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Gratis · elegí una vozSofía y Tomás adoraban visitar a su abuelo Aurelio en su vieja casa junto al mar. El abuelo era un inventor excéntrico, con un laboratorio lleno de chismes y cacharros que hacían ruidos extraños. Pero lo que más les fascinaba era la colección de esferas brillantes que guardaba en una vitrina especial. Eran de todos los tamaños y colores, y parecían contener galaxias enteras en su interior.
Un día, el abuelo Aurelio les contó un secreto. "Estas esferas," dijo con voz misteriosa, "no son de este mundo. Las encontré hace muchos años, varadas en la playa después de una tormenta inusual. Creo que provienen de un lugar... muy, muy lejano."
Sofía, la mayor, era curiosa por naturaleza. "¿De dónde, abuelo? ¿Qué hay dentro?"
El abuelo suspiró. "No lo sé con certeza. Pero he tenido sueños… sueños extraños desde que las tengo. Sueños de mundos infinitos, llenos de patrones… patrones que me hacen sentir… incómodo."
Tomás, siempre más cauteloso, frunció el ceño. "¿Incómodo? ¿Como cuando ves muchos agujeros juntos?"
El abuelo lo miró sorprendido. "¡Exactamente! Como… como un panal de abejas gigante, o la superficie de una esponja marina ampliada mil veces. Es… repulsivo. Pero a la vez… fascinante."
Esa noche, Sofía no podía dejar de pensar en las esferas. Decidió que debía investigar. A la mañana siguiente, mientras el abuelo dormía la siesta, convenció a Tomás para que la acompañara al laboratorio.
Con cuidado, abrieron la vitrina. La esfera más pequeña, una de color verde esmeralda, parecía vibrar suavemente. Sofía la tomó en sus manos. Era sorprendentemente ligera, como si estuviera vacía.
De repente, la esfera comenzó a brillar con más intensidad. Sofía y Tomás se quedaron paralizados. La luz verde se extendió por todo el laboratorio, iluminando las paredes con patrones extraños: círculos concéntricos, espirales que se repetían sin fin, formas que parecían colmenas gigantes.
Tomás se tapó los ojos. "¡No puedo ver! ¡Me da… me da asco!"
Sofía sintió lo mismo. Una sensación de repulsión la invadió, como si algo dentro de ella se rebelara contra esos patrones. Pero al mismo tiempo, una curiosidad irresistible la impulsaba a seguir mirando.
De pronto, la luz verde desapareció. La esfera volvió a su brillo normal. Sofía la dejó caer sobre la mesa, temblando.
"¿Qué fue eso?" preguntó Tomás, aún con los ojos cerrados.
"Creo… creo que vimos algo de lo que hay dentro," respondió Sofía, con la voz temblorosa.
En ese momento, el abuelo Aurelio entró en el laboratorio. Parecía preocupado.
"¿Han estado jugando con las esferas?" preguntó.
Sofía y Tomás asintieron, avergonzados.
El abuelo suspiró. "Sabía que esto pasaría. Estas esferas son poderosas, y pueden afectar a la mente. Pero no son peligrosas, al menos no directamente. Son… ventanas. Ventanas a otros mundos, a otras formas de vida, a otras formas de pensar."
"¿Y esos patrones?" preguntó Tomás. "¿Por qué nos hacen sentir tan mal?"
El abuelo reflexionó un momento. "Creo que esos patrones son tan diferentes a lo que estamos acostumbrados, que nuestro cerebro los rechaza. Son… anti-naturales, para nosotros. Pero quizás, para aquellos que los crearon, son la esencia misma de la belleza."
El abuelo Aurelio les explicó que las esferas eran artefactos de una civilización muy antigua, una civilización que había trascendido las limitaciones del espacio y el tiempo. Habían creado las esferas como una forma de comunicarse, de compartir su conocimiento con otros mundos.
"Pero también," añadió el abuelo, "eran conscientes de que su conocimiento podía ser… perturbador. Por eso, las esferas solo revelan fragmentos, pequeños vistazos a su realidad. Suficiente para despertar la curiosidad, pero no tanto como para volvernos locos."
Desde ese día, Sofía y Tomás siguieron visitando al abuelo Aurelio y sus esferas brillantes. Aprendieron a apreciar la belleza en lo extraño, a comprender que existen cosas en el universo que van más allá de su imaginación. Ya no sentían tanto asco al ver los patrones, sino más bien una mezcla de asombro y respeto. Entendieron que el miedo a lo desconocido es natural, pero que la curiosidad es lo que nos impulsa a descubrir nuevos mundos, tanto dentro como fuera de nosotros mismos.
El abuelo Aurelio continuó investigando las esferas, siempre con precaución. Y aunque nunca llegaron a comprender completamente el misterio de su origen, Sofía y Tomás sabían que las esferas del abuelo Aurelio eran mucho más que simples objetos brillantes. Eran puertas a lo infinito, recordatorios constantes de que el universo es un lugar vasto, misterioso y lleno de maravillas inimaginables.
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