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Gratis · elegí una voz¡Ay, Nicolás! Era conocido en toda la Escuela Arcoíris como el rey de las travesuras. No es que fuera malo, ¡para nada! Simplemente, su curiosidad era… ¡enorme! Y su energía, ¡inagotable! Al día siguiente, toda la clase de segundo iba de excursión al Parque Aventura, un lugar lleno de toboganes gigantes, puentes colgantes y, lo más emocionante para Nicolás, una antigua casita de juegos de madera que parecía sacada de un cuento de hadas.
La noche antes de la excursión, Nicolás no podía dormir. Imaginaba mil aventuras en el Parque Aventura, especialmente dentro de la misteriosa casita. Se decía que la casita estaba… ¡maldita! Según la leyenda, un niño travieso, hace muchos años, había cerrado la puerta con llave y se había escondido dentro, asustando a todos. Desde entonces, a veces, la puerta se cerraba sola, atrapando a quien estuviera dentro.
Por supuesto, Nicolás no creía en maldiciones. Pero la idea de la casita cerrada, el misterio que la rodeaba, le resultaba irresistible.
Al día siguiente, en el Parque Aventura, la clase de segundo estaba emocionadísima. La señorita Elena, con su sonrisa amable, les recordó las normas: "¡Nada de alejarse del grupo! ¡Y cuidado con la casita antigua! ¡Es peligrosa!"
Nicolás asintió con la cabeza, pero sus ojos ya estaban clavados en la casita de madera. Estaba un poco alejada del resto de los juegos, como si estuviera escondida a propósito.
Mientras la señorita Elena organizaba un juego con la pelota, Nicolás, con la excusa de ir a buscar un palo para dibujar en la arena, se fue acercando, sigilosamente, a la casita. La puerta estaba entreabierta, invitándolo a entrar.
"¡No pasará nada!", se dijo Nicolás, empujando la puerta. La casita olía a madera vieja y a polvo. Era pequeña, pero acogedora. Había una mesita redonda y dos sillitas de madera, como si alguien estuviera esperando para tomar el té. Nicolás examinó la puerta. Era una puerta vieja, con un cerrojo grande y oxidado.
De repente, un golpe de viento sacudió la casita. La puerta se cerró de golpe, con un "¡clac!" que hizo eco en el interior. Nicolás intentó abrirla, pero la puerta estaba atascada. Empujó con todas sus fuerzas, pero no se movía. El cerrojo parecía haberse trabado.
"¡Oh, no! ¡La maldición!", pensó Nicolás, sintiendo un escalofrío. Aunque no creía en esas cosas, el miedo empezaba a apoderarse de él.
Empezó a gritar: "¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Estoy atrapado!". Pero el viento era fuerte y sus gritos se perdían entre las risas de los demás niños que jugaban lejos.
Mientras tanto, la señorita Elena se dio cuenta de que Nicolás no estaba con el grupo. "¡Nicolás! ¿Dónde está Nicolás?", preguntó, preocupada. Todos empezaron a buscarlo.
Ana, la mejor amiga de Nicolás, recordó haberlo visto acercándose a la casita. "¡Señorita Elena! ¡Creo que Nicolás está en la casita!", exclamó, señalando el lugar.
La señorita Elena corrió hacia la casita, seguida por los demás niños. "¡Nicolás! ¿Estás ahí?", gritó.
Desde dentro, Nicolás escuchó la voz de la señorita Elena. "¡Señorita Elena! ¡Estoy atrapado! La puerta no se abre", respondió, aliviado.
La señorita Elena intentó abrir la puerta, pero era inútil. El cerrojo estaba atascado. "Tranquilo, Nicolás. ¡Ya encontraremos la forma de abrir la puerta!", dijo, tratando de calmarlo.
Entre todos, empujaron la puerta, pero nada. Entonces, a Pedro, el niño más fuerte de la clase, se le ocurrió una idea. "¡Tenemos que buscar algo para hacer palanca!", dijo.
Buscaron por todas partes y encontraron una rama gruesa que había caído de un árbol. Con la ayuda de la señorita Elena, Pedro metió la rama entre la puerta y el marco y, haciendo mucha fuerza, ¡crack!, el cerrojo cedió.
La puerta se abrió de golpe y Nicolás salió corriendo, abrazando a la señorita Elena. "¡Gracias! ¡Estaba muy asustado!", dijo, con lágrimas en los ojos.
La señorita Elena lo abrazó con fuerza. "Nicolás, ¡nunca más te alejes del grupo! ¡Y no creas en las maldiciones! A veces, las cosas simplemente se atascan", le dijo, sonriendo.
Después de ese día, Nicolás siguió siendo travieso, pero aprendió una lección importante. Y aunque la leyenda de la casita encantada seguía viva, nadie volvió a quedar atrapado. Quizás, la verdadera maldición era la de la curiosidad desmedida. Y Nicolás, con su sonrisa pícara, era el mejor ejemplo de ello.
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