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Gratis · elegí una vozEn una casita acogedora, detrás del granero, vivía una familia de ratoncitos. Eran cuatro hermanos: Alegrín, Tristón, Furioso y Temblequín. Cada uno sentía las cosas de manera muy especial. Alegrín, como su nombre indica, siempre estaba feliz. Tristón, bueno, él se entristecía con facilidad. Furioso era rápido para enojarse, y Temblequín se asustaba hasta de su propia sombra.
Un día, el humano que vivía en la casa, sin saberlo, trajo un queso enorme y delicioso. ¡Era el queso más grande que los ratoncitos habían visto en su vida! Alegrín saltó de alegría. "¡Oh, qué día tan maravilloso! ¡Un queso gigante para todos!", exclamó, dando volteretas.
Tristón, sin embargo, frunció el ceño. "¿Pero qué vamos a hacer con un queso tan grande? Nunca podremos comérnoslo todo. ¡Se pondrá malo y entonces estaremos aún más tristes!", suspiró.
Furioso, impaciente, gritó: "¡Deja de quejarte, Tristón! ¡Tenemos que decidir cómo lo vamos a dividir! ¡Y yo quiero la parte más grande!".
Temblequín, al escuchar el grito de Furioso, se escondió detrás de Alegrín, temblando. "¡No grites, Furioso! ¡Me asustas! ¡Quizás el queso esté envenenado!", gimió.
La discusión comenzó. Alegrín intentaba mediar, diciendo que debían compartir el queso amistosamente. Tristón seguía preocupado por el futuro del queso. Furioso insistía en que él merecía la mayor parte, y Temblequín seguía temblando y escondiéndose.
De repente, un gato enorme, llamado Bigotes, apareció en la entrada del agujero de los ratones. Bigotes era conocido por su amor por los ratones y, por supuesto, por el queso. Al ver al gato, Temblequín gritó aterrorizado: "¡Bigotes! ¡Nos va a comer!".
Furioso, a pesar de su enojo, sintió un poco de miedo. Tristón, ya triste, pensó que este era el fin. Alegrín, sin embargo, tuvo una idea. "¡Rápido, todos! ¡Empujemos el queso hacia Bigotes! Tal vez así se distraiga y podamos escapar!", propuso.
Trabajando juntos, los cuatro ratoncitos empujaron el enorme queso hacia la entrada. Bigotes, sorprendido por la repentina aparición del queso, olvidó su interés en los ratones y se abalanzó sobre el delicioso manjar.
Mientras Bigotes estaba ocupado con el queso, los ratoncitos escaparon a un agujero más seguro. Una vez a salvo, se dieron cuenta de que habían trabajado juntos por primera vez.
Alegrín sonrió. "¡Lo hicimos! ¡Trabajamos juntos y nos salvamos!", exclamó.
Tristón, aunque todavía un poco preocupado, sintió un poco de alivio. "Sí, pero... ¿qué pasará cuando Bigotes termine el queso?", preguntó.
Furioso, un poco avergonzado por su comportamiento anterior, dijo: "Tal vez... tal vez deberíamos buscar más comida juntos. Y compartirla equitativamente".
Temblequín, todavía tembloroso, dijo: "Sí... sí... juntos es menos... aterrador".
Desde ese día, los cuatro ratoncitos aprendieron una valiosa lección. Alegrín aprendió que incluso en los momentos difíciles, la alegría puede ayudar a encontrar soluciones. Tristón aprendió que no siempre hay que preocuparse por el futuro, sino disfrutar del presente. Furioso aprendió que la ira no siempre es la respuesta, y que la cooperación es más efectiva. Y Temblequín aprendió que, aunque el miedo es natural, la valentía puede encontrarse en la unión.
Y así, los cuatro ratoncitos, con sus diferentes emociones, vivieron felices (casi siempre) en su casita detrás del granero, aprendiendo a entenderse y a apoyarse mutuamente. Y de vez en cuando, el humano traía más queso, aunque nunca tan grande como el primero, y los ratoncitos lo compartían, recordando la lección que habían aprendido aquel día.
Un día, Temblequín encontró una fresa roja y brillante. Estaba tan asustado de tocarla que llamó a sus hermanos. Alegrín la olió y sonrió, Tristón la miró con melancolía pensando en cuánto duraría, y Furioso, impaciente, la agarró para dividirla. Esta vez, sin embargo, lo hicieron con cuidado y consideración, recordando la importancia de cada uno y sus sentimientos. Incluso Temblequín, superando su miedo, probó un pequeño bocado y descubrió que le encantaba.
Así, la vida en la casita detrás del granero continuó, llena de aventuras, emociones y, sobre todo, mucho queso (y a veces, fresas) compartido.
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