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Gratis · elegí una vozHabía una vez un hombre llamado Don Risueño. No era un hombre rico, ni famoso, ni especialmente fuerte. Pero Don Risueño tenía un talento muy especial: coleccionaba sonrisas. No las guardaba en frascos ni en álbumes, sino en su corazón.
Vivía en un pequeño pueblo llamado Villa Alegre, donde la gente, aunque amable, a veces olvidaba sonreír. Don Risueño se paseaba por las calles, observando a los aldeanos. Si veía a alguien triste, preocupado o simplemente aburrido, se acercaba con una sonrisa tan grande y contagiosa que era imposible no devolverle el gesto.
Un día, Don Risueño vio a la panadera, Doña Amasa, sentada afuera de su panadería, con el rostro muy afligido. Doña Amasa era famosa por su pan dulce y su alegría, pero ese día parecía que el sol se había escondido en su corazón.
"Buenos días, Doña Amasa," dijo Don Risueño con su voz más alegre. "¿Qué le aflige hoy?"
Doña Amasa suspiró. "Ay, Don Risueño, no me siento bien. Mi horno se ha roto y no puedo hornear pan. ¡Villa Alegre no tendrá pan dulce hoy! Todos estarán tristes."
Don Risueño pensó por un momento. "No se preocupe, Doña Amasa. Tengo una idea." Corrió a su casa y regresó con una gran caja llena de espejos pequeños y brillantes. "Mire, Doña Amasa," dijo, "Coloquemos estos espejos alrededor de la panadería. Cuando la gente pase y vea su reflejo, se recordarán a sí mismos lo hermosos que son y sonreirán. ¡Su sonrisa le dará energía para arreglar el horno!"
Doña Amasa, aunque escéptica, aceptó. Juntos, colgaron los espejos por toda la panadería. Al principio, la gente se sorprendió al ver su reflejo. Pero luego, comenzaron a sonreír. Algunos se arreglaban el pelo, otros hacían caras graciosas, pero todos, sin excepción, sonreían.
La energía de las sonrisas llenó el aire. Doña Amasa sintió un nuevo vigor. Con una determinación renovada, intentó arreglar el horno y, ¡para su sorpresa!, después de unos cuantos golpecitos y ajustes, el horno volvió a funcionar.
"¡Está funcionando! ¡Está funcionando!" exclamó Doña Amasa, con una sonrisa radiante. Inmediatamente, comenzó a hornear pan dulce. El aroma delicioso se extendió por toda Villa Alegre, atrayendo a la gente a la panadería. Todos compraron pan dulce y compartieron sus sonrisas con Doña Amasa y Don Risueño.
Al día siguiente, Don Risueño vio a un niño, Pedrito, llorando en la plaza. Pedrito había perdido su juguete favorito, un pequeño caballito de madera.
"¿Qué te pasa, Pedrito?" le preguntó Don Risueño.
"¡Perdí mi caballito!" sollozó Pedrito. "Era mi mejor amigo."
Don Risueño se agachó y miró a Pedrito a los ojos. "No te preocupes, Pedrito. Encontraremos tu caballito. Pero primero, juguemos a algo que siempre me hace sonreír."
Don Risueño comenzó a hacer muecas graciosas. Hizo caras de animales, imitó a los pájaros y contó chistes tontos. Pedrito, al principio, solo lo miraba con curiosidad. Pero poco a poco, una pequeña sonrisa comenzó a aparecer en su rostro. Pronto, Pedrito estaba riendo a carcajadas.
Mientras reían, Don Risueño le propuso un juego: "Vamos a buscar tu caballito, pero cada vez que veamos algo bonito, le sonreiremos. ¡Quizás el caballito se sienta atraído por nuestras sonrisas!"
Juntos, recorrieron la plaza, sonriendo a las flores, a los árboles, a los pájaros y a la gente que pasaba. De repente, Pedrito vio algo brillante debajo de un banco. ¡Era su caballito! Alguien lo había encontrado y lo había dejado allí.
Pedrito abrazó su caballito con alegría. "¡Gracias, Don Risueño!" exclamó. "Me has hecho muy feliz."
Don Risueño sonrió. "La felicidad ya estaba dentro de ti, Pedrito. Solo necesitaba un poco de ayuda para salir." Y así, Don Risueño continuó caminando por Villa Alegre, coleccionando sonrisas y esparciendo alegría. Sabía que una simple sonrisa podía cambiar el mundo, una persona a la vez.
Un día, una tormenta muy fuerte azotó Villa Alegre. El viento soplaba con fuerza, la lluvia caía torrencialmente y la gente se refugió en sus casas, asustada y triste. Don Risueño salió a la calle, a pesar de la tormenta. Caminó por el pueblo, cantando canciones alegres y sonriendo a pesar del mal tiempo.
La gente, al escuchar su voz y ver su sonrisa, sintió un poco de esperanza. Algunos se asomaron por las ventanas y le devolvieron la sonrisa. Otros abrieron sus puertas y le ofrecieron refugio. Don Risueño les agradeció, pero continuó caminando, esparciendo su alegría.
Poco a poco, la tormenta comenzó a amainar. El sol volvió a brillar y la gente salió de sus casas, sorprendida de ver que Don Risueño seguía cantando y sonriendo en la plaza. Su sonrisa era tan brillante que parecía que había ahuyentado la tormenta.
Desde ese día, la gente de Villa Alegre nunca más olvidó el poder de una sonrisa. Aprendieron que incluso en los momentos más difíciles, una simple sonrisa podía hacer la diferencia. Y Don Risueño, el hombre que coleccionaba sonrisas, siguió viviendo en Villa Alegre, llenando el mundo de alegría, una sonrisa a la vez.
Don Risueño demostró que la verdadera riqueza no se encuentra en el oro o la plata, sino en la capacidad de hacer sonreír a los demás. Y esa, sin duda, era la colección más valiosa que alguien podía poseer.
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