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Gratis · elegí una vozEn la clase del Conejito Saltarín, en la Escuela del Bosque Encantado, había veinte pequeños alumnos. Veinte conejitos, ardillas, ositos y zorritos, todos listos para aprender. Pero ¡ay!, la clase era un verdadero caos. Los conejitos saltaban sin parar, las ardillas charlaban sin cesar, los ositos bostezaban ruidosamente y los zorritos… bueno, los zorritos reían a carcajadas sin razón aparente. El Señor Búho, su maestro, intentaba enseñarles las letras y los números, pero era casi imposible. Los gritos, las risas y el alboroto llenaban el aula, haciendo que hasta el búho más sabio perdiera la paciencia.
Un día, el Señor Búho, con su voz más grave y pausada, dijo: “Queridos alumnos, necesito su ayuda. El Silencio se ha perdido en nuestra clase. Ya no lo oímos. Y sin Silencio, no podemos aprender”.
Los pequeños animalitos se miraron entre sí, confundidos. ¿El Silencio perdido? ¿Cómo era posible perder algo tan… silencioso? La conejita Lila, siempre curiosa, levantó su patita: “Señor Búho, ¿cómo se pierde el Silencio?”.
El Señor Búho sonrió suavemente. “El Silencio se pierde cuando hay mucho ruido, Lila. Cuando gritamos, reímos muy fuerte sin motivo, o no escuchamos a los demás. El Silencio es como una pequeña mariposa: si la asustamos, vuela lejos”.
La ardilla Ramón, siempre parlanchina, exclamó: “¡Pero a mí me gusta hablar, Señor Búho!”.
“A todos nos gusta hablar, Ramón”, respondió el Señor Búho. “Pero hay momentos para hablar y momentos para escuchar. Cuando escuchamos, permitimos que el Silencio nos ayude a entender”.
El osito Bruno, que siempre tenía sueño, bostezó sonoramente. El Señor Búho le miró con dulzura. “Bruno, ¿te has dado cuenta de que tu bostezo también hace ruido? A veces, sin querer, hacemos ruido que espanta al Silencio”.
Los animalitos empezaron a comprender. El problema no era solo gritar o reír a carcajadas. Era todo el ruido que hacían sin pensar, sin escuchar. El zorrito Félix, que siempre reía por todo, se sintió un poco culpable. Él amaba reír, pero tal vez reía demasiado fuerte y sin pensar en los demás.
“¿Qué podemos hacer para encontrar al Silencio, Señor Búho?”, preguntó Lila, con los ojos llenos de esperanza.
El Señor Búho les propuso un juego. “Durante una hora, vamos a intentar estar lo más silenciosos posible. No vamos a hablar, ni a saltar, ni a reír. Solo vamos a respirar y a escuchar. Vamos a escuchar el Silencio”.
Al principio, fue muy difícil. Ramón sentía la necesidad imperiosa de contarle a Lila sobre la bellota brillante que había encontrado en el recreo. Bruno luchaba contra el sueño. Félix sentía cosquillas en la garganta y ganas de reír. Pero todos se esforzaron por seguir las instrucciones del Señor Búho.
Poco a poco, el silencio se fue apoderando del aula. Los conejitos dejaron de saltar. Las ardillas dejaron de charlar. Los ositos dejaron de bostezar. Y los zorritos dejaron de reír. Al principio, solo se oía el tic-tac del viejo reloj de pared. Pero luego, empezaron a oír otras cosas: el suave susurro del viento entre las hojas de los árboles fuera de la ventana, el canto lejano de un pájaro, incluso el latido de sus propios corazones.
Cuando terminó la hora, el Señor Búho les preguntó: “¿Qué han oído?”.
Lila levantó su patita. “He oído el viento, Señor Búho”.
Ramón dijo: “He oído el pájaro”.
Bruno, un poco más despierto, dijo: “He oído mi corazón”.
Félix, con una sonrisa suave, dijo: “He oído… el Silencio”.
Todos se dieron cuenta de que el Silencio no se había ido realmente. Simplemente, lo habían cubierto con tanto ruido que no podían oírlo. Aprendieron que el Silencio era importante, porque les permitía escuchar, entender y aprender.
Desde ese día, la clase del Conejito Saltarín ya no fue tan caótica. Los animalitos aprendieron a controlar sus impulsos, a escuchar a los demás y a valorar el Silencio. A veces, todavía reían y saltaban, pero siempre recordaban que era importante dejar espacio para el Silencio, para que la mariposa no volara lejos.
El Señor Búho, feliz, podía enseñarles las letras y los números con más facilidad. Y los pequeños animalitos, con el Silencio como aliado, aprendían cada día algo nuevo sobre el mundo que les rodeaba.
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