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Gratis · elegí una vozEn las afueras del pueblo de Villa Alegre, cerca del río Remolino, se encontraba una cueva muy antigua llamada la Cueva Eredia. Los niños del pueblo contaban historias sobre ella, historias de tesoros escondidos y criaturas fantásticas. Pero la historia más repetida, la que hacía temblar a los más valientes, era la del Chucy Glotón. Decían que cada cliente que entraba a la cueva, ¡nunca salía!
Chucy, no era un monstruo espantoso, ni un dragón escupefuego. Chucy era un perezoso, un perezoso muy, muy grande y extraordinariamente… glotón. Vivía en lo más profundo de la Cueva Eredia, dormitando entre estalactitas y estalagmitas. No comía carne, ni plantas, ni siquiera miel. Chucy se alimentaba de… ¡curiosidad! Cada persona que entraba a la cueva, atraída por el misterio, liberaba una burbuja gigante de curiosidad. Chucy, con su lengua larga y pegajosa, ¡POP!, la reventaba y absorbía toda esa energía de preguntas y asombro.
Un día, una niña llamada Lucía, valiente y aventurera, decidió desentrañar el misterio de la Cueva Eredia. Lucía no creía en monstruos, pero sí en la magia de la exploración. Preparó su mochila con una linterna, una lupa, una libreta y un lápiz. Antes de partir, su abuela, Doña Elena, le dio un consejo: “Lucía, la curiosidad es buena, pero la verdadera aventura está en compartir lo que descubres”.
Lucía se adentró en la cueva. Al principio, todo era oscuridad y silencio. El eco de sus pasos resonaba en las paredes de piedra. Poco a poco, comenzó a ver formaciones rocosas impresionantes, brillantes minerales incrustados en las paredes y pequeñas cascadas subterráneas. Estaba fascinada. Su curiosidad crecía a cada paso, liberando pequeñas burbujas de asombro.
De repente, escuchó un ronquido suave, como el de un motorcito viejo. Siguió el sonido hasta llegar a una gran sala iluminada por la luz que se filtraba por una grieta en el techo. Allí, acurrucado en una cama de musgo, estaba Chucy. Era enorme, peludo y tenía una sonrisa boba en la cara.
Lucía sintió un poco de miedo, pero recordó el consejo de su abuela. Se acercó lentamente a Chucy y le dijo: “Hola, Chucy. Soy Lucía. He venido a explorar la cueva”.
Chucy abrió un ojo perezosamente. Vio a Lucía y, sin poder evitarlo, sintió una gran burbuja de curiosidad salir de ella. Estaba a punto de lanzar su lengua cuando Lucía sacó su libreta y su lápiz.
“Estoy dibujando todo lo que veo”, le explicó Lucía. “¿Quieres que te dibuje a ti?”.
Chucy, sorprendido, asintió lentamente. Lucía comenzó a dibujar. Dibujó sus grandes garras, su pelaje desordenado, su sonrisa boba y sus enormes ojos soñolientos. Mientras dibujaba, le contaba a Chucy sobre el pueblo de Villa Alegre, sobre el río Remolino, sobre los niños que jugaban en la plaza.
Chucy escuchaba atentamente. Nunca nadie le había contado historias. Siempre llegaban, liberaban su curiosidad y se iban… o mejor dicho, se quedaban, convertidos en parte del musgo que adornaba la cueva. Pero Lucía era diferente. Ella no solo sentía curiosidad, sino que también compartía su mundo.
Cuando Lucía terminó el dibujo, se lo mostró a Chucy. Chucy sonrió. Era la primera vez que veía su imagen reflejada en algo más que el agua de las cascadas subterráneas. Sintió algo nuevo, algo diferente a la curiosidad. Sintió… ¡amistad!
Lucía y Chucy pasaron el resto de la tarde explorando la cueva juntos. Lucía le mostró las formaciones rocosas más interesantes, los minerales más brillantes y las cascadas más hermosas. Chucy, a cambio, le contó historias de la cueva, historias que había escuchado del eco de las voces a lo largo de los siglos.
Al caer la noche, Lucía se despidió de Chucy. “Tengo que volver a casa”, le dijo. “Pero prometo que volveré mañana”.
Chucy se sintió triste al verla partir. Pero esta vez, no intentó retenerla. Sabía que Lucía volvería, no por curiosidad, sino por amistad.
Lucía salió de la Cueva Eredia. Los niños del pueblo la esperaban ansiosamente. Cuando la vieron, corrieron a su encuentro. “¿Qué pasó, Lucía? ¿Viste al Chucy Glotón? ¿Estás bien?”.
Lucía sonrió. “Sí, vi al Chucy Glotón”, les dijo. “Y no es un monstruo. Es un perezoso muy grande que solo necesita un poco de… ¡amistad!”.
Lucía les contó a los niños todo sobre Chucy y sobre la Cueva Eredia. Les mostró sus dibujos y les invitó a visitarla con ella al día siguiente. Al principio, los niños sintieron un poco de miedo, pero la valentía y la alegría de Lucía eran contagiosas.
Al día siguiente, Lucía y los niños de Villa Alegre entraron a la Cueva Eredia. Chucy los esperaba con una sonrisa. Desde ese día, la Cueva Eredia se convirtió en un lugar de encuentro, un lugar donde la curiosidad se combinaba con la amistad y la aventura. Y el Chucy Glotón, dejó de ser glotón de curiosidad, para convertirse en un glotón de… ¡historias y amigos! La cueva Eredia ya no retenía a nadie, ahora todos querían volver.
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