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Gratis · elegí una vozUn día soleado, mientras el viento susurraba secretos entre los árboles, un lobo llamado Lorenzo, con un apetito más grande que su barriga, paseaba por el bosque. Lorenzo no era un lobo malo, solo era… ¡muy, muy hambriento! Su estómago gruñía como un trueno lejano. De repente, ¡oh, sorpresa!, Lorenzo se encontró con tres chanchitos jugando alegremente en un claro. Eran Rosita, el más pequeño y juguetón; Benito, el mediano y un poco nervioso; y Gustavo, el mayor, que siempre pensaba en soluciones prácticas.
Lorenzo, con los ojos brillantes, se acercó disimuladamente. “¡Hola, chanchitos!”, saludó con una voz que intentaba sonar amable, aunque le costaba mucho. “¿Qué tal su día?”.
Rosita, inocente y confiada, respondió: “¡Es un día maravilloso, señor lobo! Estamos jugando a construir castillos de arena”.
Benito, más cauteloso, se escondió un poco detrás de Gustavo. Gustavo, con su voz firme, dijo: “Estamos bien, señor lobo. ¿Necesita algo?”.
Lorenzo se relamió los labios. “¡Oh, nada, nada! Solo estaba admirando su… ¡trabajo! Qué castillos tan… apetitosos”, dijo, casi sin querer. Los chanchitos se miraron entre ellos, sintiendo un escalofrío.
Gustavo, el más inteligente, comprendió enseguida las intenciones del lobo. “¡Gracias, señor lobo! Pero, ¿sabe? Estamos a punto de irnos a casa a construir nuestras propias casas. ¡Quizás otro día pueda admirar nuestros castillos!”.
Lorenzo, decepcionado, no pudo más que asentir. Los tres chanchitos, apresuradamente, se despidieron y corrieron cada uno en una dirección diferente.
Rosita, la más pequeña, decidió construir su casa de paja. Era rápida y fácil, y Rosita quería volver a jugar cuanto antes. En un abrir y cerrar de ojos, su casita de paja estaba lista. ¡Qué contenta estaba!
Benito, un poco más precavido, construyó su casa de madera. Era más resistente que la de paja, pero aún no era lo suficientemente fuerte para sentirse completamente seguro. Tardó un poco más, pero al final, su casita de madera también estaba lista.
Gustavo, el más sabio, sabía que la seguridad era lo primero. Por eso, decidió construir su casa de ladrillo. Era la más difícil y la que más tiempo le llevaría, pero sabía que valdría la pena. Trabajó duro, ladrillo a ladrillo, con paciencia y determinación. Día tras día, su casa de ladrillo fue tomando forma, fuerte y sólida como una roca.
Mientras tanto, Lorenzo, con su estómago rugiendo cada vez más fuerte, encontró primero la casa de Rosita. “¡A ver, chanchito, ábreme la puerta!”, gritó con su voz más amenazante.
Rosita, asustada, respondió: “¡No, no te abriré!”.
Lorenzo, furioso, sopló y sopló con todas sus fuerzas. La casita de paja no pudo resistir el viento huracanado del lobo y se derrumbó en un instante. Rosita, temblando, corrió a refugiarse en la casa de Benito.
Lorenzo, sonriendo maliciosamente, se dirigió a la casa de madera. “¡Abridme la puerta, chanchitos!”, gritó. “¡O soplaré y soplaré y vuestra casa derribaré!”.
Benito y Rosita, abrazados con miedo, respondieron: “¡No, no te abriremos!”.
Lorenzo, sin dudarlo, sopló y sopló con todas sus fuerzas. La casita de madera tembló, crujió y finalmente se vino abajo. Benito y Rosita, aterrorizados, corrieron a toda velocidad hacia la casa de Gustavo.
Gustavo, al verlos llegar, los recibió con alivio. “¡Entrad, entrad rápido! Aquí estaréis seguros”.
Lorenzo, más hambriento y enfadado que nunca, llegó frente a la casa de ladrillo. “¡Abridme la puerta, chanchitos!”, bramó. “¡O soplaré y soplaré y vuestra casa derribaré!”.
Gustavo, con voz tranquila, respondió: “¡Sopla todo lo que quieras, lobo! Esta casa no se caerá”.
Lorenzo sopló y sopló, con todas sus fuerzas, una y otra vez. Pero la casa de ladrillo ni siquiera se movió. Estaba construida para resistir cualquier cosa. Lorenzo estaba agotado, pero la casa seguía intacta.
Cansado y frustrado, Lorenzo tuvo una idea. “¡Entraré por la chimenea!”, pensó. Subió al tejado y se preparó para deslizarse por la chimenea.
Pero Gustavo, que había estado observando todo, preparó una gran olla con agua hirviendo debajo de la chimenea. Lorenzo, al caer, ¡aterrizó directamente en el agua caliente! Gritó de dolor y salió corriendo de la casa, con el trasero ardiendo.
Desde ese día, Lorenzo nunca más volvió a molestar a los tres chanchitos. Aprendió que la inteligencia y el trabajo duro son más fuertes que el hambre y la fuerza bruta. Los tres chanchitos vivieron felices y seguros en la casa de ladrillo de Gustavo, aprendiendo a ser precavidos y a ayudarse mutuamente. Y Lorenzo, bueno, Lorenzo aprendió a cazar bayas y a pescar en el río, ¡y a nunca subestimar el ingenio de tres pequeños chanchitos!
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