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Gratis · elegí una vozHabía una vez un señor que era codicioso. Un día, mientras paseaba por el Río Yacú, vio oro brillante dentro del río, lo cual llamó su atención. Cuando iba a entrar a agarrar el oro, se ahogó y murió. Así surgió la maldición del Río Yacú: los que eran codiciosos se convertían en monstruos, y lo único que tenían que hacer para liberarse de esa maldición era atraer a otra persona hacia el Río Yacú.
Después de mucho tiempo, un joven estaba paseando por el río cuando, de repente, vio algo brillante en el agua que le llamó la atención. Cuando se acercaba, se resbaló y cayó al fondo del río, donde se ahogó y se convirtió en el nuevo monstruo del Yacú. Él no tenía codicia en su corazón, pero sí maldad, la cual le ayudaba a atraer personas al río. Sin embargo, las personas no caían en su trampa, ya que habían escuchado la historia del monstruo.
Una joven, un día, escuchó la historia del monstruo, pero ella no creía nada hasta que se fue un día al Río Yacú a investigar. Se iba día y noche, pero no hallaba nada. Hasta que un día vio algo brillante, algo que le llamó la atención. Cuando se acercó poco a poco, se resbaló, pero alguien agarró su mano e hizo que no se cayera al río. - ¡Gracias! - dijo la joven. - No hay de qué - dijo un joven apuesto. - ¿Y quién eres tú? - dijo la joven. - Yo soy Mateo, ¿y tú? - respondió él. - Yo soy Zoé - dijo la joven. Platicaron hasta que se hizo de noche, y Zoé dijo: - Ya me voy, un gusto conocerte, adiós.
Al día siguiente, Zoé volvió con la esperanza de volver a encontrar a Mateo. Ella lo buscaba, pero no lo encontró. Cuando estaba por irse, escuchó una voz que decía: - Ven aquí, Zoé, entra al río, no tengas miedo. Ella, al escuchar eso, pensó que era Mateo. - Pero cuando iba a entrar pensó: ¿por qué Mateo estaría en el río? No importa, voy a entrar - dijo Zoé. Cuando iba a entrar, Mateo agarró su mano y le dijo: - ¡¿Por qué ibas a entrar allí después de que te dije que no?! - Es que pensé que eras tú - dijo Zoé. - Ya pasó, no importa - dijo Mateo. - Gracias por salvarme, si no lo hubieras hecho, yo no estaría aquí - dijo Zoé. Ellos reían juntos todos los días, pero un día Zoé se enteró de que su padre le había arreglado un matrimonio. Ella, triste, le contó a Mateo sobre lo sucedido.
Mateo, preocupado, le preguntó: - ¿Y qué vas a hacer, Zoé? - No lo sé, Mateo. No quiero casarme con alguien que no amo. Mi corazón te pertenece a ti. - Zoé, yo... yo no puedo ofrecerte una vida fácil. Estoy atrapado aquí, en este río. Soy diferente. - No me importa, Mateo. Te amo tal como eres - respondió Zoé con lágrimas en los ojos. Mateo, con el corazón lleno de dolor y amor, le confesó: - Zoé, hay algo que debo decirte. La voz que escuchaste llamándote al río... era yo. Soy el monstruo del Yacú.
Zoé se quedó sin palabras, con los ojos llenos de sorpresa y confusión. - Pero... pero tú me salvaste. ¿Por qué me advertiste que no entrara al río? - Porque, a pesar de la maldición, a pesar de la maldad en mi interior, tu bondad ha despertado algo en mí. No quiero que sufras la misma suerte que yo. Pero la maldad me obliga a intentar atraer gente al rio. Por eso debo alejarme de ti, Zoé. No puedo arriesgarte.
Zoé, con lágrimas corriendo por sus mejillas, respondió: - ¡No, Mateo! No te dejaré solo. Tiene que haber una forma de romper la maldición. Juntos encontraremos una solución. - No la hay, Zoé. He intentado de todo. La única forma es que otra persona ocupe mi lugar. - ¡Entonces no lo haremos! Prefiero estar contigo aquí, en el río, que vivir una vida sin ti. Zoé tomó la mano de Mateo y le dijo: - Te amo, Mateo. Y no importa lo que pase, estaré contigo. De repente, una luz brillante envolvió a Zoé y a Mateo. El río comenzó a temblar. La maldición, alimentada por la maldad y la codicia, estaba siendo desafiada por el amor puro y la valentía de Zoé.
Un anciano del pueblo, que había escuchado la historia de la maldición desde niño, llegó corriendo al río. - ¡No puede ser! ¡El amor de Zoé está rompiendo la maldición! La luz se intensificó, y cuando se desvaneció, Mateo ya no era el monstruo del Yacú. Era un joven apuesto, libre de la maldición. El amor de Zoé había roto el hechizo. El río Yacú volvió a ser un río normal, un lugar de belleza y paz. Mateo y Zoé se casaron y vivieron felices para siempre, demostrando que el amor verdadero puede vencer incluso la maldición más oscura. Y la historia del Río Yacú se convirtió en una leyenda, una historia para recordar que la codicia y la maldad no pueden superar el poder del amor y la bondad.
Desde ese día, el Río Yacú es conocido como el Río de la Esperanza, un lugar donde el amor puede florecer y las maldiciones se desvanecen.
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