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Gratis · elegí una vozEn un claro del bosque, donde los árboles susurraban secretos al viento, vivía un hada muy peculiar. No era una hada delicada y esbelta como las que se ven en los cuentos. No, este hada se llamaba Bartolomé y era… bueno, era un poco gordo. Tenía una barriga redonda como una sandía, una barba blanca que le llegaba hasta las rodillas, y una risa que hacía temblar las hojas de los árboles. Sus alas, aunque pequeñas, eran fuertes y lo llevaban a dondequiera que deseaba ir.
Bartolomé era el hada jardinero del bosque. Su trabajo era mantener los colores vibrantes de las flores y la alegría en el corazón de las plantas. Pero últimamente, algo andaba mal. El jardín, antes un paraíso de colores, se estaba volviendo gris. Las rosas perdían su rojo pasión, los girasoles se inclinaban tristes y las mariposas ya no revoloteaban con la misma alegría.
Bartolomé estaba muy preocupado. Se sentó en una seta gigante, suspiró profundamente y se rascó la barba. "¿Qué está pasando? ¿Por qué mi jardín está perdiendo su color?", se preguntó en voz alta.
De repente, escuchó un pequeño sollozo. Siguió el sonido y encontró a una pequeña margarita, casi completamente blanca, llorando desconsoladamente.
"¿Qué te pasa, pequeña?", le preguntó Bartolomé con su voz suave y resonante.
La margarita levantó su cabecita blanca y respondió: "El sol… el sol ya no nos da tanta alegría. Se esconde detrás de las nubes todo el tiempo y no sentimos su calor."
Bartolomé comprendió. El problema no era el jardín, sino la falta de sol. Decidió que tenía que hacer algo al respecto. Se levantó, se sacudió el polvo de su traje verde esmeralda y dijo: "No te preocupes, pequeña margarita. ¡Iré a hablar con el sol!"
Y así, Bartolomé emprendió su viaje hacia el sol. Voló sobre los árboles, las montañas y los ríos. El viaje fue largo y agotador, pero Bartolomé no se rindió. Sabía que el jardín dependía de él.
Finalmente, llegó a la cima de la montaña más alta, donde, según decían, el sol descansaba por la noche. Allí, encontró al sol, no brillando con fuerza como de costumbre, sino apagado y triste.
"¿Qué te pasa, señor sol?", preguntó Bartolomé. "¿Por qué no estás brillando como antes?"
El sol suspiró con un sonido que hizo temblar la tierra. "Estoy cansado, muy cansado", dijo. "Las personas en la tierra ya no aprecian mi calor. Se quejan cuando hace demasiado calor y no me extrañan cuando me escondo detrás de las nubes."
Bartolomé escuchó atentamente. Sabía que el sol tenía razón. A veces, las personas olvidan apreciar las cosas buenas que tienen. Entonces, tuvo una idea.
"Señor sol", dijo Bartolomé, "¿qué le parece si le muestro lo mucho que le necesitan? Le llevaré las voces de las flores, los cantos de los pájaros y las risas de los niños. Le mostraré lo hermoso que es el mundo gracias a su luz."
El sol, intrigado, aceptó. Bartolomé voló de regreso al jardín y reunió a todas las criaturas del bosque. Les explicó la situación y les pidió que demostraran al sol cuánto lo necesitaban.
Las flores cantaron canciones de colores, los pájaros entonaron melodías alegres y los niños rieron y jugaron bajo las nubes. Bartolomé grabó todos estos sonidos y los llevó de vuelta al sol.
Cuando el sol escuchó las voces de las flores, los cantos de los pájaros y las risas de los niños, sintió una oleada de energía. Se dio cuenta de lo importante que era y de lo mucho que lo necesitaban.
Con una gran sonrisa, el sol comenzó a brillar con más fuerza que nunca. Su calor inundó el jardín, devolviendo el color a las flores, la alegría a las mariposas y la vida a todo el bosque.
Bartolomé, el hada barrigón, sonrió satisfecho. Había salvado su jardín y le había recordado al sol lo importante que era. Y desde ese día, el jardín floreció más hermoso que nunca, y todos aprendieron a apreciar la luz del sol. Bartolomé siguió cuidando del jardín, riendo con su risa resonante y asegurándose de que cada flor recibiera la atención que merecía. Y aunque era un hada diferente, un hada gorda con barba, era el hada más querida de todo el bosque. Porque Bartolomé demostró que no importa cómo seas, lo que importa es el amor que pones en lo que haces. Y Bartolomé amaba su jardín con todo su corazón, y su barriga, y su barba, y sus pequeñas pero poderosas alas.
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