Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozEma amaba jugar en el patio. Era un patio grande, con un árbol frondoso donde los pájaros cantaban melodías alegres. Su juguete favorito era su pelota roja y brillante. Cada mañana, después de desayunar, corría al patio con la pelota en la mano, lista para una nueva aventura.
Un día, Ema salió al patio con Susi, su muñeca preferida, y su oso de peluche, Osito. “¡Vamos a jugar al escondite, Susi! ¡Y tú, Osito, serás el juez!”, exclamó Ema, lanzando la pelota al aire. La pelota rebotó alegremente y luego… ¡desapareció!
Ema buscó por todas partes. Miró detrás del árbol, debajo de las macetas de flores de Mamá, incluso revisó si la pelota se había escondido entre las hojas caídas. “¡Oh, no! ¿Dónde está mi pelota?”, se lamentó Ema, con los ojos llenos de lágrimas.
Susi, la muñeca, permanecía sentada en el banco, observando con sus ojos de botón. Osito, el oso de peluche, parecía preocupado, con su nariz de fieltro arrugada.
De repente, Ema escuchó un pequeño ruido. Un “¡croac!” provenía de un rincón del patio que nunca antes había explorado. Con cautela, se acercó al sonido. Allí, junto a un pequeño estanque con nenúfares, vio un sapo verde y regordete. ¡Y en la boca del sapo… estaba su pelota roja!
Ema se quedó boquiabierta. ¿Cómo era posible que el sapo tuviera su pelota? Se acercó al sapo con cuidado. “Hola, señor Sapo,” dijo Ema con voz suave. “Esa es mi pelota. ¿Podrías, por favor, devolvérmela?”
El sapo la miró fijamente con sus grandes ojos dorados. Parecía pensativo. Luego, con un esfuerzo, escupió la pelota. La pelota rodó hasta los pies de Ema.
Ema recogió su pelota, aliviada. Estaba un poco babosa, pero no importaba. ¡La tenía de vuelta! “¡Gracias, señor Sapo!”, exclamó Ema. “No sé por qué tenías mi pelota, pero estoy muy contenta de que me la hayas devuelto.”
El sapo simplemente croó y saltó de nuevo al estanque.
Ema corrió hacia Susi y Osito, abrazando su pelota con fuerza. “¡La encontré! ¡El sapo la tenía!”, les contó emocionada.
Susi, con su sonrisa cosida, pareció alegrarse. Osito, con su pelaje suave, se sintió reconfortado.
Ema decidió que era mejor jugar en un lugar donde los sapos no pudieran alcanzar su pelota. Se mudó a una zona más abierta del patio, lejos del estanque.
Jugó con Susi y Osito durante toda la tarde. Lanzó la pelota al aire, la hizo rebotar en el suelo y la pateó con todas sus fuerzas. Se aseguró de que la pelota nunca se alejara demasiado.
Cuando Mamá la llamó para cenar, Ema guardó su pelota con cuidado en su caja de juguetes. “¡Qué aventura!”, pensó Ema. “Nunca olvidaré el día en que el sapo se robó mi pelota.”
Esa noche, antes de dormir, Ema abrazó a Susi y a Osito. Les contó una y otra vez la historia del sapo y la pelota desaparecida. Susi escuchaba con atención, sin pestañear. Osito la abrazaba con sus suaves patas.
Ema se quedó dormida, soñando con sapos, pelotas rojas y aventuras en el patio. Sabía que, aunque a veces las cosas se perdieran, siempre había una forma de encontrarlas. Y a veces, ¡hasta los sapos podían ayudar!
Al día siguiente, Ema volvió al patio. Saludó al árbol, a las flores de Mamá y, por supuesto, al estanque con los nenúfares. Vio al sapo tomando el sol en una hoja. Le sonrió y el sapo le devolvió la sonrisa con un pequeño “¡croac!”. Ema sabía que, aunque el sapo había tomado su pelota, en el fondo era un buen sapo. Y Ema, con su pelota en la mano, estaba lista para una nueva aventura en el patio.
Desde ese día, Ema siempre tuvo cuidado con su pelota cuando jugaba cerca del estanque. Y cada vez que veía un sapo, le sonreía y le agradecía por haberle devuelto su juguete favorito. El patio, con sus secretos y sorpresas, era el lugar perfecto para jugar y soñar. Y Ema, con su pelota, Susi, Osito y su imaginación, estaba lista para explorarlo todo.
Un día, Ema incluso construyó una pequeña casa para el sapo, hecha de piedras y hojas. Le puso un pequeño plato con agua fresca y algunas moscas pequeñas que había atrapado con cuidado. El sapo pareció apreciar el gesto y se mudó a su nueva casa. Ahora, Ema tenía un nuevo amigo en el patio, un amigo que, aunque a veces hacía travesuras, siempre estaba ahí para saludarla con un alegre “¡croac!”
Y así, Ema siguió jugando en el patio, con su pelota, Susi, Osito y su nuevo amigo sapo. Cada día era una nueva aventura, llena de risas, juegos y la magia de la infancia. El patio era su reino, y ella, la reina de la imaginación.
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