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Gratis · elegí una vozEra una noche oscura, tan oscura que las estrellas parecían haberse escondido detrás de una manta de terciopelo negro. Yo, Sofía, estaba sentada en el columpio del jardín, intentando contar grillos en lugar de ovejas para conciliar el sueño. El crujido rítmico de las cadenas era el único sonido que rompía el silencio. De repente, apareció.
No vino volando, ni saltando. Simplemente… estuvo allí. Sentado en la rama más alta del viejo manzano, una silueta imponente contra la negrura. Era un búho, un búho enorme, mucho más grande que cualquiera que hubiera visto antes. Sus plumas parecían absorber la poca luz que quedaba, haciéndolo casi invisible. Pero sus ojos… ¡sus ojos!
Me miraba con sus ojos marrones, dos pozos profundos y brillantes. No eran los ojos curiosos de un animal salvaje. Era una mirada… profunda, una mirada de esas que te hielan el alma y te sacan de tus cabales. Sentí como si me estuviera examinando, como si pudiera ver todos mis secretos, mis miedos, mis sueños. Era una sensación extraña, inquietante pero a la vez fascinante.
Apenas pestañee. Un segundo, tal vez menos. Y ya no estaba. Había desaparecido, esfumándose en la noche como si nunca hubiera existido. El manzano volvió a ser solo un árbol, y el jardín, solo un jardín. Pero su mirada… su mirada quedó grabada en mi ser. Sentía como si una pequeña parte de mí se hubiera quedado atrapada en esos ojos marrones.
Corrí a contárselo a mi abuela, la abuela Elena. Ella siempre tenía una explicación para todo, incluso para las cosas más extrañas. La abuela Elena era una mujer sabia, con el pelo blanco recogido en un moño y una arruga en la frente que parecía contar historias. Me escuchó con atención, sin interrumpir, mientras yo le describía al búho y su mirada penetrante.
Cuando terminé, la abuela Elena sonrió suavemente. “Ah, Sofía,” dijo, “ese búho… ese búho te estaba mostrando algo.”
“¿Mostrando qué, abuela?” pregunté, intrigada.
“Te estaba mostrando tu propia sabiduría, tu propia fuerza,” respondió la abuela Elena. “A veces, la noche nos asusta, pero también nos revela cosas importantes sobre nosotros mismos. Ese búho era un mensajero, un recordatorio de que dentro de ti hay una luz que puede brillar incluso en la oscuridad más profunda.”
No entendí del todo lo que quería decir la abuela Elena, pero sus palabras me hicieron sentir un poco mejor. Esa noche, antes de dormir, me quedé mirando la luna. Ya no sentía miedo, sino curiosidad. ¿Qué era esa luz de la que hablaba mi abuela? ¿Cómo podía encontrarla?
Al día siguiente, decidí explorar el bosque que rodeaba nuestra casa. Siempre me había dado un poco de miedo adentrarme en él, pero ahora sentía una extraña necesidad de hacerlo. Quería encontrar respuestas, quería entender el mensaje del búho.
Caminé durante horas, sorteando árboles y saltando sobre raíces. El bosque estaba lleno de sonidos: el canto de los pájaros, el susurro del viento entre las hojas, el crujido de las ramas bajo mis pies. Encontré setas de colores, flores silvestres y una pequeña ardilla que me observaba con curiosidad.
De repente, llegué a un claro. En el centro del claro, había un viejo roble, mucho más grande y antiguo que cualquier otro árbol que hubiera visto. Sus ramas se extendían hacia el cielo como brazos protectores, y su tronco estaba cubierto de musgo y líquenes. Me senté al pie del roble y cerré los ojos.
Respiré profundamente, sintiendo el olor a tierra húmeda y hojas secas. Escuché el latido de mi propio corazón. Y entonces, lo entendí. La luz de la que hablaba mi abuela no era algo que tenía que encontrar fuera de mí. Estaba dentro de mí, siempre había estado ahí. Era mi curiosidad, mi valentía, mi capacidad de amar y de aprender.
Abrí los ojos y sonreí. El bosque ya no me daba miedo. Era un lugar mágico, lleno de secretos y maravillas. Me levanté y seguí caminando, explorando, aprendiendo.
Nunca volví a ver al búho de ojos profundos, pero su mirada nunca me abandonó. Me recordaba constantemente que la oscuridad no es algo que hay que temer, sino una oportunidad para encontrar nuestra propia luz. Y cada vez que miraba la luna, le agradecía al búho por haberme mostrado el camino.
Desde entonces, Sofía ya no tiene miedo a la oscuridad. Ella sabe que dentro de sí misma reside una luz capaz de iluminar cualquier noche oscura, una luz que el búho de ojos profundos le ayudó a descubrir. Y a veces, cuando el viento sopla fuerte, Sofía cree escuchar el ulular lejano de un búho, un saludo silencioso desde el corazón del bosque, un recordatorio constante de su propia fuerza y sabiduría.
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