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Había una vez, en lo más profundo de un bosque donde los árboles cantaban con el viento, una niña llamada Alma. Alma no era una niña común; ella siempre llevaba consigo un morral lleno de curiosidad y un par de botas gastadas por tanto caminar. Vivía en una pequeña aldea que rodeaba las ruinas de lo que alguna vez fue un reino glorioso. Pero lo más asombroso no era la aldea, sino lo que se alzaba sobre el Pico de las Nubes: un castillo de piedra blanca que parecía flotar entre la niebla. Los ancianos decían que en ese castillo habitaba una bestia temible, un lobo gigante que protegía un tesoro prohibido.
Un día, mientras Alma buscaba bayas silvestres, escuchó un aullido. No era un aullido de caza ni de furia; era un sonido cargado de una tristeza tan profunda que hacía vibrar las hojas de los pinos. ¿Quién puede estar tan solo?, se preguntó Alma. Sin pensarlo dos veces, comenzó a subir el sendero empinado hacia el castillo. Caminó durante horas, saltando sobre arroyos que brillaban como plata y esquivando raíces que parecían querer contarle secretos. A medida que subía, el aire se volvía más frío y el silencio más denso.
Al llegar a las puertas del castillo, Alma se encontró con algo inesperado. Las puertas no eran de hierro, sino de madera de roble tallada con flores que nunca se marchitaban. Al empujarlas, el chirrido resonó en el patio vacío. Allí, sentado sobre un trono de musgo, estaba el Lobo. Era inmenso, con un pelaje gris que brillaba como si estuviera tejido con hilos de luna. Sus ojos no eran amarillos de fuego, sino azules como el hielo de un glaciar. El Lobo la miró y, para sorpresa de Alma, habló con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas.
—¿Por qué has venido, pequeña? —preguntó el Lobo—. Aquí solo reina el olvido. Ya no quedan canciones, ni risas, ni banquetes. Solo yo y el silencio de estas piedras.
Alma, que no conocía el miedo porque su corazón era demasiado grande, se acercó un paso. —Escuché tu aullido desde abajo —dijo ella, hablando con la calidez del vos que usaba con su familia—. Viniste a buscarme porque pensaste que tenía hambre, pero yo vine porque pensé que tenías frío en el alma. Mirá este lugar, es hermoso, pero está muy callado.
El Lobo bajó la cabeza, avergonzado. —Soy el guardián de una maldición, niña. Hace cien años, un hechizo transformó al príncipe de este castillo en lo que ves ahora. Me dijeron que solo alguien que no me temiera podría romper el hielo de mi corazón. Pero todos huyen al ver mis colmillos.
Alma se sentó en el suelo, frente a la enorme criatura. —Yo no veo colmillos, veo a alguien que necesita un amigo —dijo ella con una sonrisa. Durante los siguientes días, Alma regresó al castillo cada mañana. Le contaba historias al Lobo sobre la aldea, le enseñaba a identificar el aroma de las flores silvestres y jugaban a las escondidas entre las columnas de mármol. El Lobo, cuyo nombre real era Valerio, comenzó a recordar lo que era reír. El castillo, contagiado por esa alegría, empezó a cambiar. Las enredaderas que cubrían las ventanas florecieron en tonos púrpuras y dorados, y el sol volvió a iluminar los salones de baile.
Una tarde, mientras el sol se ponía pintando el cielo de naranja y carmín, el Lobo se sintió más débil que de costumbre. —Alma —susurró—, el tiempo se agota. Si el hechizo no se rompe antes de que la última estrella de la primavera aparezca, me convertiré en piedra para siempre, y el castillo desaparecerá con el viento.
Alma sintió un nudo en la garganta. Miró hacia arriba y vio que la primera estrella ya empezaba a parpadear en el firmamento. Se acercó al gran Lobo de pelaje lunar y le tomó las patas entre sus pequeñas manos. —No voy a dejar que te conviertas en piedra. Sos mi mejor amigo, Valerio —dijo ella con determinación.
Recordando las historias que su abuela le contaba sobre la magia más antigua del mundo, Alma comprendió que la magia no residía en palabras complicadas ni en varitas de oro, sino en la sinceridad del afecto. El Lobo cerró los ojos, resignado a su destino mineral. Pero entonces, Alma se puso de puntillas y, con toda la ternura de su corazón infantil, le dio un beso suave en el hocico frío.
En ese instante, una explosión de luz blanca envolvió el patio. No fue una luz cegadora, sino una caricia cálida que olía a jazmines y lluvia fresca. El pelaje del Lobo comenzó a transformarse en finas telas de seda, sus garras se convirtieron en manos humanas y su tamaño disminuyó hasta que, frente a Alma, apareció un joven de ojos azules y sonrisa amable. El príncipe Valerio había regresado.
El castillo vibró con una energía nueva. Las antorchas se encendieron solas y una música suave de violines pareció brotar de las mismas paredes. Valerio miró sus manos y luego miró a Alma, con lágrimas de gratitud en los ojos. —Me salvaste —dijo él—. No solo del hechizo, sino de la soledad.
La noticia corrió como el agua por la aldea. La gente, al principio asustada, subió al castillo y encontró que ya no había una bestia, sino un príncipe que los invitaba a celebrar. Alma fue nombrada la Protectora del Castillo, y desde ese día, el Pico de las Nubes dejó de ser un lugar de leyendas oscuras para convertirse en el corazón de la región. El Lobo que ya no era lobo y la niña que nunca tuvo miedo vivieron muchas aventuras más, compartiendo té y cuentos en el jardín de rosas que nunca morían. Y así, con un beso de amistad pura, el invierno eterno del castillo se transformó en una primavera que duró para siempre.
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