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Gratis · elegí una vozEn el Colegio Sol Brillante, la clase de la Señorita Elena era conocida por su energía y entusiasmo. Pero últimamente, algo andaba mal. Una nube de ira parecía flotar sobre los estudiantes de 12 años. Pequeñas discusiones se convertían en grandes peleas, los lápices se rompían con frustración y las puertas se cerraban de golpe. El epicentro de este malestar parecía ser una misteriosa Montaña Gruñona imaginaria que cada uno llevaba dentro.
Un día, durante una clase de arte, la Señorita Elena notó a Sofía, generalmente una niña alegre, con el rostro rojo y los puños apretados. Estaba intentando pintar un sol, pero la pintura se había corrido y manchado todo el papel. "¡Esto es imposible!" exclamó Sofía, a punto de llorar.
La Señorita Elena se acercó con calma. "Sofía, veo que la Montaña Gruñona está haciendo de las suyas hoy, ¿verdad?" Sofía asintió, con lágrimas en los ojos.
La Señorita Elena explicó a toda la clase: "Todos tenemos una Montaña Gruñona dentro de nosotros. Es un lugar donde guardamos la ira, la frustración y el enfado. A veces, esa montaña se hace muy grande y nos impide ver con claridad. Pero, ¿sabéis qué? ¡Podemos aprender a escalar esa montaña y llegar a la cima, donde encontraremos la calma!"
Propuso una actividad: cada uno dibujaría su propia Montaña Gruñona, incluyendo todos los sentimientos negativos que la alimentaban. Luego, escribirían tres formas de escalar esa montaña. Daniel dibujó una montaña con relámpagos y truenos. Escribió que su montaña crecía cuando su hermano le quitaba sus juguetes. Sus tres formas de escalar la montaña eran: respirar hondo diez veces, hablar con su hermano sobre cómo se sentía, y jugar a otra cosa.
María dibujó una montaña llena de espinas. Su montaña crecía cuando no entendía las matemáticas. Sus formas de escalar la montaña eran: pedir ayuda a la Señorita Elena, intentar resolver el problema paso a paso, y recordar que equivocarse es parte del aprendizaje.
Sofía dibujó una montaña oscura y llena de humo. Su montaña crecía cuando sentía que no era buena en nada. Sus formas de escalar la montaña eran: recordar todas las cosas que sí sabía hacer bien, hablar con su mejor amiga, y concentrarse en el proceso, no en el resultado.
La Señorita Elena también compartió su propia Montaña Gruñona. Explicó que la suya crecía cuando se sentía abrumada por el trabajo. Sus formas de escalarla eran: tomarse un descanso para leer un libro, escuchar música relajante, y pedir ayuda a sus compañeros maestros.
Después de la actividad, la clase se sintió más ligera. Habían compartido sus miedos y frustraciones, y habían aprendido estrategias para manejar la ira. Pero la Señorita Elena aún tenía un truco bajo la manga.
"Ahora, vamos a construir una Caja de la Calma", anunció. La caja era una simple caja de cartón decorada con colores brillantes y mensajes positivos. Dentro, pusieron objetos que les ayudaran a relajarse: una piedra lisa para acariciar, una pluma suave para sentir, una botella con brillantina para observar cómo caía, y una lista de afirmaciones positivas.
Cuando alguien sentía que la Montaña Gruñona crecía demasiado, podía ir a la Caja de la Calma y elegir un objeto para ayudarle a relajarse. Daniel tomaba la piedra y la apretaba con fuerza, imaginando que estaba apretando su ira. María observaba la brillantina caer, sintiendo cómo sus pensamientos negativos se disipaban. Sofía leía las afirmaciones positivas, recordando su valor y potencial.
Con el tiempo, la Montaña Gruñona de cada estudiante se hizo más pequeña. Aprendieron a reconocer las señales de la ira y a utilizar sus herramientas para controlarla. La clase de la Señorita Elena volvió a ser un lugar lleno de alegría y colaboración. Descubrieron que la ira no era un monstruo invencible, sino una emoción que podían aprender a comprender y manejar. Y lo más importante, aprendieron que no estaban solos en su lucha contra la Montaña Gruñona. Siempre podían contar con sus compañeros y con la Señorita Elena para escalar juntos hacia la calma.
Un día, Sofía, Daniel y María estaban trabajando juntos en un proyecto. Daniel cometió un error que arruinó parte del trabajo. En el pasado, se habría enfadado mucho. Pero esta vez, respiró hondo, tomó la piedra de la Caja de la Calma y dijo: "No pasa nada, podemos arreglarlo juntos". Sofía y María sonrieron. Sabían que habían escalado su Montaña Gruñona con éxito. Y juntos, construyeron un proyecto aún mejor que el anterior. La Montaña Gruñona había sido derrotada, al menos por hoy.
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