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Gratis · elegí una vozIniesta era un gato atigrado con ojos verdes brillantes y bigotes largos y tiesos. Le encantaba dormir al sol, cazar mariposas en el jardín y jugar con ovillos de lana. Pero, sobre todo, Iniesta era un gato muy, muy asustadizo. Cualquier ruido fuerte, una hoja que caía del árbol, o incluso su propia sombra, lo hacían saltar por los aires.
Un día, Iniesta estaba tranquilamente acurrucado en su sillón favorito, soñando con ratones de juguete y montañas de atún. El sol calentaba su pelaje y el suave ronroneo lo arrullaba. De repente, escuchó un ruido. No era un ruido fuerte, pero era un ruido… diferente. Era como un crujido, un susurro, y un tintineo, todo mezclado. Iniesta abrió un ojo, luego el otro. Aguzó sus orejas y movió la cola nerviosamente.
El ruido se hizo más fuerte. Venía de la puerta. Iniesta, con el corazón latiéndole a mil por hora, se escondió detrás del cojín más grande del sillón. ¡Algo terrible estaba a punto de suceder! ¡Un monstruo! ¡Un perro gigante! ¡Un aspirador hambriento!
La puerta se abrió lentamente, con un chirrido suave. Iniesta contuvo la respiración. Y entonces, ¡la vio! Era… ¡la Abuelita Rogelia!
La Abuelita Rogelia era una señora muy anciana, con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa arrugada pero amable. Siempre vestía un delantal floreado y olía a galletas recién horneadas y a lavanda. Pero para Iniesta, en ese momento, la Abuelita Rogelia era la criatura más aterradora que jamás había visto.
Al ver a la Abuelita Rogelia, Iniesta pegó un brinco tan grande, tan alto, tan inesperado, que se cayó del sillón. ¡Plaf! Aterrizó de espaldas, con las cuatro patas en el aire y los ojos desorbitados. ¡El gran susto de Iniesta había sido monumental!
La Abuelita Rogelia, al ver al pobre Iniesta patas arriba, soltó una carcajada. "¡Ay, Iniesta, mi pequeño asustadizo!", dijo, con la voz temblorosa por la risa. "¿Qué te ha pasado? ¿Te he asustado?"
Iniesta, aún un poco aturdido, se levantó lentamente y se sacudió el pelaje. Se sintió un poco tonto. ¿Cómo podía tenerle miedo a la Abuelita Rogelia? Ella siempre le daba leche tibia y le rascaba detrás de las orejas. Era la persona más buena del mundo.
La Abuelita Rogelia se acercó a Iniesta y lo acarició suavemente. "No te preocupes, mi pequeño", dijo. "No te voy a hacer daño. Sólo venía a traerte una sorpresa".
La Abuelita Rogelia sacó de su bolsillo un pequeño ovillo de lana de color rosa. Era suave y esponjoso, y tenía un olor delicioso a menta. Iniesta, al verlo, olvidó por completo su susto. Se acercó al ovillo y lo olisqueó con curiosidad. Luego, lo empujó con la nariz y empezó a jugar con él.
La Abuelita Rogelia sonrió al ver a Iniesta tan contento. Se sentó en el sillón y observó al gato jugar con su nuevo juguete. Mientras Iniesta jugaba, la Abuelita Rogelia empezó a contarle historias de su juventud, de cuando era una niña pequeña y jugaba con sus propios gatos en el jardín. Iniesta, aunque no entendía las palabras, disfrutaba escuchando la voz suave y cálida de la Abuelita Rogelia. Se sentía seguro y amado.
Desde ese día, Iniesta siguió siendo un gato asustadizo, pero ya no le tenía miedo a la Abuelita Rogelia. Sabía que ella era una persona buena y que siempre lo cuidaría. Y aunque a veces todavía se asustaba con los ruidos extraños, aprendió que no todos los ruidos eran peligrosos. A veces, los ruidos sólo significaban que la Abuelita Rogelia estaba llegando con un ovillo de lana nuevo, o con una galleta recién horneada, o simplemente con una sonrisa amable y un abrazo cariñoso. Y eso, para Iniesta, era lo mejor del mundo. A veces, incluso se quedaba dormido en el regazo de la Abuelita Rogelia, ronroneando felizmente, sin importarle los ruidos ni los sustos. Había descubierto que el amor y la amistad eran mucho más fuertes que cualquier miedo. Y que, a veces, los mayores sustos podían convertirse en las más bonitas sorpresas. Y así, Iniesta, el gato asustadizo, aprendió a amar a la Abuelita Rogelia, y a disfrutar de la vida, a pesar de los sustos. Porque al final, lo importante era tener a alguien que te quisiera y te cuidara, sin importar lo asustadizo que fueras.
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