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Gratis · elegí una vozEn el Bosque Susurrante, vivía un búho llamado Bernardo. No era un búho cualquiera. Bernardo tenía unos ojos grandes y brillantes, casi tan brillantes como las estrellas que tanto amaba observar desde la rama más alta del árbol más viejo del bosque. Todas las noches, después de cenar un delicioso plato de gusanos de seda (su manjar favorito), Bernardo se acomodaba y miraba al cielo. Contaba las estrellas, les susurraba secretos y soñaba con volar hasta la luna.
Una noche, algo extraño sucedió. Bernardo, como siempre, estaba listo para su ritual nocturno. Pero cuando miró hacia arriba, ¡oh, no! ¡Las estrellas habían desaparecido! El cielo estaba vacío, oscuro y triste. Bernardo se sintió tan triste como el cielo. "¡Esto es terrible!", exclamó. "¿A dónde se habrán ido mis amigas las estrellas?".
Preocupado, Bernardo voló hacia la casa de Doña Tortuga, la sabia del bosque. Doña Tortuga vivía en una casita hecha de raíces de árboles y tenía la fama de saberlo todo. Después de saludarla cortésmente, Bernardo le contó lo que había pasado.
Doña Tortuga escuchó atentamente, con su cabeza arrugada inclinada hacia un lado. Cuando Bernardo terminó, ella suspiró profundamente. "Ay, Bernardo", dijo Doña Tortuga, "esto es un problema serio. He oído rumores de que un duende travieso, llamado Pillo, está robando las estrellas para decorar su cueva".
Bernardo se sorprendió. "¿Un duende robando estrellas? ¡Eso es imposible! Pero...", pensó un momento. "¡Pero Pillo siempre ha sido un poco travieso! ¿Dónde vive ese duende?".
Doña Tortuga le indicó el camino hacia la Cueva Oscura, donde se rumoreaba que vivía Pillo. "Ten cuidado, Bernardo", advirtió Doña Tortuga. "Pillo es astuto y no le gusta que lo molesten".
Bernardo voló con valentía hacia la Cueva Oscura. El camino era largo y lleno de obstáculos, pero la idea de recuperar las estrellas le daba fuerzas. Finalmente, llegó a la entrada de la cueva. Era un lugar sombrío y tenebroso, con un olor a tierra húmeda y a travesura.
Con el corazón latiendo a mil por hora, Bernardo entró en la cueva. Al principio, no veía nada, pero poco a poco sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. Y entonces, ¡allí estaba! En el fondo de la cueva, Pillo el duende, rodeado de estrellas brillantes que colgaban del techo como si fueran guirnaldas. Pillo estaba sentado en una seta gigante, riendo a carcajadas.
"¡Pillo!", gritó Bernardo. "¿Por qué has robado las estrellas? ¡El cielo está triste sin ellas!".
Pillo dejó de reír y miró a Bernardo con una sonrisa maliciosa. "¿Y qué?", dijo Pillo. "A mí me gustan las estrellas. Hacen que mi cueva sea mucho más bonita".
Bernardo intentó razonar con Pillo. Le explicó lo importante que eran las estrellas para el bosque, para los animales que las usaban para orientarse y para los niños que soñaban con ellas. Pero Pillo no parecía escuchar.
Entonces, Bernardo tuvo una idea. "Pillo", dijo, "entiendo que te gustan las estrellas, pero ¿sabías que las estrellas brillan aún más cuando están en el cielo? Si las devuelves, todo el bosque podrá disfrutar de su belleza".
Pillo se quedó pensativo por un momento. Nunca había pensado en eso. Siempre había pensado que las estrellas eran solo para él.
"¿De verdad?", preguntó Pillo. "¿Brillarán más si las devuelvo al cielo?".
"¡Por supuesto!", respondió Bernardo. "Y además, todos los animales del bosque te lo agradecerán. Serás un héroe".
A Pillo le gustó la idea de ser un héroe. Después de todo, aunque era un poco travieso, en el fondo tenía un buen corazón.
Con la ayuda de Bernardo, Pillo comenzó a devolver las estrellas al cielo. Una por una, las estrellas volvieron a ocupar su lugar, iluminando el Bosque Susurrante. El cielo, que antes estaba triste y vacío, volvió a brillar con alegría.
Cuando la última estrella fue devuelta, Pillo y Bernardo se sentaron juntos a contemplar la belleza del cielo estrellado. Pillo sonrió. "Tenías razón, Bernardo", dijo Pillo. "Las estrellas son mucho más bonitas aquí arriba".
Desde esa noche, Pillo y Bernardo se hicieron buenos amigos. Pillo dejó de robar cosas y se dedicó a ayudar a los demás. Y Bernardo, cada noche, siguió contando las estrellas, ahora con un amigo a su lado. Y el Bosque Susurrante, iluminado por las estrellas, vivió feliz para siempre.
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