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El sol brillaba con más fuerza de lo normal, como si supiera que hoy era un día especial. Era el último día de la Maestra Estrella en la clase de sexto grado. Durante semanas, había llenado el aula con risas, historias fascinantes y el aroma dulce de las galletas que horneaban los viernes. Los alumnos, al principio un poco tímidos, ahora la rodeaban con cariño, como pequeños girasoles buscando su luz.
La Maestra Estrella, cuyo nombre real era Sofía, sentía un nudo en la garganta. Había amado cada minuto de sus prácticas docentes. Recordaba el primer día, cuando entró al aula con el corazón latiendo a mil por hora. Doña Elena, la maestra titular, le había sonreído con dulzura, diciéndole: "Estrella, este jardín necesita tu luz".
Y así lo hizo. Les enseñó a sumar con manzanas y peras, a leer cuentos de dragones y princesas, a escribir poemas sobre el viento y las estrellas. Pero lo más importante, les enseñó a creer en sí mismos. Les recordaba constantemente que cada uno de ellos era único y especial, como una estrella brillante en el cielo nocturno.
Ahora, mientras los veía sentados frente a ella, con sus ojos brillantes llenos de preguntas y sueños, sentía una mezcla de alegría y tristeza. Alegría por todo lo que habían logrado juntos, y tristeza porque el tiempo había volado.
“Chicos,” comenzó, su voz un poco temblorosa, “Hoy es mi último día aquí. Quiero agradecerles por hacerme sentir tan bienvenida en esta clase. Ustedes han sido los mejores alumnos que una maestra en prácticas podría desear.”
Un murmullo triste recorrió el aula. Juanito, el más travieso de la clase, se secó una lágrima disimuladamente. María, la más estudiosa, apretó su libro contra su pecho.
La Maestra Estrella sonrió. “Pero no estén tristes,” dijo, tratando de animarlos. “Aunque me vaya, siempre los recordaré. Cada uno de ustedes ha dejado una huella imborrable en mi corazón. Y quiero que sepan que los quiero mucho.”
Sacó una gran caja de cartón de debajo de su escritorio. “Tengo un pequeño regalo para cada uno de ustedes.”
Los niños la miraron con curiosidad mientras abría la caja. Dentro, había pequeños saquitos de tela llenos de semillas de girasol.
“Estas son semillas de girasol,” explicó la Maestra Estrella. “Plántenlas en sus casas, cuídenlas con amor, y vean cómo crecen. Así como ustedes han crecido este año, aprendiendo y descubriendo cosas nuevas. Recuerden que, al igual que el girasol siempre busca el sol, ustedes siempre deben buscar la luz del conocimiento y la bondad.”
Cada niño recibió su saquito de semillas. Algunos la abrazaron, otros le dieron las gracias tímidamente. Juanito, con los ojos rojos, le regaló un dibujo de un sol sonriente.
Doña Elena entró al aula. “Estrella, es hora de la ceremonia de despedida,” dijo con una sonrisa comprensiva.
La Maestra Estrella se despidió de cada uno de sus alumnos con un abrazo y una palabra de aliento. Salió del aula tomada de la mano de Doña Elena, dejando atrás un jardín lleno de pequeños girasoles tristes, pero también llenos de esperanza.
En la ceremonia, la Maestra Estrella recibió un diploma y un ramo de flores. Pero el mejor regalo fue el recuerdo de sus alumnos. Sabía que, aunque se fuera, una parte de ella siempre permanecería en ese aula, en los corazones de esos niños.
Unas semanas después, la Maestra Estrella recibió una carta. Era de María. Dentro, había una foto de un girasol gigante, floreciendo en el jardín de su casa. La carta decía:
“Querida Maestra Estrella,
Mi girasol ha crecido mucho. Me recuerda a usted y a todo lo que nos enseñó. Gracias por ser la mejor maestra del mundo. La extrañamos mucho.
Con cariño,
María.”
La Maestra Estrella sonrió. Sabía que había hecho bien su trabajo. Había plantado semillas de esperanza en el corazón de sus alumnos, y esas semillas, como los girasoles, seguirían creciendo, buscando siempre la luz.
Esa noche, la Maestra Estrella miró al cielo estrellado. Vio una estrella fugaz y pidió un deseo: que todos sus alumnos cumplieran sus sueños y fueran felices. Y sabía, en lo más profundo de su corazón, que así sería.
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