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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle escondido entre montañas altísimas, un jardín muy especial. No crecían flores ni árboles frutales, sino… ¡palabras! Era el Jardín Mágico de las Palabras Amables. En este jardín vivía una pequeña hada llamada Lila. Lila era la guardiana del jardín y se encargaba de que las palabras crecieran sanas y fuertes.
Un día, Lila notó que algunas palabras estaban marchitas y tristes. Eran palabras como "¡Feo!", "¡Tonto!", y "¡No puedo!". Lila se preocupó mucho. Sabía que esas palabras, aunque pequeñas, podían hacer mucho daño. Decidió visitar a los niños del pueblo cercano para descubrir qué estaba pasando.
Lila voló hasta la escuela, donde vio a dos niños, Mateo y Sofía, discutiendo. Mateo, con el rostro enrojecido, le gritó a Sofía: "¡Eres una torpe! ¡Nunca haces nada bien!". Sofía, con lágrimas en los ojos, le respondió: "¡Y tú eres un presumido! ¡Siempre crees que lo sabes todo!".
Lila se sintió muy triste al escuchar esas palabras. Se acercó a ellos, invisible para sus ojos, y suavemente les susurró: "Las palabras son como semillas. Si siembras palabras amables, cosecharás alegría y amistad. Si siembras palabras hirientes, cosecharás tristeza y soledad".
Pero Mateo y Sofía no la oyeron. Seguían peleando. Entonces, Lila tuvo una idea. Voló de regreso al Jardín Mágico y recogió dos semillas brillantes. Una era la semilla de la "Amabilidad" y la otra la semilla del "Perdón". Volvió a la escuela y, con mucho cuidado, sopló las semillas hacia Mateo y Sofía.
De repente, Mateo sintió un calorcito en el corazón. Se dio cuenta de que había sido grosero con Sofía. "Lo siento, Sofía", dijo Mateo. "No debí haberte hablado así. A veces me frustro cuando no entiendo algo, pero no es tu culpa".
Sofía, al escuchar las palabras de Mateo, sintió que la tristeza se desvanecía. "Yo también lo siento, Mateo", respondió Sofía. "A veces me siento insegura y reacciono mal. Podemos ayudarnos mutuamente".
Mateo y Sofía se sonrieron. Habían aprendido una valiosa lección. Lila, feliz, regresó al Jardín Mágico. Las palabras marchitas empezaron a recuperar su brillo. Lila entendió que el Jardín Mágico dependía de las palabras que los niños usaban en su día a día.
Desde ese día, Lila visitaba a los niños con frecuencia. Les recordaba el poder de las palabras amables. Les enseñaba que decir "Por favor" y "Gracias" era como regar el jardín con agua fresca. Les explicaba que decir "Te quiero" y "Estoy orgulloso de ti" era como darle sol al jardín, haciendo que las palabras crecieran altas y fuertes.
Una tarde, Lila encontró a un niño, Pablo, que estaba teniendo dificultades para resolver un problema de matemáticas. Pablo estaba frustrado y decía: "¡No puedo! ¡Soy muy malo para esto!". Lila se acercó a él y le dijo suavemente: "Pablo, las palabras tienen poder. Si dices No puedo, tu mente te creerá. Pero si dices Voy a intentarlo, tu mente te ayudará a encontrar la solución".
Pablo pensó en lo que Lila le había dicho. Respiró hondo y dijo: "Voy a intentarlo". Con paciencia y esfuerzo, Pablo logró resolver el problema. Estaba muy contento. Se dio cuenta de que Lila tenía razón. Las palabras que usaba influían en sus acciones.
Lila sonrió. Sabía que Pablo había aprendido otra lección importante. El Jardín Mágico florecía con palabras como "Amor", "Esperanza", "Alegría", "Respeto" y "Gratitud". El valle entero se llenó de felicidad.
Y ahora, pequeño, antes de dormir, recuerda:
*Si hablas con cariño y con bondad,
Tu corazón siempre tendrá felicidad.
Si siembras amor en cada acción,
Recibirás amor en cada rincón.*
*Palabras amables, un dulce cantar,
Que alegran el alma y hacen soñar.
Con cada sonrisa, un mundo mejor,
Lleno de alegría, paz y amor.*
Así, con el Jardín Mágico floreciendo y los niños aprendiendo el poder de las palabras, Lila continuó cuidando su jardín, asegurándose de que siempre estuviera lleno de las palabras más hermosas y amables. Y tú, pequeño, ¿qué palabras vas a sembrar hoy?
¡Dulces sueños!
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