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Gratis · elegí una vozEn un país muy pequeño, tan pequeño que cabía en el bolsillo de un gigante amistoso, vivía una niña llamada Lila. Lila tenía el pelo color zanahoria y una curiosidad más grande que el Gran Árbol de Chirimoyas que se alzaba en el centro de su diminuto hogar, Villa Liliput. En Villa Liliput, todo era especial. Las casas eran setas coloridas, los ríos, arroyos de limonada, y el sol… bueno, el sol era una mora gigante que brillaba con una luz dulce y jugosa.
Un día, Lila se despertó y algo andaba mal. Muy mal. ¡El sol no estaba! En su lugar, solo había un cielo gris y tristón. Los liliputienses, normalmente alegres y bulliciosos, estaban callados y preocupados. Las flores de azúcar se marchitaban y los arroyos de limonada burbujeaban con menos alegría.
"¡Tenemos que encontrar el sol!" exclamó Lila, decidida. Se puso su sombrero de exploradora (hecho con una hoja de lechuga) y se armó con su lupa (un lente de caramelo). Su mejor amigo, Bruno, un niño con pecas como constelaciones y un monopatín hecho de una hoja de plátano, se unió a ella.
"¿Por dónde empezamos, Lila?" preguntó Bruno, ajustándose sus gafas de avellana.
"Por el Gran Árbol de Chirimoyas," respondió Lila. "Siempre sabe todo lo que pasa en Villa Liliput."
Al llegar al árbol, encontraron a la anciana sabia, la Abuela Chirimoya, sentada en una de sus raíces. La Abuela Chirimoya tenía la piel arrugada como la corteza de un árbol y ojos brillantes como luciérnagas.
"Abuela Chirimoya, ¡el sol ha desaparecido!" le dijo Lila, preocupada.
La Abuela Chirimoya suspiró. "Sí, lo sé. El Duende Gruñón, que vive en la Montaña de Merengue, lo ha robado. Dice que la luz del sol le impide dormir."
"¡El Duende Gruñón!" exclamó Bruno. "Siempre está causando problemas."
"Tenemos que ir a la Montaña de Merengue y recuperar nuestro sol," dijo Lila, decidida. Y así, Lila y Bruno emprendieron su viaje. Primero, cruzaron el Bosque de Algodón de Azúcar, donde las ardillas les ofrecieron nueces de caramelo. Luego, navegaron por el Lago de Chocolate Caliente en una cáscara de nuez gigante. Finalmente, llegaron a la base de la Montaña de Merengue.
La Montaña de Merengue era enorme, blanca y pegajosa. Escalarla era difícil, pero Lila y Bruno estaban decididos. Se ayudaron mutuamente, trepando por los picos de merengue y evitando los ríos de caramelo derretido.
Finalmente, llegaron a la cima. Allí, en una cueva oscura y llena de telarañas de regaliz, encontraron al Duende Gruñón. Era pequeño, verde y tenía una barba larga y enredada. Y, ¡allí estaba! La mora gigante, el sol de Villa Liliput, metida en una jaula hecha de palitos de helado.
"¡Duende Gruñón, devuelve nuestro sol!" le exigió Lila.
El Duende Gruñón gruñó. "¡No! ¡Me impide dormir! Su luz es demasiado brillante."
"Pero sin el sol, Villa Liliput se marchitará," explicó Bruno. "Las flores de azúcar morirán, los ríos de limonada se secarán y todos estaremos tristes."
El Duende Gruñón pareció pensarlo por un momento. "¿De verdad? ¿Todos estarán tristes?"
"Sí," dijo Lila. "Muy tristes."
El Duende Gruñón suspiró. "Bueno… quizás… quizás haya otra manera. ¿Qué tal si me construyen unas cortinas gruesas para mi cueva? Así, la luz del sol no me molestará."
Lila y Bruno se miraron. "Podemos hacer eso," dijo Lila. "Pero tienes que prometer devolver el sol."
"Lo prometo," dijo el Duende Gruñón.
Lila y Bruno regresaron a Villa Liliput y contaron la historia. Todos los liliputienses trabajaron juntos para construir las cortinas más gruesas y oscuras que pudieron imaginar. Utilizaron hojas de mora, tela de araña tejida por arañas amigables y plumas de pájaros de algodón.
Cuando las cortinas estuvieron listas, las llevaron a la Montaña de Merengue y las colgaron en la entrada de la cueva del Duende Gruñón. El Duende Gruñón estaba encantado. La cueva estaba oscura y tranquila.
Cumpliendo su promesa, el Duende Gruñón liberó el sol. La mora gigante volvió a brillar en el cielo de Villa Liliput. Las flores de azúcar revivieron, los ríos de limonada burbujearon con alegría y todos los liliputienses celebraron.
Lila y Bruno fueron aclamados como héroes. Y el Duende Gruñón, con sus nuevas cortinas, finalmente pudo dormir bien. A veces, incluso salía de su cueva para saludar al sol, asegurándose de que no estuviera demasiado brillante. Y así, Villa Liliput volvió a ser un lugar feliz y soleado, gracias a la valentía de Lila y Bruno, y a la amabilidad (después de todo) del Duende Gruñón.
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