es hora de que se acabe la fiesta y lleguen las legumbres.
Bajó de la colina caminando con sus siete piernas, lo que le permitía avanzar muy rápido, haciendo un sonido de clic-clac-clic sobre el empedrado. Cuando llegó a la plaza principal, se plantó frente al Rey Carnestoltes, que estaba intentando batir el récord mundial de comer pasteles de nata sin usar las manos.
—¡Alto ahí, majadero de las plumas! —gritó la Vieja Cuaresma, agitando su bacalao seco—. Se acabó el carnaval. Es hora de limpiar el confeti, guardar los disfraces y empezar a comer garbanzos. ¡Siete semanas de seriedad os esperan!
El Rey Carnestoltes, con la cara manchada de crema, soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. —¡Oh, querida Cuaresma! Siempre tan puntual y tan... estirada. Pero mira a estos niños, ¡todavía tienen mucha energía para bailar! Hagamos un trato. Si logras que alguien deje de reírse con mis chistes, me iré voluntariamente. Pero si yo logro que tú bailes aunque sea un poquito, el carnaval durará un día más.
La Vieja Cuaresma aceptó el reto, convencida de su victoria. Se sentó en un trono de madera austera mientras el Rey Carnestoltes sacaba toda su artillería de diversión. Primero, llamó a un ejército de payasos que montaban en bicicletas de una sola rueda mientras hacían malabares con tartas de chocolate. La gente reía a carcajadas, pero la Cuaresma permanecía seria como una estatua de piedra.
Luego, Carnestoltes pidió música. Una banda de música empezó a tocar una melodía tan pegadiza que incluso las estatuas del parque empezaron a mover los pies. Los niños se unieron en una danza gigante, formando una conga que recorría toda la plaza. La Vieja Cuaresma apretaba los labios y sujetaba sus siete piernas para que no se movieran. El duelo duró horas. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta.
Fue entonces cuando un niño pequeño, disfrazado de una mezcla entre pirata y unicornio, se acercó a la Vieja Cuaresma. El niño, llamado Leo, no traía bromas pesadas ni ruidos fuertes. Simplemente le ofreció un pequeño dulce de colores y le dijo: —Señora Cuaresma, sé que le gusta el orden, pero ¿no cree que incluso las flores necesitan el desorden de la lluvia para crecer? El carnaval es nuestra lluvia de colores.
El Rey Carnestoltes aprovechó el momento de duda de la anciana y sacó un spray de burbujas gigantes. Una de las burbujas, enorme y brillante, envolvió suavemente a la Vieja Cuaresma. Dentro de la burbuja, todo se veía de colores del arcoíris y los sonidos del carnaval se suavizaron hasta convertirse en una melodía dulce. Por un segundo, la Vieja Cuaresma vio su reflejo y se dio cuenta de que tenía una serpentina colgada de su pañuelo negro. Y entonces, ocurrió lo increíble: una de sus siete piernas empezó a marcar el ritmo. Luego la segunda, y la tercera... ¡La Vieja Cuaresma estaba bailando!
—¡Solo un poquito! —exclamó ella, sonrojándose—. ¡Es que esta burbuja tiene un ritmo muy insistente!
El Rey Carnestoltes celebró con un salto mortal. —¡Victoria! El carnaval sigue. Pero escuchad todos: la Vieja Cuaresma tiene razón en algo. Después de tanto baile, necesitaremos descansar y comer bien para crecer sanos. Así que, cuando pase esta semana, le daremos sus siete semanas de tranquilidad, y cada vez que le quitemos una pierna a su calendario, estaremos un paso más cerca de nuestro próximo encuentro.
Esa noche, la fiesta fue la más hermosa que se recuerda. La Vieja Cuaresma no se fue enfadada; se quedó a un lado de la plaza, compartiendo su bacalao (que resultó estar bastante rico cuando se acompañaba de un poco de alegría) y vigilando que nadie se hiciera daño. El Rey Carnestoltes, cansado pero feliz, comprendió que el carnaval no es solo desorden, sino el momento en que todos, incluso los más serios, recuerdan cómo ser niños.
Y así, cada año, cuando el invierno empieza a despedirse, el Rey Carnestoltes llega con sus colores y la Vieja Cuaresma espera pacientemente con sus siete piernas. Porque saben que, aunque parezcan enemigos, son como el día y la noche, o el sol y la lluvia: ambos son necesarios para que el mundo siga girando con una sonrisa.
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