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Gratis · elegí una vozEn un valle escondido, más allá de las montañas susurrantes, se extendía un jardín como ningún otro. Flores del tamaño de casas, árboles que daban frutas de colores brillantes, y fuentes de agua chispeante. Pero este jardín no era para todos. Era el Jardín Prohibido de los Gigantes Glotones.
Estos gigantes, llamados Gruñón, Tragón y Morfón, eran famosos por su gula. Comían y comían sin parar, y su jardín era su fuente inagotable de delicias. Habían construido un muro alto alrededor del jardín, con una sola puerta, vigilada por un cuervo viejo y cascarrabias llamado Don Corvus.
En el pueblo cercano, vivían tres niños muy curiosos: Lila, la más valiente; Tomás, el más inteligente; y Sofía, la más amable. A menudo escuchaban historias sobre el Jardín Prohibido y la gula de los gigantes. Lila, con su espíritu aventurero, siempre soñaba con ver las flores gigantes. Tomás, con su mente inquisitiva, quería entender por qué los gigantes comían tanto. Y Sofía, con su corazón bondadoso, sentía lástima por los gigantes, imaginando que quizás estaban tristes o solos.
Un día, Lila propuso: "¡Debemos ir al Jardín Prohibido!" Tomás, aunque un poco asustado, estuvo de acuerdo. Sofía, con un nudo en el estómago, también aceptó. Sabía que era peligroso, pero quería ayudar a los gigantes si podía.
Se pusieron en marcha al amanecer. Después de un largo camino, llegaron al muro del jardín. Don Corvus, posado en la puerta, los miró con desprecio. "¡Fuera de aquí, pequeños entrometidos! Este jardín es solo para los gigantes."
Tomás, usando su ingenio, recordó que los cuervos amaban los objetos brillantes. Sacó un espejo pequeño de su bolsillo y lo agitó frente a Don Corvus. El cuervo, fascinado por su propio reflejo, se distrajo lo suficiente para que los niños pudieran escabullirse por debajo de la puerta.
Dentro del jardín, todo era aún más maravilloso de lo que habían imaginado. Las flores gigantes brillaban con colores intensos, las frutas exóticas colgaban de los árboles, y el aire olía a miel y especias. Pero también vieron a los gigantes, Gruñón, Tragón y Morfón, sentados alrededor de una mesa enorme, devorando montones de comida.
Gruñón engullía sandías enteras, Tragón sorbía lagos de jugo de naranja, y Morfón masticaba montañas de pasteles. Estaban tan absortos en su gula que ni siquiera notaron a los niños.
Lila, Tomás y Sofía observaron con horror. Vieron que los gigantes no disfrutaban realmente la comida. Solo comían, comían y comían, sin sonreír, sin hablar, sin mirar a su alrededor. Parecía que la comida no los hacía felices, sino que los mantenía atrapados en un ciclo sin fin.
Sofía, sintiendo aún más lástima, se acercó tímidamente a Gruñón. "Señor gigante," dijo con voz temblorosa, "¿por qué comen tanto?"
Gruñón dejó de comer por un momento y la miró con ojos inyectados en sangre. "¡Porque es delicioso!", gruñó. "¡Y porque podemos!"
"Pero… ¿no se cansan? ¿No les gustaría hacer otras cosas?", preguntó Sofía.
Tragón y Morfón también dejaron de comer y miraron a Sofía con curiosidad. Parecía que nadie les había preguntado eso antes.
Tomás, aprovechando la oportunidad, dijo: "Podríamos enseñarles juegos, contarles historias, mostrarles cómo hacer cometas… ¡Hay tantas cosas más divertidas que solo comer!"
Lila agregó: "Podríamos plantar flores diferentes, flores que no se comen, flores que solo se admiran por su belleza."
Los gigantes se miraron entre ellos, confundidos. Nunca habían pensado en hacer otra cosa que comer. La gula era todo lo que conocían.
Sofía, con su dulzura, les ofreció una flor pequeña que había traído del pueblo. "Esta flor no es para comer," dijo. "Es para oler y para disfrutar de su color."
Gruñón tomó la flor con sus dedos gigantes y la olió con cautela. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Tragón y Morfón también tomaron flores y las olieron, y sus rostros se iluminaron.
Ese día, los niños les mostraron a los gigantes un mundo más allá de la gula. Jugaron a las escondidas entre las flores gigantes, contaron historias a la luz de la luna, y plantaron un jardín de flores no comestibles. Los gigantes, poco a poco, comenzaron a cambiar. Empezaron a comer menos y a disfrutar más de la compañía de los niños y de la belleza del jardín.
Pero la gula es un hábito difícil de romper. Un día, un vendedor ambulante llegó al jardín, ofreciendo una tarta gigante, la tarta más deliciosa que jamás habían visto. Gruñón, Tragón y Morfón, tentados por la gula, no pudieron resistirse. La comieron entera, sin dejar ni una migaja.
Pero la tarta estaba envenenada. El vendedor ambulante, envidioso de la felicidad de los gigantes, había querido destruirlos. Al poco tiempo, los gigantes empezaron a sentirse muy mal. Lila, Tomás y Sofía, desesperados, intentaron ayudarlos, pero era demasiado tarde. Los gigantes, consumidos por la gula y el veneno, murieron.
El Jardín Prohibido, sin sus gigantes, perdió su brillo. Las flores gigantes se marchitaron, los árboles dejaron de dar frutos, y las fuentes de agua chispeante se secaron. Los niños, tristes por la muerte de los gigantes, aprendieron una lección valiosa: la gula, como el veneno, puede llevar a la muerte. Y que la verdadera felicidad se encuentra en compartir, en disfrutar de la belleza, y en valorar la amistad.
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