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En las afueras del pueblo, escondido entre árboles retorcidos y zarzas espinosas, se alzaba un hospital abandonado. Era un lugar sombrío, cubierto de polvo y telarañas, del cual se decía que si entrabas, ¡nunca salías! Los niños del pueblo contaban historias de fantasmas que vagaban por sus pasillos y de sombras que acechaban tras las ventanas rotas.
Adonias, Augusto, Juan, Maciel y Facu, cinco amigos inseparables, eran conocidos por su valentía (o quizás, por su curiosidad desmedida). Un día soleado, mientras jugaban cerca del bosque, Adonias propuso una aventura que hizo temblar hasta al más audaz: "¿Y si entramos al hospital abandonado?"
Augusto, siempre el más precavido, dudó. "¿Estás seguro, Adonias? Dicen que está embrujado..."
Pero Adonias, con los ojos brillantes de emoción, insistió: "¡Vamos! No le tengamos miedo a los cuentos. Será una aventura increíble." Maciel y Facu, contagiados por el entusiasmo de Adonias, asintieron con la cabeza. Juan, aunque un poco nervioso, no quería quedarse atrás.
Y así, con el sol brillando débilmente entre las hojas, los cinco amigos se dirigieron hacia el hospital. La puerta principal, oxidada y chirriante, se abrió con un gemido lúgubre, invitándolos a entrar en la oscuridad. El aire adentro era frío y húmedo, cargado con un olor a polvo y olvido. Las ventanas rotas dejaban pasar débiles rayos de luz que apenas iluminaban los pasillos laberínticos.
Caminaron con cautela, escuchando el eco de sus propios pasos. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y desconchones de pintura. En algunas habitaciones, aún se podían ver camillas oxidadas y sillas rotas, fantasmas de lo que una vez fue un lugar de curación.
De repente, Juan se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la boca temblorosa. "¡Lo... lo vi!", tartamudeó.
"¿Qué viste, Juan?", preguntó Augusto, con el corazón latiéndole a mil por hora.
"¡Un fantasma!", exclamó Juan, con la voz quebrada. "¡Estaba ahí, al final del pasillo! Era una figura blanca y transparente... ¡Me miró!"
El pánico se apoderó de los amigos. El cuento que siempre habían escuchado se había vuelto realidad. La idea de escapar a toda velocidad era tentadora, pero el miedo los paralizó. El silencio se hizo denso y pesado, roto solo por la respiración agitada de Juan.
Adonias, a pesar de su propio miedo, intentó mantener la calma. "Tranquilos, chicos", dijo, con la voz temblorosa. "Tal vez Juan se equivocó. Tal vez fue solo una sombra."
Pero Juan estaba demasiado asustado para escuchar razones. Sus ojos seguían fijos en el final del pasillo, donde creía haber visto el fantasma. Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas.
Fue Maciel quien tuvo la idea. "¡Agarremosnos de las manos!", propuso. "Si estamos juntos, seremos más fuertes."
Los cinco amigos se agarraron de las manos, formando una cadena de valentía. El contacto físico, el calor de las manos de sus amigos, les dio un poco de consuelo. Sintieron que no estaban solos, que se tenían el uno al otro.
Respiraron hondo, intentando calmar sus nervios. Lentamente, comenzaron a caminar de nuevo, con Juan en el medio de la cadena, protegido por sus amigos. Cada paso era un desafío, cada sombra un nuevo motivo de temor. Pero esta vez, no estaban solos.
Mientras caminaban, Adonias comenzó a contar una historia divertida. Augusto se unió, imitando la voz de un personaje cómico. Maciel y Facu añadieron detalles graciosos. Juan, poco a poco, fue olvidando su miedo y se unió a las risas.
Al llegar a la puerta principal, sintieron un alivio inmenso. Salieron corriendo del hospital, dejando atrás la oscuridad y los fantasmas. Una vez fuera, bajo la luz del sol, se abrazaron con fuerza, sintiendo la alegría de estar a salvo.
Esa noche, ninguno de los cinco amigos pudo dormir bien. Pero no fue por el miedo, sino por la emoción de la aventura. Habían entrado al hospital embrujado y habían salido, juntos, más fuertes que nunca. Aprendieron que el valor no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de enfrentarlo con la ayuda de tus amigos. Y aunque nunca más volvieron a acercarse al hospital abandonado, siempre recordarían la cadena de la valentía que los unió aquella tarde.
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